domingo, 18 de diciembre de 2016

Una mañana de invierno cualquiera

Suena el despertador, uno que no es mio, y sueña mi mal humor, ese sí es mío.
Yo me despierto con su despertador y él con mi mal humor. Mala combinación, sí señor.
Las prisas y el sueño son siempre las mismas, es que no aprendo. Qué más me dará levantarme cuarto de hora antes.

Me sobran 5 minutos, me despido sin prisa y así es mejor, los besos son más ricos y me da tiempo a dar los buenos días de verdad a las señoras que me encuentro. Tan amables, con las que me prodigo tan poco.

Llega el turno de la administración. Voy con miedo y sin mi boli de Bob Esponja, el talismán para la ocasión. Me llevo una sorpresa porque encuentro un fantasma de otro tiempo tras el mostrador. Muy guapo, por cierto, eso de que la mala vida hace estragos es mentira, ya lo ves.
No me atiende el fantasma, es más, procuro que no me vea, no sea que se me note a mi la buena vida. Cruzo los dedos para que no me toque su mostrador. Me atiende una señora bastante correcta que no me soluciona nada pero soporta estoicamente mis improperios. Pido disculpas por mi mala educación, ella se compadece y me facilita una gestión. Tengo encanto, pero he de dominar mi mal humor.

Me siguen sobrando 5 minutos, me tomo un café rápido y malo en un sitio que no huele del todo bien. En la barra hay otro fantasma, a éste la mala vida no le ha sentado tan bien. Recibo un mensaje que me hace reír mucho y en el que me convidan a tortilla, pero ya no me da tiempo a ir. la risa me la llevo por delante.

Llego al bosque donde trabajo por unos días y, como siempre, me reciben con alegría. Qué suerte la mía, joder. Me lo paso muy bien y suceden cosas curiosas:
Una visita disparatada hace justicia cósmica con un ramo de flores de goma eva. Cualquier día contaremos esta historia una de las dos, la visita o yo.
Hago mi venta cristiana anual. Sí, tengo unos clientes que me son super fieles porque me consideran pía y devota. Yo sonrío mucho, les vendo unos libros preciosos y ellos se dejan. Me alegro por sus nietos, y me da mucha, mucha risa. Segunda vez en el día que me vuelvo a reír con ganas, qué bien.
Luego atiendo a una señora un poco petarda y, cuando estoy a punto de mandarla al carajo educadamente porque me porfía sin razón, una visita medio esperada irrumpe como una ráfaga para darme un beso y un abrazo que me deja como un reloj. Un rayo de sol de invierno que me pone tibia por dentro para un rato bien largo. 
Viene una familia de estirados, todos juntos y, mientras mi compañera les atiende exquisitamente, ellos deciden su menú de navidad. Cuando se van despotricamos y nos tomamos un café, esta vez muy rico, por cierto.
Vemos la caja, muy bien, ha sido buena mañana en los dineros también.

Salgo a la calle, ya no me sobran 5 minutos y tengo que ser tres o cuatro personajes más antes de que caiga la noche, y eso que cae pronto la noche en el invierno de este meridiano.
No sé cómo será el saldo al final del día, pero la cuenta de antes de comer me sale muy bien.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Sharon Jones y la irreverencia.



Nos habíamos pasado la noche bailando y, a la mañana siguiente, en plena resaca del alma, me llegó la noticia de la muerte de mi última diva mayor de edad.
Así que, con la irreverencia propia de la orquesta Diamante y con el cadáver de Sharon todavía caliente, nos encerramos en el local de ensayo a masacrar sus canciones. Y, ya de paso, saludamos a otras divas muertas muy santas de nuestra devoción. Somos muy de divas muertas en la orquesta.

Mucho menos de 100 days and 100 nigths para aprenderme tu canción, querida Sharon. 
Y es que ya no voy a esperar a levantarme un día con un prodigio entre el pecho y la garganta, he decidido cantármelo todo a riesgo de ser irreverente, de pifiarla con la letra en inglés, de desafinar sin siquiera darme cuenta, de cagarla con la coreografía, de enredarme con el cable del micro, de torcerme un tobillo o de sacarme un ojo con el mástil del bajo de Tony. No voy a esperar más, ni a esto ni a nada. Ya no tengo edad.
Mis disculpas por destrozarte el tema, Sharon, prometo hacerlo con garra y pasión, eso sí, que sin pasión no somos nada, ya lo sabes tu.
Que la tierra te sea leve, querida.

A mi padre la canción le gusta seguro, a quién no. Lo que no le gusta un pelo es me suba a un escenario a hacer el mamarracho. no me dirá nada, pero que no le gusta ya lo sé yo.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Semáforo en rojo y ukelele rosa.

Tenía mucha prisa y me pilló el semáforo en rojo, pero justo antes de que me invadiera el enfado instantáneo y fugaz que me asalta en esos casos, me di cuenta de que en la tienda de música que hace esquina, sí, la de la cristalera enorme, había un chico comprando un ukelele. Ya estaba decidido, lo supe enseguida, se lo llevaba. Su única duda era si en rosa chicle o en fucsia. Ay, no sé ¿cual le gustará más?

Siento si la regenta de la tienda es tu tía o algo así, pero es muy recia, sabe mucho y es correcta, pero es recia. Muy tendera del Valle, de categoría, sí, pero tendera del Valle al fin. El caso es que ella pensaba que el de madera de haya, que es un poquito más caro, merecía la pena; los tintados no están mal, pero son industriales y por un poco más, pues tienes un instrumento en condiciones. 

Ya, si no es por el precio, pero es que el rosa le va a gustar, es súper original. 

Tú decides, pero yo te tengo que asesorar y este merece la pena, de verdad. 

Mira, me llevo este, el rosa clarito, es que le va a encantar... aunque bueno, no sé, el rosa fuerte también mola... nada, venga, el clarito, ya está. Te lo pongo para regalo ¿verdad?,  hombre, es muy mono. 



De todas formas, decía el chaval mientras sacaba la cartera, es que no sabe tocar, así que con este está muy bien. Tenemos un colega que es músico y tiene uno y le mola mucho, y como la semana que viene es nuestro aniversario y al pasar he visto la oferta y... 

Bueno, pues entonces para probar esta muy bien, no suena como el otro, le dice la tendera, pero es rosa. 


El semáforo se ha abierto, yo he tirado, seguía teniendo prisa. Pero menos mal que me pilló en rojo, si no, me habría ahorrado esta encantadora estampa. 


Por cierto, hay oferta de ukeleles en la tienda esa, ya sabes, la que hace esquina, esa de toda la vida con el escaparate tan grande. Yo qué sé, por si ahora te da por ahí. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Cosas tontas que me joden un huevo.

Que se me descosa un bolsillo por dentro.
Que se me doble una oreja mientras duermo y despertarme por el dolor.
Que me entren ganas de cagar justo después de ducharme.
Que, mientras me estoy duchando, la cortina mojada se me pegue al culo.
Que me quieran vender naranjas en la gasolinera. Esto es muy tonto y me jode mogollón.

Sí, inconfundible Chema Madoz.
Abrir el grifo, que el chorro caiga sobre una cuchara que está en el fregadero bocarriba, y que el agua me salpique y me ponga como un cristo.
Comprar un aguacate para comer hoy, que el tendero me asegure que sí, que está maduro, y que luego resulte que está como un leño. Lo mismo con un mango. No con un plátano, esos me gustan más bien duros.
Darme la vuelta en la cama y que se salga la sábana de arriba a la altura de los pies. Si estás durmiendo conmigo y ha sido culpa tuya, me caerás fatal.
Que un plato salga medio sucio del lavavajillas o una camiseta de la lavadora con un lamparón.
Hacer tortilla en casa ajena y que no me informen con antelación de cuál es la sartén que se pega. No está bien eso, no.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Davila 666 "Muy Chistoso"



Tener veintipocos.
No tener miedo a equivocarse ni a quedarse afónico durante la función.
Subirse a un tejado con la pandilla a guarachar.
Vivir el otoño o la primavera en NY.
Seguir fumando y bebiendo como los animales (préstame el fuking lighter, no tengo otro)
Parecer antiguo pero ser muy, muy moderno.
Andar por la vida con una sudadera o una capucha como única armadura.
A mi este vídeo me da un buen rollo infinito.
Mi amigo Tony me ilumina, y yo, que soy muy lista para eso, me dejo iluminar.
Te lo advierto, corres el riesgo de no poder parar de tararear.

No mucho, no creo que a mi padre le guste mucho.


domingo, 2 de octubre de 2016

Tortilla de morgaños.


Juan Carlos y María José son un matrimonio que vive en el techo mi baño desde el mes de mayo pasado. A la vuelta de nuestras vacaciones, comprobamos que su hijo Rubén se había instalado con ellos. Se conoce que se quedó en el paro o algo así, y se vino con sus padres desde el garaje donde malvivía. 
Tres son muchos inquilinos para un baño tan pequeño como el nuestro, pero bueno, son una familia maja, no dan qué hacer; y estando ellos allí evitamos visitas más molestas, por eso lo dejamos estar. 
Antes de ayer, cuando salía de la ducha, me he crucé con María José y le pregunté por Rubén, que hacía días que no le veía. Me dijo que se había ido con una casada de piernas muy largas, y que, aunque tenían mucho disgusto, pues que qué se le iba a hacer, que los hijos son así y que ya me daré cuenta cuando crezcan los míos. 
Esta mañana he visto a Rubén, con la casada de piernas largas. Ha vuelto a casa de sus padres, en el techo de mi baño, y se ha traído a la casada y a dos arañas chiquititas que deben ser hijas suyas. No parece que sean hijas de Rubén, no sé cuánto dura la gestación en los arácnidos, pero yo creo que no le ha dado tiempo. 
Juan Carlos y María José son muy buenos, parece que les han aceptado a todos en su casa, sin malas caras ni nada. Pero chica, yo ya no sé. 
Hoy he hecho limpieza en el baño y me he saltado el techo, es que me da no sé qué. 


jueves, 29 de septiembre de 2016

PATRIA, Salón Erótico, opiniones diversas.



Habrás visto el vídeo ¿no? Si no lo has visto, ahí lo tienes.
Yo lo he visto un par de veces. Porque la primera vez que lo vi, me dio un poco de repelús. Luego, al verlo compartido en redes hasta la saciedad, el repelús se tornó nausea. Y, hale, otra vez hecha un lío porque no soy capaz de generar una opinión verbalizable, yo que soy muy de opinar y muy de verbalizalo todo, hija. Y me dije, ya está, ya estamos, #elfeminismonomedajavivir, jaaa. 

Entonces quise quedar con mi amiga la Galicia, que ella en estos casos siempre me resulta esclarecedora y clarividente, valga la redundancia si es que la hay (pero es que es las dos cosas). Pues no pudo ser, porque una quiere quedar a empoderarse y tomar cañas, y luego resulta que tiene que ir a la reunión del colegio de los niños y entregar un informe y no sé qué, y en algún momento tendré que ir yo a la peluquería, y ya no me da tiempo. Así es.

El caso es que hoy me he topado con este artículo de Riot and Roll en el muro de facebook de Vanesa Cr., elefanta de pro. Se titula Salón Erótico de Barcelona: no cuela. Y me he dicho, tate, eso es lo que me pasa a mí, que no cuela. 

Porque muy bonito el anuncio éste de moda, que ahora resulta que el salón del porno es una cosa muy decente y muy cool y muy bien. Pues, mira, a mí que me tira mucho patrás... ¿ves?, ni modo de ser moderna, pero ese tufillo correctito con infulas de transgresor, chica, no sé.

Y el artículo en cuestión, tan riot y tan bollero, aporta un punto de vista que me calma un poco la zozobra ésta que tengo, porque viene a explicar mi incomodidad muy bien explicadita, pero sin juzgar, que es una cosa que me toca a mí mucho la moral. Y me ha hecho reír cuando dice (atención, spoiler): "al final estás buena y tragas", porque, eso es así, algunas cosas son bonitas de ver.

Bueno, venga, tú lee el artículo, a ver qué te parece. Y otro día quedamos y lo hablamos, nos empoderamos y nos tomamos unas cañas y lo que haga falta. Y ya de paso, me anotas alguna pornorecomendación de algo que no sea meter los dedos en pomelos pero que me ponga cachonda sin ponerme de mal humor, ya tu sa.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Cosas que quiero para mi cumpleaños.

Contra el vicio de pedir está la virtud de no dar. Lo demuestran los post de mis anteriores efemérides.
Pero a mí me da igual, no cejo en mi empeño y yo sigo pidiendo.



Quiero ir a la Tate a ver la exposición de Georgia O´Keeffe, o, venga, al Guggenheim a la de Bourgeois. Si quieres, me llevas a las dos.
Quiero una sudadera roja como la de Ellen Page en la peli Hard Candy. Telohedichoya.
Quiero volver a la esterilla de Jorge Ru. O que me digas dónde hay otro como él, que me haga doblar el lomo y hartarme de reír. No lo hay.
Que empiecen ya mis clases de pandereta. Y que me de tiempo a no perderme ni una y no me pese la conciencia por ir.
Quiero escuchar lo que se oye por las calles de Nápoles.
Quiero tener en mi casa la peli de Vampiros en la Habana. Me la grabas o como tú veas.
Y cambiar los muebles de sitio y pintar la pared.
Una amapola en el brazo izquierdo, pero ya, que me hago vieja y luego no mola.
Quiero ochocientas canciones grabadas en mi pincho insaciable del diezmil gigas, Y horas de coche para quemarlo en la carretera. Y que no se me cruce ningún jabalí.
Que mi excobloguera se vuelva a vestir de conejita cualquier día, así porque le da la gana. Y si hace falta yo, que no sé coser, aprendo y le coso la cola, pero que vuelva a ser efervescente, joder.
Un chal de amor de esos que teje la sirena del norte. Como ella quiera, sabrá si le dices que es para mí. Pero que tenga poco fleco y mucho rojo.

Ya, ya se qué es todo muy exigente y con un tono muy maleducado, que me merezco un torto por caprichitosbenito, pero hija, que en este blog son todo mentiras, qué más da. Pídete tu algo, jaaa.

Por cierto, para la fiesta sorpresa que me pedí el año pasado, ya vais tarde, así que si eso ya me la organizo yo. Ya te llegará la invitación.

Ah, y también quiero la Caperucita de Beatriz Martín Vidal. Pero no la de Oxford, no, la otra, la que es jodida de encontrar.




viernes, 2 de septiembre de 2016

Cosas que he aprendido tocando la pandereta.

Que el año empieza aquí en septiembre es cosa por todos sabida. Y si no lo sabías, pues ya lo sabes.

Por muchas razones que merecen post a parte, el año pasado fue para mí el año de la música. Para empezar porque arrancó con un regalo redondo y casi sorpresa. No ha habido mes que no me haya obsesionado por lo menos con dos canciones, he cantado en la cocina laaargas horas, he cantado con mis hijos en el coche, delante del espejo del baño con el cepillo por micrófono. Me he comprado cds y los he regalado, he vuelto a jugar al juego de "una vez tú y una vez yo", y con más de tres o cuatro personas distintas. 

No te digo más que hasta me he iniciado en un instrumento, yo que me tenía por inútil total al respecto...

Y no habré aprendido a tocar la pandereta, oye, pero sí unas cuantas cosas que, a continuación, paso a enumerar:

Lo difícil que es tocar la pandereta, joder,
Que tengo el ritmo en el cuerpo, cosa que debí haber aprendido antes, no en balde soy negra.
Que tenía razón mi comadre María, y es lo más zen a lo que una recia como yo puede aspirar.
Que mis manos tienen mejor memoria que mi cabeza, lo mismo que mi piel.
Que algo chungo se le perdió a alguna muerta en Sanabria, eso explicaría muchas cosas, ya ves.
Que lo silencios se miden y marcan la pauta, o yo qué se, que sigo sin tener ni puta idea de música.

sábado, 20 de agosto de 2016

Yo desnuda gano mucho.


Y no es broma. Desnuda estoy mejor. Se me ve más lo bueno, y soy tan rotunda y contundente que despisto al adversario




No hay fronteras de tela, ni trincheras de goma y alambre que marquen pautas que me son ajenas. 
Estoy mejor, más holgada, desahogada. Tanto, que mis límites se difuminan y ya no importa si hay algún pelo fuera de su sitio, curvas o accidentes de más. Cada cosa ocupa su lugar, está donde debe estar. No hay más medida que la mía, que no se me da muy bien contar.  



Ondeo y resplandezco, el aire en los recodos sienta muy bien. El aire, el sol, el agua, la arena si la hubiere. Los elementos todos juegan a mi favor.

Desnuda estoy más contenta, y con eso ganamos todos, te lo digo yo. 

Las imágenes, bellas, forman parte de la colección de cuerpos que atesora Jesús Gabán en su Pinterest. 

lunes, 1 de agosto de 2016

La Mandrágora



Nunca fui de escuchar mucho a éste señor, más allá del disco de la Mandrágora que marcó mi infancia.
Me gustaba entero, mis padres lo ponían en el coche y en casa, y hasta creo recordar que lo cantaban, en mi casa que no somos muy de cantar. Y se reían, se reían mucho. Y yo me sabía las canciones y me gustaba mucho pronunciar palabras como pérfida, burdo, catastro, gilipollas... que por uno u otro motivo me hacían cosquillas en la boca.
Luego, en la adolescencia y primera juventud, volvimos a pronunciar esas palabras y a cantar aquellas canciones, lejos de nuestros padres pero jactándonos de que fueron ellos quienes nos las enseñaron. 
Y ayer mismo las volví a escuchar y volvieron a hacerme gracia y a despertarme la admiración que produce el ingenio bien administrado.
Y me prendió esta frase: "prefiero caminar con una duda que con un mal axioma", y me pareció que esta canción en concreto se llama Cromosoma pero bien podría llamarse Epitafio, que es una palabra que también me gusta mucho.
Y ya está.

Por supuesto que a mi padre le gusta. Podría decir que incluso a mi madre le gusta también. Y, además, ésto a mi padre le produciría esa cosa que le pasa cuando me pilla escuchando su música: una especie de orgullo-verguenza-admiración-envidia. Es a las emociones lo que el umami a los sabores. O algo así.

Consideraciones sin importancia de mediados de verano

Puedo vivir sin saber qué es el perreo extremo.
El mediterraneo levantino me provoca reacciones encontradas.
Sigo confundiendo la o con el cero en los teclados, y la a con el 4 así en general.
Una boda es una horterada muy divertida y muy cara.
No me gustan los bañadores. Los trikinis tampoco, pero eso ya lo sabes. 
Este año hay menos moscas.
El polvo que levantan las cosechadoras cuando están cosechando tiene algo de lisérgico. 
Me dan mucho coraje los documentales donde les ponen nombre propio a los animales.  
Es verano, qué más da. 

viernes, 24 de junio de 2016

La Atalaya y yo.


Cúantas estaciones perdidas sin venir a verte.
Tres estaciones exactamente. Sin olerte el verde, sin sufrirte el gris. Y hoy me recibes con una paleta de sonidos que compensa el amarillo y lo exalta hasta el dorado. 
Viento de tomillo en el lado izquierdo de la cara, los últimos rayos cálidos en el derecho.
La Atalaya y yo reflejamos una sombra pequeña, vistas desde lejos parecemos un árbol y una mujer cualesquiera. Alguien puso un banco viejo de Caja Rural junto a tu tronco. Es para mí un trono.

jueves, 9 de junio de 2016

100 Days, 100 Nights



Si me conoces ya lo sabes: soy negra aunque a primera vista no se me note. Si lo hiciera notar más, mejor me iría. Si no me conoces, te lo he dicho ya, eso seguro. 
Sé que un día me va a pasar: me voy a levantar sabiendo cantar, y con una depurada técnica vocal. Me va a durar solo un día, pero me lo voy a pasar cantando a voz en grito, por eso tengo que estar preparada y saberme algunas letras, no sea que me pille desprevenida y me acuerde solo de las de Extremoduro, sería una pena.
Mira ésta, cómo se lo canta en el ascensor, y cómo le sigue el rollo el colega de la guitarra. 
Sígueme el rollo, hombre, que soy negra aunque no suela viajar en ascensorrrr.

No tengo ni idea de si le gustará a mi padre, la canción digo, no que sea negra, que es de los que no lo saben. 
Digo yo que sí, que ésto le gusta a todo el mundo ¿no?

martes, 7 de junio de 2016

Esta mañana me he encontrado conmigo.

Me gustaba ese coche.
Esta mañana me he encontrado conmigo.
Ha sido al bajar del autobús, en la misma calle había un atasco, y en el atasco un coche. En el coche, ahí estaba yo.
Tronaba una música macarra y emocionante. Aunque ya no fumo, iba fumando un cigarro con la ventana bajada, nunca me gustó apestar el coche. Atenta al atasco pero abstraída en mis pensamientos estaba.
Se ha abierto el semáforo y el tráfico ha avanzado, aquella que fui ha continuado su ruta hacia el polígono donde trabaja, ésta que soy se queda en la misma calle.
Es hoy.

jueves, 2 de junio de 2016

Criandomonstruos, La Quiles y La madre que nos parió.


Éste será mi primer post como madre. No, no te líes, que hace ya más de 5 años que lo soy. Pero éste será mi primer post como madre.

Resulta que hay una pintamonas bien maja que se llama Cristina Quiles, puedes ver sus asuntos aquí. Pues hace unas semanas me topé con esta viñeta que me hizo mucha gracia. La compartí en mis redes, pero se me quedó revoloteando por encima de la cabeza.

Hay a quién la maternidad le deja como estaba, pero mejorada. Hay a quién le sobreviene un tsunami. Y a quién tiene taras de serie, se las deja en carne viva. Y todo esto no tiene que ver con las criaturas, eh, es sólo cosa de una, Ni siquiera el inseminador tiene que ver con el asunto. 
Luego las circunstancias son las circunstancias, claro, y nada es tan grave, es solo la vida.

El caso es que a muchas les da por las mandangas new age, y las que tenemos querencia por los cursos y cursillos así en general, claro, estamos perdidas. Otras hacen punto o cosen como locas, se flipan con el porteo, o les da por hacer cup cackes con goma eva dudosamente comestible. 
Por eso y por otras cosas me hace tanta gracia esta viñeta.

Algunas noches, cuando mi paciencia, ya escasa per se, agota sus últimas reservas, mi pequeño quiere un vasito de leche después de cenar. Y yo, que no veo la hora de apalancarme en el sofá, resoplo y se lo pongo. 
Y, entonces, quiere galleeetas. Yo resoplo más fuerrrrte, pero como es muy pajarito, se las doy. Y él se las come despacio. Muy despacio. Primero una, luego otra. Y, entre medias, se chupa los dedos uno por uno, también muy despaaacio, y comprobando que no se deja nada de nada entre esas uñitas diminutas de maricarmen que tiene.
Además, no moja las galletas y se las come de cualquier manera, qué va. Él tiene un método que juega con los límites de ductilidad de la galleta sumergida en leche: junta dos galletas, cuyos bordes han de coincidir exactamente, por lo que si, al comenzar la inmersión éstas se separan un poco... hay que volver a iniciar la operación, joderrrrr, que son casi las 10. El tiempo de inmersión resulta crucial, si la galleta no está lo suficientemente blanda para su gusto, hay que volver a sumergir, con el peligro que ésto conlleva: galleta con doble mojada se derrumba con facilidad. Y, claro, hay alta probabilidad de que el que acabe sumergido en leche sea él, mierrrrda, ¡recién bañado como estaba, mecagondiezzzz!
Cuando por fin termina su ración de galletas (compuesta por un número de galletas inversamente proporcional a la lista de cosas que yo tenga previsto hacer cuando se acuesten), entonces se bebe el culín de leche que las galletas han dejado. Pero no se lo bebe de un trago, sin más, que no, que ahora quiere una pajita, pero no cualquier pajita, que la quiere elgir él. Y tarda, joderrr que si tarda, ¡por lo menos minuto y medio! Y sorbe des pa ci toooo. 
Da gloria verle, porque es muy gracioso y muy guapo, y le hacen chiribitas los ojos cuando tiene mucho sueño. Pero yo solo quiero que termine ya de una puta vezzz, para ir a sentarme al sofá a leer artículos sobre pedagogías waldorf y montesoris y frases de yoguis y cuentos zen y mierdas de esas en mi móvil de última generación.

Cuando, en realidad, el verdadero ejercicio de mindfullnes de ese es contemplar como ese niño se toma su vasito de leche con galletas.


Bueno, pues todo esto que a mi me cuesta miles de caracteres explicar, lo estampa la Quiles en su viñeta. Por eso me hace tanta gracia, y porque me gustan mucho sus tetas que son de verdad, y porque tiene mucha poesía, pero sin tanta tontería.

Este libro es suyo, lo encuentras en cualquier librería decente y es un regalazo. 
Y, ahora, me voy a preparar la bañera, que antes de las galletas está la cena, y después lavarse los dientes, y un cuento, y otro cuento, y un besito y otro besito y otro más.

martes, 31 de mayo de 2016

Cardo borriquero.


Te regalé un ramo de cardos frescos. 
Los dejaste secar. 
Ahora pinchan una barbaridad. 

¿Fue mía la culpa por comprarte cardos en lugar de rosas apestosas?
¿Culpa tuya por dejarlos secar?
¿Mejor no quitar el agua hasta verlos podridos, haberlos tirado antes de que empezaran a pinchar?

miércoles, 25 de mayo de 2016

Nothing Compares 2 U



Ésta pobre, aquí la tienes, tiernecita y lánguida como ella sola, aguantando el tirón del primer plano. Cualquier día nos da un disgusto.
A que no te suena ninguna canción suya más, eh. Pero ésta sí, mucho.
A mí me recuerda a la primera vez que fui a rehabilitación, cuando me riñeron por una cosa de la que no tengo la culpa y me hicieron una amenaza que todavía no se ha cumplido.

A mi padre no sé si le gusta. Creo que le resultará anodina. Igual tiene razón.

domingo, 22 de mayo de 2016

Lo peor de los domingos

Tener que conducir largas horas y el fútbol en la radio.
Haber olvidado lavar los babis y que no de tiempo a que se sequen. 
La resaca de baja intensidad. O la resaca de la muerte.
Tener que madrugar y no tener sueño porque te pasaste con la siesta.
Haber pasado el fin de semana limpiando y no acabar de ver la casa limpia.   
Deshacer maletas. 
La mierrrrda que echan por la tele y el programa de los toros en la radio. 
Haber trabajado el sábado y que el fin de semana resulte raquítico. 
Tener que volver. O tenerte que ir. 
No tener novio con el que pasear o ir al cine.
Lo peor de los domingos es que van antes que los lunes. 




miércoles, 18 de mayo de 2016

Echar de menos, algunas consideraciones sin importancia.

Es sin H, es un hecho, que eso sí es con H.

Se puede echar de menos a alguien que tienes sentado al lado. Eso es casi seguro.

De lo que no estoy tan segura es de si, cuando echas de menos a alguien, echas de menos a alguien o echas de menos algo. No me explico ¿verdad? Veamos, lo intento de nuevo:

¿Se echa de menos a la persona, o a lo que te pasa cuando esa persona está contigo? Respondiendo a esta pregunta quedaría esclarecido el punto numero dos de estas consideraciones, si es que estas consideraciones estuvieran numeradas.
Es, como casi todo, una cuestión de reacciones químicas, volátiles como ellas solas. En ese caso no echamos de menos a nadie que no seamos nosotros mismos sometidos a qué sé yo qué proceso químico del demonio.

Ahora parece que lo que echo de menos es hacer silogismos, que siempre me dieron un poco de pereza pero también mucho gustito.

¿Se puede echar de menos algo que ya no tienes/haces/eres y que en su día no te gustaba? Me parece que sí, somos unas criaturas enrevesadas, la verdad.

Total, que echar de menos es como la H, que si está, a veces estorba, pero si no está todo es rarísimo. Ya no digamos si la puta es intercalada.


miércoles, 4 de mayo de 2016

Vasos vacios



Me gustaba mucho esta canción, sobre todo cantarla. Es que nos salía muy bien, joder. Debimos montar una banda, o por lo menos no dejar de cantar.
"Siempre te entiendo" era mi frase preferida.

Pse, le gustaría, puede que sí.

miércoles, 27 de abril de 2016

Veneno en la Piel



Me acuerdo de mi amiga S. Calleja con su walkman y esta cinta recién estrenada, aquél tórrido junio de 7º de EGB, cuando nos echamos desodorante por primera vez porque su madre le dijo que olía a choto. Y cuando nos depilamos las piernas con crema depilatoria que olía a rayos para ir a la piscina de Samoa, y nos armamos un cristo bendito porque esa mierda no era buen invento, no señor.
Ella llevaba dos cintas en el walkman: ésta de Radio Futura y una de Enya que sonó hasta reventar. Ninguna de las dos me gustaba especialmente, ya ves, yo quemé una de Cecilia que su madre, la madre de S. Calleja, no la de Cecilia, me regaló por mi cumple. Esa sí me gustaba, la de Cecilia, la pobre, que murió atropellada por un carro en Tordesillas y ya solo por eso me parecía como de la familia. Me sigue gustando, eh.

Un par de años más tarde, o tres, no sé, también en junio, fui a la expo de Sevilla con una excursión loquísima que varias veces estuvo a punto de desembocar en tragedia... Me libré del drama por los pelos en, por lo menos, tres ocasiones. Una por culpa de la policía y los colgantitos esos guardachinas que se llevaban por debajo de los palestinos, otra por un resbalón en la ducha, y la tercera que recuerde por un lío con unas zapatillas en la puerta de una tienda de campaña que no era la indicada. 
El caso es que Radio Futura actuaba por la noche en el recinto ferial y allá fuimos todos los jóvenes al concierto que nos importaba un pijo, pero era la ocasión de salir de noche, que gusta mucho a esa edad. Mientras bailábamos reggae en el pabellón de Jamaica y comíamos fruta pelada que servían en un vaso de plástico por un módico precio, con lo carísssimo que estaba todo, las unidades móviles sanitarias no dejaban de sacar gente desmayada del mogollón del concierto. Nosotros a lo nuestro.

Más adelante, también en una tienda de campaña, recuerdo una semana santa en la que no montamos una banda porque no quisimos. Cantábamos muy bien, y lo mismo nos daba un corrido mexicano, que ésta canción, que Kiko Veneno o una de U2.

A mi padre no sé si le gusta, la verdad, porque todo lo que sea cantado en español y posterior a Nacha Pop le parece una copia.

lunes, 25 de abril de 2016

La hora crítica


He comprobado que la hora buena de comer son las 12:30 del medio día. No para mí, sino para cualquier humano que amanezca a una hora entre las 6:30 y las 8:30 y desayune un café con leche y algo para untar o similar. 
Y si no se come al rededor de esa hora, al llegar las 14:30 uno se convierte en un monstruo y ya no hay solución. 

Como cuando te va a bajar la regla o está la luna llena al caer, entras en furia y puede ser que tardes mucho en reconocer por qué. A lo peor, para cuando repares, el desastre será ya irremediable: te habrás peleado con todo el mundo, le habrás arruinado el día a tus congéneres o habrás tomado una decisión drástica sin necesidad.

Y todo por la puta glucosa. Así que, por el amor de dios, almuercen o, al menos, tómense un café.

lunes, 4 de abril de 2016

jueves, 24 de marzo de 2016

Casi todo el rato, la vida.



No sé, a veces la vida es una frutería de barrio un martes de primeros marzo a las 19:45.
La frutera, joven y peinada de peluquería, se afana en limpiar el espejo ese oblicuo que tienen las fruterías de toda la vida. Como es marzo, ya se van notando los días, pero como la tarde está de lluvia, pues es todo bastante gris. 
Por eso se respira un aire preñado de anticipos y de finales a un tiempo. Es de día, pero ya es de noche; ya no es invierno pero todavía no es primavera. Tarde para casi todo, demasiado pronto para nada.
No son horas de que esa mujer joven esté allí sola trabajando, pero tiene la tienda que da gloria verla, a lo mejor está donde quiere estar, o nadie se lo ha preguntado. Igual la vida es eso y ya está. Otros días no se conforma una con nada, joder.
En cualquier caso, se ha abierto el semáforo y yo meto primera. Si ese no es mi barrio, qué más da.
A mi padre la canción le gusta, claro, pero más la de Bob.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Camisetas ayer, trapos mañana III


A mi madre no le gustaba ir de compras, así que, un día, en los albores de mi adolescencia, me dio dos mil pesetas y me dejó ir de compras con mi amiga. Qué horror. A esa edad, en las tiendas, sin madre, no te hacen caso, eso es así. 
A mi madre sigue sin gustarle, pero ahora que la madre soy yo, en las tiendas ya no se estila hacer caso ni a las señoras. 

Aquél día me compré una falda y una camiseta, no me dio pa más, hija. 
El look resultante me marcó hasta día de hoy: 
falda muy corta y pegada, camiseta holgada. 
La falda era elástica y de color beige. Y la camiseta, maravillosa. No le corté el cuello porque todavía no tenía costumbre y, además, no le hacía falta. Era de rayas finitas (finitas de delgadas, no de sin fin) horizontales; los colores naranjas, marrones, rojos, mostaza, amarillos: como si cruzases los colores del jersey de Epi con los del de Blas. En horizontal. 

Las rayas de las camisetas, siempre en horizontal. Posiblemente aquella camiseta fue la primera de muchas camisetas de rayas que vivieron después. Señalar algunas memorables:

Aquellas de cuello de panadero, así tipo borroka, con rayas finitas bicolor (morado y negro, rojo y gris, gris marengo y gris antracita) Aquí en el valle eran imposibles de encontrar, había que encargarlas a vascongadas, y en Cantarranas eran lo más. Esas todavía existen, llenas de piteras, sí, pero ahí están, al fondo del armario a la derecha, cuando quieras te las presto. Las había también del mismo pelo, pero con cuello barco en lugar de panadero, y las rayas pelín más anchas, las favoritas de mi cuñada favorita.
Y hubo una que yo le robaba recurrentemente a mi hermana, en la época de sus 14 años, cuando nos reconocimos. Era de rayas blancas y rojas, ajustada y elástica, con cuello extra barco que dejaba los hombros al aire. Era solo de salir. Hasta que una de las dos la manchó de calimocho, y se echó a perder para siempre. 
Las camisetas elásticas no son muy aptas para trapos. 
De rayas hubo muchas más, aún las hay, sería largo de enumerar. Sólo decir que, durante una época me las tuve que prohibir, las rayas en las camisetas. Hoy ya no reniego: cuantas sean necesarias hasta dar con la definitiva. 
Por eso la mayoría de los trapos de mi casa son de rayas. 

El caso es que aquél híbrido de Epi y Blas que ahora nos ocupa, gozaba de una calidad extraordinaria; no perdió ni pinta de color, es más, era de esas prendas que, incluso, ganan en textura con los años y los lavados. Ya no las hacen así.  
Me la puse durante años para todo: para ir a clase, para salir, para estar en casa, para dormir, me la llevaba siempre de vacaciones; con una de manga larga debajo, con pantalón, encima de un vestido... También se la ponía mi madre. De hecho, aparece recurrentemente en las fotos de una amplia franja de años: fotos de pandilla, fotos de familia, vacaciones familiares, fiestas de pueblo, acampadas, fotos en casa para acabar el carrete...

6 años después de que mi madre me diera las dos mil pesetas para que me fuera de compras, mi amigo del alma se marchó a vivir a Alemania. Me dio tanta pena y le gustaba tanto aquella camiseta, que se la presté con la condición de que me la devolviera a su vuelta. Nunca volvió. 
Me quedé sin amigo del alma. 

lunes, 14 de marzo de 2016

Nos vimos en Berlin



Ya, que igual te parece que no hay quién lo aguante, pero lo que me gustaba... Menos mal que soy de gustos permeables y hago a casi todo.
Nooo, a mi padre no le gusta, no.


miércoles, 9 de marzo de 2016

Camisetas ayer, trapos mañana II

Tenía 20 años y muy poca vergüenza. También poco criterio y escaso saber estar. De alguna de estas cosas he criado, de otras no.

Ni os imagináis los sitios a los que osé ir con esta camiseta puesta. No sé cómo nadie me echó el alto o me explicó cuatro cosas. Hubo un lugar en particular que, cada vez que me acuerdo, no sé si reír o morir de vergüenza ajena (porque tener vergüenza de la que una fue y ya no es ¿es tener vergüenza ajena, o propia?, qué se yo)

De S.A. me gustaban muchas canciones, sí. Algunas me siguen gustando. La verdad es que de la mayoría no era capaz de entender la letra, y otras me ponían los pelos como escarpias. Pero la camiseta me gustaba toda ella. 

La heredé de mi novio el vasco, claro. 
Las camisetas heredadas siempre gustan más. Era gris, pero antes de llegar a mí fue negra. La serigrafía era de las buenas, buenas, de las que ni se cuartean ni nada, porque, aunque cuando la camiseta llegó a mí ya estaba roñosa, el logo permanecía intacto. El cuello estaba dado de sí, por eso nunca tuve que tunearla cortándolo, como es costumbre en esta casa. 
Me quedaba muy bien, tenía un ancho y un largo ideales. 
Y así iba yo por la vida, más ancha que larga, ya ves.


miércoles, 2 de marzo de 2016

Camisetas ayer, trapos mañana I



A veces, entre los periodistas, se pone de moda una palabra. Estos días, con el circo del congreso, usan mucho "bronco". 
Y yo no puedo más que acordarme de la que fue mi camiseta preferida durante mucho tiempo. Era de color gris desteñido. En la espalda (me gustan especialmente las prendas con cosas en la espalda) rezaba: "el ejército zapatista despertó al México bronco"; y por delante el retrato de Emiliano Zapata que, sobre mi barriga de señor, cobraba dimensión. Bajo el careto del revolucionario bigotudo: "viva México, cabrones", cómo no.
Era genial. Me la regalaron por mi cumple. Y me gustaba mucho. 

lunes, 29 de febrero de 2016

Asquerosas.

Qué delgada es la línea que distingue a una criatura adorable de un bicho asqueroso.

No tardarán en volver, y este año no me veo capaz de soportarlo. 
Lo sé, las envía Lucifer cada mes de mayo para destrozarme los nervios, lo veo regodearse en su averno mientras yo me tiro de los pelos, el se ríe, ellas rascan con sus patitas todo lo que encuentran a su paso, y yo, de verdad, me desespero.

Luis Sacafati, siniestrito como el solo.

Aparecerá la primera, una noche cualquiera en que el riego del maizal esté a punto de arrancar. Se moverá despacio, a ras de rodapie, con esas patas repulsivas que, como haciendo alarde, a simple vista muestran todos sus pliegues y articulaciones. Y mientras la vea, gorda, brillante y repugnante, me volverán las dudas: es muy grande ¿habrá nacido aquí?, en tal caso ¿dónde están sus putas hermanas?. Si entró de fuera ¿por dónde?, ¿será la primera, seguro?, ¿cuánto tiempo llevas aquí, asquerosa?, ¡fuera de mi casa!, ¡asquerosas!, ¡asquerosas!, ¡asquerosaaaaas!
Algunas mañana hago como que no las veo, y así, por unos días desaparecen, desaparecen de verdad. 

Y este es Paco Roca.
Pero, de repente, detrás del cubo de fregona están sus cagadas y otra vez a empezar: lejía por todas partes, reproches por los trastos, si arregláramos el bajo de la puerta no podrían entrar.
Pero da igual, cada año vuelven, da igual los trastos de los que nos hayamos deshecho, los arreglos en la alcantarilla del corral, da igual. Da igual poner trampas tras cada puerta, en cada rincón. Son inmunes y abominables. 
No me miran, pero me ven. Sé que me vigilan y, cuanto peor es mi humor, más alto trepan por las paredes, saben que eso es lo que más me desquicia, verlas en la pared.

Creo que no tiene mucho remedio, son los encantos de la vida en el campo. Y ellas, al fin, no son las únicas ni las peores alimañas que han pasado por esta casa.
Mira, soy capaz de tolerar alguna culebra en el regato de la parte de atrás, convivir con un sapo como un oso que croa por las noches; de combatir a las hormigas sin caer en el desaliento, asumir la existencia de moscas perennes, superar varias plagas de topillos y amistarme con arácnidos de variadas formas y tamaños. Pero con éstas, no puedo, es que no puedo, no es asco físico exactamente, me atacan a los nervios y san se acabó.

Por cierto, si no has leído La metamorfosis porque te obligaron en el colegio y no te dio la gana, como yo, hazlo ahora que no te obliga nadie, que vas a flipar.

martes, 23 de febrero de 2016

Bambino, por siempre.



No me digáis que no es un exceso, un temazo de todos los tiempos, con una interpretación soberbia que una quisiera imitar desde las entrañas. 
Casi dan ganas de tener desengaños para llorarlos con Bambino, de llevar una vida de tormento y anfetaminas por los burdeles del Madrid de mediados del siglo pasado.
Yo me lo pongo mucho para cocinar, pero sin abusar que luego se me agria el caldo.
(A mi padre no le gusta, pero está dispuesto a asumir que es un grande, eso sí.)

lunes, 15 de febrero de 2016

Miley Cyrus se canta "Jolene"



Una de las cosas buenas de la música es que, si te dejas, te quita los prejuicios y las chorradas de un viaje en el estómago.
Sí, es Hannah Montana, la cantaba Dolly Parton y suena medio country medio no se qué. Pero, chica, me la topé hace una par de semanas y desde entonces me la pongo vuelta y vuelta (en bucle, como se estila decir ahora). 
Pues no se si le gustaría a mi padre, digo yo que sí.

viernes, 12 de febrero de 2016

La Leona

Hay librerías de nuevo y librerías de viejo. Y librerías con encanto donde pasan muchas cosas.
Ésta de la que hablo es dos de las tres, y yo ya estoy deseando volver. 
Volver y que La Leona me enroje la estufa, con una tacita de agua encima para que no me duela la cabeza; contar y que me cuenten cuentos y cosas, o que me canten o lo que sea. Y, sobre todo, darle a la pandereta hasta que se me olvide contar los golpes, mientras la vista se me pierde entre lomos manoseados que invitan a hincarles el diente. Libros con muchas vidas: las que cuentan y las que los han contado. Y que se me pongan los pelos de punta mientras oigo a la librera entonar cantes viejos, y se me vuelva la piel del revés.


Luego nos vamos de cañas, y yo me río mucho, muchísimo, mientras ella, La Leona incombustible, La Leona libre, echa chispas por los ojos y rezunga por todo: por lo mal que está el negocio de nuevo, por los piratas y los corsarios, sobre todo por los corsarios; por los putos grupos de coros y danzas, porque nadie respeta nada, joder, y porque no me quedo a tomar la última caña, y porque somos veneno, es lo que hay.
Esto último, lo del veneno, no es una protesta, en realidad es más la asunción de un principio que hace que nos encontremos, entre nosotras y con otras. Nos topamos en el año 2013, nos reconocimos y, sin prisa, nos hemos ido encontrando cuando ha ido tocando. Ésta vez está tocando mucho, y a mi me parece que vuelvo a casa cuando me mira; hay veces que la pandereta en sus manos es un platillo volante, a la vez es todo muy marciano.
Es vehemente, más que nadie que yo conozca. La Leona tiene mil nombres porque con uno solo no le llega. Sueña con lo que hay que hacer y lo hace, y consigue que tu lo hagas porque es lo que hay que hacer. Es lo que hay.
Y, sí, esto es una declaración de amor. Qué pasa, estoy en mi casa.

martes, 2 de febrero de 2016

Pilas alcalinas y corazones rotos.



No son muchas las personas capaces de romperte en corazón por dos veces. Yo conocí una, y no fue solo mi corazón el que rompió por dos veces, fueron muchos los corazones tocados, heridos, rotos por dos veces.

Algunos nunca se recuperaron. El mío sí, porque para mi fue solo un rasguño del que hoy queda más bien sombra que cicatriz. 
Pero me acuerdo muchas veces.
Fue trepidante conocerle. Vivió a trompicones y de un trompicón se mató. 
La primera vez que rompió corazones fue la más dolorosa, porque lo hizo con un desgarrón lento que se prolongó mucho, mucho en el tiempo. A ratos dejaba de tirar y, de repente, otro tirón y de nuevo a escocer y a doler fuerte el corazón. La segunda fue perpetua y duradera, algunos no se recuperaron nunca.


Hoy me he topado con una foto tuya. Se te veían las tripas por las ranuras de los ojos, majo. Eras excesivo en todo, y todo el mundo te quería. 
Vi llorar a tíos recios y grandes como castillos cuando golpeaste por primera vez, querían agarrarte de la pechera y darte de ostias, pero lo único que hicieron fue socorrerte cada uno como pudo. Y la mayoría pudieron mal. La culpa, la pena, la rabia, el miedo y la impotencia nos hizo mierda las tripas. 
Mi instinto de niña fina me hizo echar a correr, a pesar del tirón que me diste en la manga. Pero es que era de bravucones descerebrados no salir corriendo, cuando las banquetas volaban por los aires y el acero de objetos punzantes restallaba en la oscuridad de los soportales de tu barrio.
Así que allí te dejamos. Aunque no te dejamos solo; tu universo de familia y amigos te abrigaba de cerca, y nosotros de vez en cuando pasábamos a saludar. Aun así, yo sé que si lograbas zafarte del abrigo, siempre tenías quién te hiciera la clá. Eras asquerosamente ingenioso y divertido, incluso desde el fondo del pozo lograbas hacernos reír.

La segunda vez que golpeaste algunos ya estaban resignados. Solo le quedaba rabia a ella, que nunca se resignó.

Y ahora, si paso por la plaza del Salvador y me da por mirar para arriba, me acuerdo de la guarida donde te refugiaste la primera vez, cuando tuviste que escapar; y me la imagino a ella amarrándote por espalda, enredados los dos en una maraña de sábanas sudadas. Y si paso por tu barrio no puedo evitar mirar la rampa de hormigón por donde, cobarde, salí corriendo. Y si veo de lejos el círculo de ladrillos que nos servía de aposento a la orilla del río, no se si reír o llorar.

Pero el otro día, después de toparme con tu foto, casualmente aparqué en tu barrio. Y me encontré con algunos de los de entonces, y nos alegramos mucho y nos abrazamos fuerte. Nos preguntamos si hacía los años que te habías muerto o era tu cumpleaños, o nos habíamos acordado y encontrado así sin más. Y vi que algunos escaparon de la quema la primera vez que les golpeaste, y que otros se hicieron mayores de golpe el día que te estrellaste. Tratamos de echar la cuenta de los años: los años que hacía de esto y de aquello, y de lo otro y lo de más allá; y de los años que hacía que no nos veíamos y de los hijos que habíamos tenido por el camino. Y que si te acuerdas de cuando tal y cuando cual.
Y me dí cuenta de que los corazones se curan, se regeneran y siguen latiendo sin más. Y de que el tuyo sigue latiendo en el de ella, que te recuerda cada día. Yo lo se porque por las ranuras de sus ojos, los de ella, se le ven las tripas también; y allí están las tuyas, con las suyas, enredadas como las sábanas de aquella cama donde te hartaste de sudar.

martes, 19 de enero de 2016

Mi carrera como actriz. Capítulo II

Luego de varios papeles más o menos importantes en las fiestas de guardar del cole, siempre con rotundo éxito de público (entre el que rara vez se encontraban mis padres, pobres, los horarios les venían fatal), me lancé a la dramaturgia. 

Fue séptimo de EGB cuando, durante la función de Navidad del colegio, estrené la primera obra escrita, co-dirigida y, por supuesto, co-protagonizada por mí: 
Terror en el convento, una comedia de acción trepidante en la que las chicas de la clase encarnábamos a unas monjas que se enfrentaban con arrojo a la banda de atracadores que irrumpía en su convento la noche antes de Navidad. 
Como era un colegio laico (de los de verdad, exento de crucifijos y con poca ostia) y la mayoría de los niños éramos hijos de familias ateas recalcitrantes, vernos vestidas de monjas provocó mucha risa y un poco de grima también. La función fue un éxito rotundo, todos lo pasamos muy bien y en esta ocasión no me dormí ni se me aflojó el vientre en escena a pesar de los nervios, que lo hubo. Pero no todo fue un camino de rosas, hubo drama entre bambalinas, sí. 
No me acuerdo muy bien de la causa pero, como el genio en ciernes que era, debí enfadarme muchísimo por alguna nimia contrariedad y, unos días antes de arrancar con los ensayos, me negué a participar en función alguna y, por supuesto, rompí  en mil pedazos el papel cuadriculado con el guión escrito de mi puño y letra. Por eso la fotocopia que aún hoy conservo registra arrugas y trozos de celo del documento original.
Así como mi fisiología, mi memoria es también caprichosa, y tiende a borrar los hechos circundantes a los momentos en los que monto en cólera; por eso no puedo afirmarlo a ciencia cierta, pero estoy casi segura de que fue el gran I.G. quien me ayudó a recomponer los trocitos del guión y mi recién estrenado orgullo pre adolescente. 
El gran I.G., él mismo era una furia, pero ya con 10 años era un maestro apaciguando la mía. 
I.G. era de esos que te quieren sin más, sin condiciones y aunque no les tengas en demasiada consideración. Encarnó el papel de atracador jefe en la obra con la misma naturalidad con que, desde primero de parvulitos, asumió ser mi guardián: sin aspavientos ni grandes demostraciones, a la chita callando pero bordando el papel. Qué tío inmenso I.G. Venía de muy buena familia, buena en el buen sentido: su hermano pequeño era capaz de aplastarte por amor, en mí causaba auténtica fascinación; y sus padres eran la dulzura en persona, los dos. Aquél año I.G. fue la estrella de la función, aunque nadie supiera nunca que, de no ser por él, ni mi orgullo ni mi guión habrían llegado jamás a recomponerse.


Un par de años más tarde, mi carrera en el teatro terminó de manera abrupta. 
Cursaba mi primer segundo de BUP y la tormenta de la adolescencia arreciaba de lo lindo, llevándose por delante los nervios de mis sufridos adultos de referencia. 
Una tarde a la semana iba a clase de teatro. De lo que más me gustaba, a parte de Teresa, la profesora, era hacer uso de los pasillos y el hall del instituto. Aquel espacio que por las mañanas era de mero transito, cobraba vida para albergar a Salomé y otros personajes clásicos y modernos del teatro universal. 
Siempre digo que mi carrera se vio frustrada porque no tuve cojones de hacer el pino cuando me tocó, pero lo cierto es que tuvieron que castigarme sin ir a clase de teatro vaya usted a saber por qué comportamiento díscolo y, seguramente, reincidente.

Años más tarde volví a subirme a algún escenario, con intenciones más alejadas del teatro. Incluso en una ocasión actué en el Calderón, convertida en musa de una organización cristiana radical... pero esa es otra historia que hoy no viene a cuento
El caso que nos ocupa es que mi carrera en el mundo del teatro, que arrancó a tierna edad y en ascendente, se vio frustrada un día de pronto, sin más.
A estas alturas no hay pregunta más idiota que la de ¿qué hubiera sido de mí si...? Pero el teatro me gustaba, joder, y aunque no fui capaz de hacer el pino, se me daba bastante bien. 

domingo, 17 de enero de 2016

Toda la verdad sobre mi carrera como actriz. Capítulo I

Cursaba 2 de parvulitos cuando debuté. La obra era un clásico infantil, así muy didáctico, para aprender muchas cosas mientras lo pasas bien y eso. El argumento, sencillo pero contundente: una semilla que, tras recibir las bendiciones del agua y el sol, crece y se convierte en planta. 
Yo no era protagonista, pero sí tenía un papelón: la nube. Mi turno llegaba cuando el narrador decía:"y llovió". Yo era la única nube, así que debía permanecer atenta. Y lo estaba, mucho, pero también muy nerviosa. Ya desde niña, cuando me pongo tensa mi fisiología reacciona exageradamente: o me duermo o me cago, eso es así. 
Aquél día los nervios me traicionaron y me quedé dormida en un rincón del escenario, y cuando el narrador pronunció las palabras que marcaban mi aparición estelar, nada sucedió. "Y llovió. Y ¡llovió! ¡¡¡Llovió!!!". Pero, nada, yo no llovía, por suerte tampoco tronaba, porque estaba profundamente dormida en un rincón del inmenso escenario. 
No sé en qué momento desperté, pero sí que sentí una vergüenza horrorosa y muchísima frustración. No debió ser tan grave porque, al final, me dieron un paquete de caramelos como a todos los niños, como si no hubiera pasado nada, y subí al escenario a recibir los aplausos del público con todos mis amiguitos mientras chupaba caramelos de Dulciora y lloraba en silencio sin parar. 
Porque da mucha pena cuando tienes 4 años y la has cargado con las patas de atrás, aunque los mayores te repitan 100 veces "no pasa nada" y te den caramelos como a los demás. No hay consuelo. No lo hay. 

Pero aquí no acaban mis sufrimientos en escena, qué va, éste fue nada más el principio de una carrera fulgurante, este post continuará. 

lunes, 11 de enero de 2016

Se ha muerto Bowie.



Él se muere y nosotros nos hacemos un poco más viejos.
Conste, en primer lugar, que no todo lo suyo me gusta, de hecho hay cosas que me horrorizan e, incluso, me sacan de quicio.
Pero ésta canción me gusta mucho, ya me gustaba antes de saber que me gustaba.
Fue la que me hizo entender que mis mayores también eran personas sensibles, y que tuvieron juventud. Ya se, parece una obviedad, pero cuando se es niño resulta todo un descubrimiento.

También me recuerda a Coque y a Zapa en aquellas sesiones donde apurábamos los licores de los mueblebares de nuestras familias, y poníamos a prueba la paciencia de los vecinos y las cuerdas de nuestras guitarras.

No puedo olvidar el viaje a Holanda con Henar, en particular la experiencia mística que vivimos en lo alto del pirulo de Rotterdam (la Space Tower del Euromast).
Estábamos cansadas, muertas de hambre y empapadas hasta los huesos, pero hasta los huesos de verdad. Como también teníamos muchísimo frío, nos subimos al pirulo porque tenía calefacción; no sin antes tratar de secarnos los pies en un secador de manos, lo cual, si no lo habéis probado, resulta harto complicado. Estábamos solas en el interior de la Space Tower, una cápsula circular, todo oscuridad, que asciende por el pirulo del Euromast como si fuera un ascensor. Al llegar arriba (185 m de altura, a alguien que vive a ras de suelo, impresionan) las compuertas se empezaron a abrir dejando al descubierto una inmensa cristalera. La cápsula giraba sobre su propio eje mientras sonaba a todo volumen el Space Oddity. Nuestras risas bobas enmudecieron y se nos pusieron los pelos de punta.
De lo que pasó después no me acuerdo muy bien. Sí se que cuando bajamos seguía lloviendo a mares, y que en ese viaje pasamos mucho, mucho frío. También se que alguien debió haberme dado un empujoncito para irme a vivir allí una temporada cuando tuve ocasión, y que hoy, que te todo hace 20, no puedo evitar hacerme de vez en cuando la absurda pregunta de ¿qué hubiera sido de mi si...? Muy absurda.

Da igual, Bowie se ha muerto y eso pone triste a todo el mundo. Y yo, que tengo un lunes tonto, muy tonto, me acuerdo de esto que cuento,  pero también de la maravillosa versión de los Hermanos Calatrava.
Por si sabe a poco, si tengo que elegir otro temazo de Bowie, me quedo con Young Americans.
Se murió el rey de los Goblins, que la tierra le sea leve, pues.
(Sí, esta canción le gusta a mi padre)


sábado, 2 de enero de 2016

Propósitos, para qué.

Hoy que el día es tan corto y la noche tan larga, es una suerte andar en la carretera con esta luz. Poner tierra de por medio y hacer parada en esa cuneta que cada diciembre me recibe para celebrar mi particular ceremonia de fin de año.


En este lugar donde me encuentro se produce un pliegue: atrás queda el Cerrato, y Tierra de Campos se derrama como una balsa a mis pies; al fondo la promesa de la montaña helada a la que hoy no habré de llegar. 
Así que, desde este punto y en este momento, no puedo por menos que hacerme yo también algunos propósitos. No parecen grandes cosas, ya se, más que propósitos son un rosario de hitos que me acompañen en el tránsito solar este en que andamos metidos. Si los quieres, pues para ti son también:

Que la primavera trine.
Que el verano complazca.
Que el otoño despoje.
Que el invierno repare.
Y mientras esto permanezca, sea como fuere, qué más da lo demás.