Toda la verdad sobre mi carrera como actriz. Capítulo I

Cursaba 2 de parvulitos cuando debuté. La obra era un clásico infantil, así muy didáctico, para aprender muchas cosas mientras lo pasas bien y eso. El argumento, sencillo pero contundente: una semilla que, tras recibir las bendiciones del agua y el sol, crece y se convierte en planta. 
Yo no era protagonista, pero sí tenía un papelón: la nube. Mi turno llegaba cuando el narrador decía:"y llovió". Yo era la única nube, así que debía permanecer atenta. Y lo estaba, mucho, pero también muy nerviosa. Ya desde niña, cuando me pongo tensa mi fisiología reacciona exageradamente: o me duermo o me cago, eso es así. 
Aquél día los nervios me traicionaron y me quedé dormida en un rincón del escenario, y cuando el narrador pronunció las palabras que marcaban mi aparición estelar, nada sucedió. "Y llovió. Y ¡llovió! ¡¡¡Llovió!!!". Pero, nada, yo no llovía, por suerte tampoco tronaba, porque estaba profundamente dormida en un rincón del inmenso escenario. 
No sé en qué momento desperté, pero sí que sentí una vergüenza horrorosa y muchísima frustración. No debió ser tan grave porque, al final, me dieron un paquete de caramelos como a todos los niños, como si no hubiera pasado nada, y subí al escenario a recibir los aplausos del público con todos mis amiguitos mientras chupaba caramelos de Dulciora y lloraba en silencio sin parar. 
Porque da mucha pena cuando tienes 4 años y la has cargado con las patas de atrás, aunque los mayores te repitan 100 veces "no pasa nada" y te den caramelos como a los demás. No hay consuelo. No lo hay. 

Pero aquí no acaban mis sufrimientos en escena, qué va, éste fue nada más el principio de una carrera fulgurante, este post continuará. 

Comentarios

Provinciana ha dicho que…
a ver, si te hubieses cagado habría sido aun peor.

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