lunes, 28 de diciembre de 2015

jueves, 24 de diciembre de 2015

Fun, fun, fun, es navidad.



De la navidad me gusta:

Beber champán y comer turrón del blando, todo junto.
Los anuncios de perfumes, mucho. Más que los propios perfumes, mira qué apañadita salgo.
El olor del horno encendido. Casi me da igual lo que haya dentro, a baquelita quemada.
Cantar, aunque sea la misa campesina.
Los peliculoncios que echan por la tele hasta altas horas de la madrugada. O que echaban, ya no se. Y ver con mi padre 2001 odisea en el espacio por millonésima vez. O 7 novias para 7 hermanos, lo mismo me da.
Salir hasta las tantas muchos días seguidos, y que siempre haya gente en los bares, empalmar un plan con otro, y una pandilla con otra y así hasta el amanecer.
El concierto anual de la Orquesta Diamante, aunque éste año, ya se, no podrá ser.
El concierto de año nuevo a todo volumen, aunque la resaca sea infernal.
Que me manden mensajes inesperados y personales. Y si no son personales, por lo menos que sean inesperados.
Escribir postales, aunque luego se me olvide echarlas al correo y nunca lleguen a tiempo.
Las sobras de los festivos recalentadas a diario. Ay, qué ricas.
Trabajar de librera, atender a señoronas y envolverlo todo para regalo y por separado. Y que la tienda esté llena y tengamos que empujarnos un poquito con los codos y las caderas para movernos por el mostrador.

Que se me da muy bien.


En navidad me acuerdo:

De la fiesta de mi colegio encantado y de las obras de teatro. Entre aquellas bambalinas se forjó una vocación que, años más tarde, se vio frustrada porque no tuve cojones de hacer el pino. Pero esa es otra historia.
Del aguinaldo de mi abuela, que siempre incluía peladillas y naranjas ácidas vaya usted a saber por qué; y del cumpleaños de mi abuelo y las comedias con mis primos los de Tordesillas, el verdadero pistoletazo de salida de la navidad, me río yo de la lotería.
Del famoso brindis de mi primo Samuel: que tengamos buena cosecha de patatas. De la teta de Sabrina, no lo niegues, tu también.
Del fin de año en que a mi tía le salió salado el bacalao con patatas y fue un drama.
De los villancicos de mis vecinos, y las visitas furtivas y cruzadas a los trasteros para fisgar los regalos de reyes.
De la primera nochevieja de mi hermana y el cepillo de pelo diabólico, que nos costó un corte de flequillo in extremis, no fue un drama pero casi.
Del olor a vinagre en el horno de gas de mi abuela. Y del cardo con almendras de mi otra abuela. Y las manos negras.
De los fantasmas sentados a la mesa, y del año que mi madre juró que iba a llenar el salón de fotos de familia.Y de la huida, porque oye, ni por esas los logramos espantar.
De los viajes huyendo a uno y otro confín, y los minibotellones con mi hermana en las habitaciones de los hoteles.
De aquél hotel en Roma cuyo ascensor parecía una caja de muerto, donde lloré lo que no está escrito.
Y de aquella espera, en ningún momento desesperada, que me dejó desangrada y magullada, y me cambió para siempre. De la taza blanca con consomé que me recompuso, amén de dos bolsas de plaquetas en vena, y la inundación de amor que sobrevino cuando llegaste, tan bonito. De tu olor a sangre fresca mezclado con el de tu padre, y el perfume dulzón de mi hermana. Pero esa también es otra historia que aun no ha de ser contada.

Feliz navidad feonautas queridos, y que el cristo de Palacaguina sea con vosotros y vuestros jodidos fantasmas.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Canciones que me hacen llorar II Eima



No me hacía llorar, pero un día lo hizo y ya no pude parar.
Antes de que me hiciera llorar me hizo bailar. La primera vez fue en Barcelona, en un hotelazo, rodeada de señores trajeados que se inflaban a cubalibres. La canción no sonó allí; pero por aquél entonces, si salías a fumar no era por una prohibición nueva y, claro, enseguida los tarambanas nos encontrábamos. Con un tarambana me encontré, y le cambié el disco por un rato de alegre cháchara.
Luego ya me traje el disco a casa y gustó. Le gustó a todo el mundo, lo cantaban las orquestas en las fiestas de los pueblos y todo. 
Y ¿cómo fue que un día me hizo llorar?, pues porque siempre estabas medio amarillo y no te quitabas la pelliza ni en medio del infierno. Y porque me besabas sin abrazarme cuando nos encontrábamos y te olvidabas de despedirte si podías. 
Así que eso, que el que no te quiera y te busque mal me encuentre a mí. Que han sido muchas pájaras, majo.
No se, no creo que ésta canción le guste a mi padre.

martes, 15 de diciembre de 2015

Yo salí una noche con CpuntoSpunto.

León siempre es una buena opción. Y no lo digo porque mi hermana sea de allí, que también.

Hasta que no vea a las chicas echando talco en el suelo para bailar, no paro.
Ahora que por fin he catado el Purple, tengo más motivos para decir que esa ciudad es un triunfo. Pero, además, hay otra razón. Es verdad, no es una razón muy alta pero sí de peso. De peso específico.

Pasaron muchas cosas esa noche. Y otras que no pasaron pero pasan.  
De algunas no me acuerdo, otras me las vendrán a recordar. 

Pero de lo que ya no me puedo olvidar es de que, aunque no estudié en su promoción, yo salí una noche con CpuntoSpunto

Ahora necesito volver a verle pero, por favor, que no sea antes de 8 o 10 meses, menos es más. Es un personaje singular. 
Primero me hablaron de él y, de inmediato, me entraron ganas de ponerle cara y cuerpo. La reina recia del barrio del MUSAC fue la primera en mentarlo; ella solo adora o detesta, y a CpuntoSpunto, por supuesto, lo adora.
Enseguida se me logró conocerle en persona, no hizo falta esperar mucho. 

Lo mío con este lugar es idilio de verdad.
Lo encontramos sobrio en un bar, el mismo en el que mi Pro se lo había encontrado un año antes. Cháchara amable, desbocada y en cascada, pero con mirada atenta e inclusiva. Ya si eso nos vemos luego, dijo, y si no, nos llamamos y nos buscamos. 
Horas más tarde, nos encontramos sin necesidad de llamarnos, y sin buscarnos. Ya no estaba tan sobrio, sí mucho más cariñoso, sin llegar a ser baboso. Nosotros vamos aquí, ah, pues nosotras íbamos allá, pues luego nos llamamos y si no, nos buscamos, dijo otra vez. 
Horas más tarde (las horas en el barrio húmedo vuelan y empapan) nos buscamos y no nos encontramos. Nos llamamos y no nos localizamos. Hasta que, ya sin buscarlo, de nuevo nos topamos. 

Al rededor de CpuntoSpunto pasan muchas cosas, y eso era justo lo que a nosotros nos hacía falta en ese preciso momento: que pasaran cosas. 
A partir de ahí la noche se transformó en una sucesión de capítulos a cuál más disparatado, cada tanto trufados con desternillantes flabacks al pasado universitario de los protagonistas: CpuntoSpunto y mi Pro, que hicieron desfilar ante mí a sus secuaces pintamonas, gentes amigas de maquetas, volúmenes, caballetes y disolventes. Cada uno iba prologando al otro en la introducción de los diversos saltitos temporales, hasta que la visita narrativa al pasado se veía interrumpida por un baile frenético, la aparición estelar de algún admirador de CpuntoSpunto, o un suceso disparatado de los muchos que acontecieron esa noche. Sí, puede que este párrafo resulte confuso, la noche, por momentos, lo fue, pero tan divetida...

Con las mangas de su chaqueta de lana y con su frente despejada, CpuntoSpunto limpió las barras de algunos bares. Por dos veces tratamos de recomponerle y vestirle para meterle en un taxi rumbo a su cama. Pero CpuntoSpunto es capaz de pasar de la seminconsciencia a la plena lucidez como un Ferrari, de cero a cien en tres segundos.
Una vez recompuesto incluso fue capaz de socorrer y sermonear a unos jovenzuelos al borde del coma etílico, llamar al 112 y hacerles jurar que aprenderían de la experiencia; para volcar de nuevo él mismo en la barra del siguiente local.

Lo mismito, lo mismito este estudio que aquél, maaadrededios.
También trató de sacudirle las pelusas de los pantalones a algunas féminas; CpuntoSpunto, no me toques el culo, hubo que decirle en un par de ocasiones. Pero como es un tipo carismático, bailoteó con el mismo entusiasmo a cincuentonas peliteñidas fans de los Quijano que a jovezuelas perreantes vestidas con tops imposibles en el enero leones. Porque CpuntoSpunto las baila, eso es así.

CpuntoSpunto es un ser mítico, mitiquísimo. Pero de los de verdad, por eso me permito esta licencia lingüística que a mi Pro exaspera.

Siento no ser más excelsa en mi crónica, pero a CpuntoSpunto hay que vivirlo en carnes propias, y gracias a la reina recia del barrio del MUSAC y a mi Pro, hoy puedo jactarme de que yo salí una noche con CpuntoSpunto
No descarto repetir. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Canciones que me hacen llorar I. Redemption song



Corría el verano del 2003 cuando, cual trío de telmayluises, nos lanzamos a la carretera. 
Era mi segunda incursión a las playas gaditanas en ese verano, llevaba el corazón hecho trizas y el firme propósito de recomponerme aunque fuera al borde de un barranco. 
Un noche me vestí de amarillo chillón, que en verano, como soy negra, me sienta bien. No tenía ninguna gana de pasar desapercibida. 
Pero llegamos demasiado pronto al chiringuito y, en lugar de la tralla electrónica que yo esperaba como agua de mayo, nos topamos con un concierto de reggae dulzón. Allí nos plantamos, en la arena frente a la Gata, ese lugar habitado por artistas de medio y pelo entero, jipis de postal y pandillas de veraneantes que se creían lo uno o lo otro. Y algún colgao, claro.
Allí estábamos las tres, bailoteando el conciertito, yo con mi camiseta de rejilla amarilla (que no era mía, que me la dejó Lucía), cuando, de pronto, sonó esta canción. Y, entonces se abrieron todas las compuertas del pantano de mi pena, y me puse a llorar como una niña, con mocos, hipo, tembleque y babas. Y quise volverme invisible, pero no podía porque estaba en medio de una multitud y además llevaba una camiseta amarilla. 
Justo a mi lado había un tío muy muy alto, que sale mucho en televisión y no parece tan alto. Claro, me miró y antes compadecerse, quiso saber, porque segundos antes me había visto: radiante, morena, contenta y vestida de amarillo. El pobre trató de ser afable, me tocó el brazo con delicadeza y me dijo -¿qué te pasa?, ¿no te gusta la canción?. Y yo, me zafé de su mano y, como una niña tonta le contesté -Cállate, gilipollas. El pobre se lo tomó bien.
Pero el dios de los rastafaris me castigó cumpliendo mi deseo, y me convirtió en invisible para el resto de la noche. Por eso cuando se cerraron las compuertas y se me pasó la pena, no conseguí que me mirara el batería de 7 notas 7 colores, que hacía de dj esa noche, llevaba una sudadera roja de capucha como la de Ellen Page (la sigo queriendo), era muy alto, muy rubio y con cara de bruto. Y mira que lo intenté, hasta el amanecer.
Y esto es todo lo que tengo que decir al respecto.
La canción en cuestión también me hace acordarme de la peli de La playa. Sigo pensando que, si en lugar de protagonizarla un inmaduro Di Caprio, la hubiera hecho Brad Pitt, que hacía de loquito como nadie, hubiera sido un peliculón. Aun así la peli me gusta, la canción también. Y ya no me hace llorar.
Pero quién sabe cuándo, por sorpresa, se abrirá la compuerta del pantano de la pena. Mejor no te pille cerca, amigo, ya lo sabes, me pongo muy desagradable.
Esta canción le gusta a mi padre, claro que sí.

martes, 8 de diciembre de 2015

Conclusiones tras la senda del oso.


Que soy más simpática cuesta abajo, pero te quiero más cuesta arriba. O al revés. O yo qué se.



Que las ruedas y los pedales están muy bien, pero mis piernas y mis pies son un milagro. Las tuyas también.

Que qué rica una solana cuesta abajo, y qué rico un sombrío cuesta arriba.



Que al final del túnel se ve la luz, si es que al final de túnel hay luz.

Que me veo perfectamente capaz de afrontar un parto a pelo; pero infringirse autosufrimiento, como me parece que implica el deporte, no va conmigo. No señor.

Que no es lo mismo un camino circular que uno de ida y vuelta, quién sabe de cuál de ellos será ésta vida. Qué vida ésta.

Que un punto de apoyo da seguridad pero, en ocasiones, es un lastre.

Y que qué rico sabe un cacho pan en el campo, coño.


lunes, 30 de noviembre de 2015

Tareas pendientes.


- ir a pagar la multa. 
- devolverte el disco que me prestaste. 
- rectificar la factura pendiente. 
- recoger las últimas manzanas. 
- quitarme el esmalte de las uñas.
- pedir hora para el dentista. 
- guardar los zapatos de verano. 
- preguntar si por fin trajeron de mi talla. 
- llevarle los tuper a mi suegra. 
- empezar a escribir el artículo. 
- terminar de rematar un cuento.
- comprar ajos y lejía.  
- empezar una rutina facial. La que sea. 
- devolver los libros a la biblioteca.
- contestar por fin a tu pregunta. 
- mirar cuando acaba el plazo de esa convocatoria. 
- llamar para preguntar qué tal su padre.
- coser el botón. 
- cambiarle la pila al reloj.  
- contestar ese correo. 
- decirte cuánto te quiero. 

jueves, 26 de noviembre de 2015

Quiero.


Quiero:
No tener frío en los pies. 
Volver a Nueva York. 
Tocar la pandereta hasta que se me olvide contar los golpes. 
Un abrazo, al menos mensual, de más de 20 segundos. Casi me da igual quién me lo de.
Madrugar para ir a trabajar. Casi todos los días.
Verte reír, a carcajadas si puede ser. Ya ti también.
Que no se me pasen las ganas de bailar. 
Cumplir el único sueño tangible que tengo, de una puta vez. 
Que la furia no me vuelva a agriar el caldo, y que no se me pase el arroz, ya sabes, si tengo que elegir, lo prefiero un poco duro.
Descubrir música nueva que me acelere el corazón. Y libros. Y una peli que me deje vuelta del revés.
Hacerme traslúcida para poder ocultar mis entrañas sin pasar desapercibida. Es harto complicado, ya lo se.
Hablar de gilipolleces hasta el amanecer. De esto me conformo con una vez al trimestre.
Pintarme los labios de rojo, aunque no me acabe de quitar el bigote inmediatamente antes. 
No tener que pasarme dos días dando vueltas a una mesa porque no encuentro mi lugar. 
Encontrar mi lugar y, si me da la gana, cambiarlo. 
Eso quiero. 
Eso quiero hoy. Ya veré lo que quiero mañana. 



lunes, 23 de noviembre de 2015

Vasos comunicantes II

Y, claro, yo ya no puedo decir "vasos comunicantes" sin acordarme de éstos.
Mira que eran divertidos. Y, además, decían muchas cosas, contaban historias y, lo mejor de todo: se entendía lo que decían.



Todavía hoy topo con situaciones que me traen algunas de sus expresiones, que enseguida se me hicieron recurrentes.
Mira, que siguen gustando. Creo que a mi padre no.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Vasos comunicantes I

Me  cuesta establecer categorías estancas de algunas cosas: de los pecados capitales. De las emociones. Por poner algún ejemplo.

Desde que leí que el hueso de la frente es poroso para que pueda entrar la luz, creo firmemente en la permeabilidad de casi todas las cosas. Y eso que lo del hueso ese no me acaba de convencer, la verdad.

Esta creencia, la de la permeabilidad de las cosas, me permite dar cuenta de algunos fenómenos que me pasan por el cuerpo y, sin embargo, me es preciso subir a la cabeza para transformarlos en concepto y poderlos escupir.

Por poner algún ejemplo: hay cosas que me dan entre asco y pena, como los peces. O rabia y placer, como caer en la trampa zafia de un adulador.  

lunes, 9 de noviembre de 2015

Canciones que no le gustan a mi padre. La Mala Rodriguez.



Corría el 2003. Ella cantaba como el culo pero le sobraba actitud.
Sus colaboradores tenían infinitamente más flow que ella, pero ella estaba muy buena.
El disco sonaba perro y malo, las letras no se entendían pero yo me las aprendí todas.
Me acompañó en largos viajes a Zaragoza, y algunas canciones me recuerdan cosas, a parte de las horas intentando aparcar por las inmediaciones del hotel Romareda y las obras del AVE colapsado la cuidad. 

Por supuesto el exitazo fue Tengo lo que tú quieres. A todas las chicas nos gustaba, muchas quisimos despelotarnos a su son emulando a Paz Vega en Lucía y el sexo, con esa faldita tannn mona. Pero a mí siempre me recordará a una noche de fiesta en Salamanca, en la que vi como una pareja de gaditanos se miraba con una complicidad que echaba chispas y me hizo rabiar de envidia. Ya ves. Esos dos creo que hoy todavía se quieren. 
También me recuerda a otra mala a la que, cuando se encabronaba, le daba por limpiar. Mi marido se sigue preguntando por ella, la mala de Gamonal. 
Me recuerda a los locos años de mi hermana cuando estudiante. Y aquél concierto en Segovia donde ella, la Mala María, estuvo horrorosa y, de nuevo, le levantaron el bolo los colaboradores. En particular una negra diminuta que no se quitó la capucha en todo el concierto y bailaba como los ángeles. No pude dejar de mirarla. Hay que ver, lo que me gusta una capucha, oye. 
Esta canción, creo, no le gustará a mi padre.

martes, 3 de noviembre de 2015

Canciones que le gustan a mi padre.



Pues, por lo que se ve, esto va de saber distinguir para poder decidir, cambiar cosas tibias por huracanes, papeles secundarios, darse de cabezazos y eso. Y de salir corriendo total, pa qué, pa toparse con los mismos miedos de siempre. 
Que me parece un temazo de todos los tiempos, que la versión de Corizonas es morrocotuda y un orgullo patrio, si es que tal cosa existe; y que a mi padre le encanta y eso siempre es garantía.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Qué cosa el amor. Y qué cosa las fresas salvajes.

Me piden que escriba sobre el amor. No aquí, claro, en otro sitio. Y me pone contenta. No que sea sobre el amor, eso no especialmente.

Y es que, vaya tela, sobre el amor, nada menos.
Tendemos a pensar que es una cosa muy grande, el motor de universo y todas esas mierdas. Pero hoy se me ocurre que es más bien la consecuencia de cosas muy pequeñas que estallan a lo grande; o que, al menos, ahí está el germen de lo que entendemos por amor, así convencionalmente. 

Hoy no tengo ninguna gana de pensar en el amor en términos filosóficos, ni biológicos, ni tampoco culturales. No hablaré, hoy al menos, de las diversas clases de amor en función de sus múltiples sujetos y cuáles sean sus parentescos o ausencia de estos entre ellos. Ni mucho menos me apetece hacer reflexiones sobre el amor de pareja heterosexual, monógama y todo eso que terminará puliéndonos como especie. Ni me voy a cagar en el mito del amor romántico que va dejando cadáveres a su paso.
Así que me dispongo a divagar, que para eso estoy en mi casa y en chándal. Ya cuando vaya de visita me pondré el traje de domingos si es menester.

Entonces, así en chándal como estoy, me acuerdo de las fresas salvajes esas que crecen en un rincón de mi jardín, sin que las riegue nadie ni nada. Que de tantísimo sabor que tienen parecen artificiales y te hacen entrar en delirio, aunque sea sólo por un instante.

Sin entusiasmarme especialmente las fresas, me gustan estas fresas salvajes diminutas, que parece que no están maduras y, cuando te las metes en la boca no sabes si serán ácidas, dulces o pelín amargas. Y que, siendo cualquiera de las tres cosas o las tres a la vez, te pueden hacer entrar en éxtasis fugaz o dejarte indiferente.
Si te dejan indiferente, pues a otra cosa, mariposa. Hay más rincones en mi jardín.
Pero si entras en éxtasis, pueden suceder dos cosas: que quieras comerte otra inmediatamente, o que te quedes remoloneando en la sensación.
Si te quedas remoloneando en la sensación (mola mucho si no eres de carácter ansioso) pues mira qué bien, qué suerte la tuya, oye.
Pero si eres pelín compulsivo y decides comerte otra, pueden suceder dos cosas: que el sabor no sea ni parecido y la nueva te resulte de todo punto insulsa, o que de nuevo se produzca el estallido.
Si resulta que es insulsa, puedes retroceder un párrafo y vuelta a empezar, o entrar en casa y olvidarte de las fresas salvajes por un tiempo.
Pero si de nuevo se produce el estallido... es raro que se produzca tan seguido, la verdad. Pero si sucede, ay si sucede, puedes entrar en compulsión y acabar con la mata entera, de modo que lo que fue éxtasis se convierta en un estar a gusto tibio que nada tiene que ver con explosiones.

Y es que, al parecer, hay tiempo para todo: para estallidos y para emociones templadas. Qué tienen que ver ambas cosas con el amor, y qué demonios sea esto último, ya lo hablaremos otro día.
Que yo ahora voy a salir a husmear en la mata, que lo que me pide el cuerpo es un buen estallido, y me da igual que no tenga nada que ver con el amor. Cómo si no voy a acumular experiencias para escribir eso que me han pedido. Y no pienso contarles si me voy a dar un atracón o me quedaré remoloneando sensaciones. En cualquier caso, la mata es muy pequeña, tampoco da para tanto, oiga.


Notas:
Sí, hay un homenaje entre líneas a Cuando nace un monstruo. ¿No es acaso el amor una cosa monstruosa que, en ocasiones, se agazapa debajo de tu cama?
Ya se, ya se, el chándal le da miseria al alma, ahorita mismo me arreglo un poco.


lunes, 26 de octubre de 2015

Algún día mis ojos encenderán luciérnagas. Siempre Gioconda Belli.

Collage obra de Mariano Percinetti.




Estoy viva
como fruta madura
dueña ya de inviernos y veranos,
abuela de los pájaros,
tejedora del viento navegante.
No se ha educado aún mi corazón
y, niña, tiemblo en los atardeceres,
me deslumbran el verde, las marimbas
y el ruido de la lluvia
hermanándose con mi húmedo vientre,
cuando todo es más suave y luminoso.
Crezco y no aprendo a crecer,
no me desilusiono,
ni me vuelvo mujer envuelta en velos,
descreída de todo, lamentando su suerte.
No. Con cada día, se me nacen los ojos del asombro,
de la tierra parida,
el canto de los pueblos,
los brazos del obrero construyendo,
la mujer vendedora con su ramo de hijos,
los chavalos alegres marchando hacia el colegio.
Si.
Es verdad que a ratos estoy triste
y salgo a los caminos,
suelta como mi pelo,
y lloro por las cosas más dulces y más tiernas
y atesoro recuerdos
brotando entre mis huesos
y soy una infinita espiral que se retuerce
entre lunas y soles,
avanzando en los días,
desenrollando el tiempo
con miedo o desparpajo,
desenvainando estrellas
para subir más alto, más arriba,
dándole caza al aire,
gozándome en el ser que me sustenta,
en la eterna marea de flujos y reflujos
que mueve el universo
y que impulsa los giros redondos de la tierra.
Soy la mujer que piensa.
Algún día
mis ojos
encenderán luciérnagas.
Gioconda Belli

martes, 20 de octubre de 2015

Lily Allen tiene miedo. Yo, de momento, no. Algunas reflexiones sin ton ni son.





Plastic rima con fantastic. Pero eso ya lo sabíamos, que sí.

En este momento que me ha tocado, o que me he buscado, sólo ficción y mucho volumen redimen. Y tampoco del todo, no te creas.

Tener una cara anodina no importa si sabes poner cara de colgada y posees un culamen como el de la Allen.

Esta debe ser la caravana con la que Sara soñaba el invierno pasado.

Inspirar ternura me da un poco de repelús o mucho por el saco, no termino de tenerlo claro, ya ves.

No me gusta ir de compras acompañada. No me gusta ir de compras. El vestido de la Allen me mola ¿me quedaría bien?

Lo de soltar la hoja este otoño me está costando más que al chopo de detrás de mi casa, que no caduca ni patrás.

Que ya lo se, que esto no tiene ton ni son, pero sigue siendo mi casa y escribo lo que me da la gana. Faltaría más.




jueves, 8 de octubre de 2015

Barra libre, vente,vente...



Barra libre.
Quiero barra libre de besos, y de versos.
Que toques la guitarra o el bajo o lo que te de la gana hasta que te duelan los dedos.
Y que me cuentes todo lo que sepas, y que te inventes cosas también.
Y pasear contigo paseos viejos, tropezar por los caminos y preguntarnos quién coño pinta de blanco las mierdas de los perros en los parques.
Que nos pille la tormenta y que se nos mojen las carpetas, cogernos una pulmonía y sudar juntos el catarro después. 
Y que se entere todo el mundo, y al que no se entere se lo hacemos saber.
Y que todo se nos olvide pero nos deje huella en la piel.
Eso quiero.
Y quiero que lo quieras tu también, veinte veces después. 

domingo, 4 de octubre de 2015

Agujeros negros.


En sueños todo el mundo entiende lo que es un agujero negro, incluso sabemos cómo funciona. 
Algunos, además, somos capaces de pasearnos por la línea esa de no retorno, y volver.
Despiertos a veces querríamos que se nos tragara uno, y convertirnos en un punto de densidad infinita y dimensión cero, o como coño sea eso, que ahora estoy despierta y, mira, no entiendo nada.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Atrapada en un episodio.

Pues que dice Milan Kundera que la vida está repleta de episodios como un colchón lo está de lana, pero que el escritor (según Aristóteles) no es un tapicero y debe eliminar todos los rellenos de la historia, aunque la vida real no se componga en realidad más que de rellenos como éste.



Y yo me pregunto qué sucede cuando una se queda atrapada en un episodio de esos. 
¿Os ha pasado? Que en medio de lo relevante de la vida te sorprendes rememorando en bucle ese episodio de relleno de lana, y ya no sabes salir. Lo repasas como una peli de vhs, una y otra vez, recreando palabras y movimientos, olores, la luz...
Te has quedao pillao chaval, eso es. 
Y ¿qué será lo que hace que un relleno de lana se hinche y se transforme, se haga relevante? 
O será eso lo que les pasa a los chalaos, que se les hincha la lana.
Que te has quedao pillao chaval.  

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Take a walk on the wild side, ey sugar.



El lado salvaje. Ay, el lado salvaje.
Hoy echo mucho de menos a mi excoblogera. Bueno, la echo mucho de menos muchas veces. Pero hoy, con este día que hace, pues me acuerdo. De ella, de Lou Reed, del lado salvaje y sus matorrales, del miedo, de Las edades de Lulu.

De mi excobloguera, por eso, porque me acuerdo muchos días y hoy también. Y de Lou Reed porque me gusta corear esta canción apretada entre las chatis, haciendo como que somos neoyorkinas y estamos muuuy colgadas; mientras Gerardo el alto, que tiene mucha gracia, canta, mi marido desgrana el bajo y Tony Diamante dirige la orquesta. Pasa pocas veces, pero cuando sucede es glorioso, aunque solo sea un ensayo. Quién lo ha visto lo sabe.

Y entonces me acuerdo también del día en que me dí cuenta de lo indiscreto del interné. Y no escarmiento.
Pues resulta que cerraban un cine mítico en la ciudad, para abrir un casino de mierda, ya ves. Y se generó un movimiento de gente que, de forma espontánea, dejó comentarios en la red sobre sus experiencias en ese cine. Y yo, que tengo alma de exhibicionista, me vine arriba y me lancé. 
Y conté cómo corría el verano de 1990, cuando a eso de las 4 de la tarde, con un calor de justicia, cuatro púberes de sexos alternos nos colamos en ese cine. Subimos a la parte de arriba y devoramos la peli de Bigas Luna basada en la novela de la Grandes. Alguno la devoramos también con las manos, amparados por la oscuridad. Desde entonces las manos son mi órgano sexual preferido, las propias y las ajenas; y no puedo dejar de escuchar la canción de Lou Reed sin imaginarme que soy una neoyorkina muy colgada o la pélvis de Francesca Neri contra un colchón apoyado en la pared. O las dos cosas a la vez. 

Unos días más tarde, a algún redactor del Norte de Castilla le pareció un bonito homenaje a la extinta sala de cine rescatar esos comentarios y publicarlos en la edición impresa del periódico, a la cual mi madre está suscrita y cuya lectura no perdona. Al día siguiente me encontré el recorte de periódico con mi nombre y apellido encima de la mesa de la cocina.
Todavía no se si mi madre sintió orgullo o vergüenza. O las dos cosas a la vez.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Es mi cumpleaños.

Es mi cumpleaños y, aunque sé que no funciona (ya lo he probado) porque esto nadie lo lee, me dispongo a pedir.

Sigo queriendo lo mismo que el año pasado. Aunque bueno, no se.

Como esta, sí.
Como novedad, quiero una sudadera de capucha roja, como la que gasta Hellen Page en Hard Candy. Venga, no es tan difícil este año, ya ves.

Y es que toca tregua, te dejo que te tomes tu tiempo. Porque, lo advierto, el año que viene cumplo 40 y, como soy bastante hortera, quiero la fiesta sorpresa de rigor. Como una boda, quiero que sea como una boda.

Venga, no hace falta que sea sorpresa, si quieres te ayudo a prepararla, pero quiero que contenga sorpresas, no confundir con sustos, que esos me sientan fatal. 
Mira, esto es como quién fantasea con su funeral, luego tu ya haces lo que te de la gana.
Me gustaría la Orquesta Diamante, en Robladillo sin padres ni hijos. Me vale también el aeródromo de Matilla o cualquier bar de la ciudad. Ya se que es imposible convencer a Tony Diamante, pero es mi fantasía, qué más da.
Quiero a todas mis chatis, y que vengan contentas y sin preñar. Un par de miembros, mínimo, de cada pandilla con la que me he divertido en los últimos 3 años. Y algunos dignos de mención como los profesores chiflados, venga, que hace mucho que no les veo. Me gustaría Alexia la de Vigo, y la prima Raquel. Que nadie tenga prisa y que vengan con mucha sed. Quiero algún protoamigo y algún viejo desconocido. A mis cuñadas, por supuesto, a pleno rendimiento, y a su amiga Martuki también. Y si vienen Martas, que vengan también las de Viana. Y a mis primos hermanos, cuantos puedas encontrar.
Quiero un power point con fotos mías, a ver si tienes huevos de encontrar más de 10. Y que la música sea todo el rato de mi gusto, de la de cantar y bailar. Y emocionarme pero que no llore, coño.

Y, además, quiero lo mismo y el mismo día para mi hermana. Así compartimos amigos, y fotos y canciones, aunque las suyas sean de modernos y las mías más de berrear. 
Que cumplimos con 7 días de diferencia y nunca hemos celebrado un cumple juntas.

Pero no te agobies, eh, que esto es para el año que viene. Que este año me conformo con la sudadera de la Page; no hace falta ni que hagas planes, que ya si eso me los busco yo.

martes, 15 de septiembre de 2015

Mantas y espuma. Ya rugirá el río..

Reparar el día con espuma y agua caliente. Sepultar el frío y la noche bajo las mantas. 
Madrugar, instaurar nuevas rutinas que enseguida se hacen viejas. Ver pasar los días hasta abrazar el viernes, mientras las hojas caen y languidece el jardín. Así hasta que llegue el invierno.
Entonces el recuerdo del verano se empaña y se transforma en anhelo. 
Los secretos se enquistan de puertas adentro y en la calle la niebla lo vela todo. La piel se adormece bajo la ropa, los contornos de los cuerpos caen en el olvido. El dorado se vuelve pardo tendente al gris, será que se está fraguando el verde.
Menos mal que allí abajo el río no tardará en rugir enfervorecido, para recordarnos que estamos vivos.


lunes, 14 de septiembre de 2015

Rolling in the deep, vas a morder el polvo.



Que no hombre, que no se puede todo, aunque en algún momento te lo parezca. El corazón bien guardadito en el propio pecho, nada de dejarlo en manos de nadie.
Sube los bass de tu equipo, más volumen e intenta cantar como ésta hasta desgañitarte. Que dice que no tiene una historia que contar pero cuidadito con ella, eh, que parece que muerde.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Vamos a engañarnos.



Mira, que no lo puedo evitar. Soy un poquito hortera y bastante moñas. Esto me gusta, porque me gusta y por a quién le gusta.
El año pasado me llevaron de la forma más inesperada a verles y, la verdad, flipé. Solo me arrepiento de no haber arrasado con el merchandaising.
Si no das crédito, prueba con La chica del batxoki o Morirse en Bilbao. Menos mal que no somos vascas, porque hay vicio en el ambiente, eso es así.

lunes, 31 de agosto de 2015

Es una mierda el deseo a veces.

Lo más duro no es rastrear olores como una perra. Ni escuchar compulsivamente esa canción. El gusto amargo en el paladar que distorsiona el sabor de tus guisos, ni las intermitentes ganas de reír y llorar (reír cuando te acuerdas; llorar, sabes que no será)

Lo peor no es ese nudo entre pecho y garganta, al galope entre la náusea y la falta de respiración. 

El muslo de Prosepina: deseo y mármol.
Tampoco es lo peor, y es malo, muy, muy malo, desear tanto una piel ajena que al deshacerte de ella se te desgarra la propia. 

No. Lo más brutal es el extrañamiento. 
Todo es raro. Todo insípido. Nada suficiente. Ni tu nombre suena a tuyo si no es de su voz. Tras la intensidad y el calor extremo no valen tibezas. Las conversaciones cotidianas con los compañeros, que eran la sal del día, te aburren, te suenan como un eco lejano al que asientes sin sentir. Al acabar la jornada no te encuentras en tu libro, ni en tu tele, y en tu paseo no sabes dónde ir.
No sabes qué hacías antes, se te hacen largos los días. No digamos las noches. No te hallas ni en tus carnes.

Y dicen que el extrañamiento es bueno para la poesía, será por eso que la angustia la alimenta. Ésta angustia en concreto ha dado muchos versos.

Luego se disipa, no te creas, y lo que parecía inabarcable se queda en nada. Todo lo intenso se diluye, el ardor se paga. Pero si te ha pasado, te acuerdas. Es una mierda muy grande el deseo a veces, ya ves.

Los últimos días del verano

Son bien raros los últimos días del verano, sí. Dice la Selgas que no le gustan un pelo, a mi pues no lo sé.
Los de este año me traen algunas conclusiones intrascendentes que, si bien seguramente no os interesen, como es mi casa y hablo de lo que quiero, a renglón seguido paso a enumerar:

Que las vecinas son necesarias y si se pudieran elegir no sería lo mismo.
Que el melocotonero no tiene término medio, se parece mucho a mi.
Que me gusta la fiesta mas que a un tonto un bolígrafo y perdí mi oportunidad de ir a Ortigueira hace años ya.
Que la belleza está en el interior, sí, pero que una piel dorada ayuda mucho.
Que no dormir no me sienta tan mal, y que a falta de noches en vela, como propósito de enmienda, sería bueno madrugar.
Que sigo sin ser capaz de establecer un orden de gravedad entre los pecados capitales, es más, empiezo a dudar de las propias categorías. Pero eso es post aparte, hay mucha harina en ese costal. 
Que gastarse 60 euros en depilarse o 160 en libros de texto es un despropósito sin igual.
Que echo de menos a mis cuñadas y mas que las voy a echar.
Que desde la Atalaya todo parece tener remedio y pesa menos la gravedad.
Que se está muy bien descalzo y las uñas a remojo crecen una barbaridad. 
Que una tormenta una tarde de agosto deja el mismo cuerpo que el final de un amor o un buen poema; pero que un día de sol a primeros de junio es la promesa de que todo está por estrenar.

El final del verano, de Stian Hole. Raruno y genial.
Que ya no me queda otra que escuchar a mi puta intuición, que como dice la sabia Manzanera es lo único que tengo. Ahora solo resta decidir si es para hacerle caso o para llevarle la contraria, ya ves, lo mismo será.





miércoles, 19 de agosto de 2015

Camping Camaleón

Alguien debería contar la historia de este lugar.

A veces la memoria está hecha de postales, postales sobre las que el tiempo se encarga de poner destellos dorados. 
Y en esta postal de mi memoria el destello era multicolor, como el de una gota de aceite de coche en un charco. En realidad, más que una postal, el recuerdo de este lugar era una bola psicodélica convertida en recuerdo esencial (sí, acabo de ver la peli, otro día cuento qué me parece). Y digo "era" porque he vuelto al lugar y, claro, el recuerdo ha cambiado. 
Es algo que me pasa mucho últimamente, ahora que de todo hace 20.

Contactamos con los que fueran nuestros gurús gaditanos, la conocida colonia freak del Puerto. Podría decir que están igual, pero no, tampoco. Siguen siendo aquellos personajes de cháchara infinita dotados de la misma habilidad para acuñar términos de entonces;  conservan intactas sus dotes magnéticas y arrolladoras, capaces de convencerte de casi todo, e idéntica despreocupación por los asuntos ajenos. Se les quiere y se les recuerda como a los personajes de tu serie de dibujos favorita. Merecen post aparte. 
Nos dijeron: id al Camaleón, que se vuelve a estar bien. No es que antaño estuviéramos mal, qué va, pero aquellos incautos que allí pasaron sus veranos ya no existen, nos los fuimos devorando a lo largo de estos 20 años. Cuántas veces hemos sacado la bola del recuerdo esencial y la hemos acariciado... En cada reunión de amigos, en cada sesión de anécdotas y batallitas: la música, la indumentaria, pandillas imposibles, escenas disparatas y cosas muy pequeñas que estallaban a lo grande.
 
Y de tanto acariciar la bola se confunden realidad y ficción. Eso sí que se me da bien amigos (y no me refiero a acariciar bolas o tocar las pelotas, que también): poseo memoria prodigiosa para las chorradas minúsculas y tremenda facilidad para fusionar fantasía y realidad. Bueno, así se forjan los recuerdos ¿no?, no se qué pensarán al respecto los guionistas de la peli esa que vi ayer. 

El caso es que al atravesar el umbral del camping acompañada de mis cachorros se me pusieron los pelos de punta. Todos los pelos. 
Me parecía imposible que aquello estuviera idéntico a la impresión en mi memoria y, a la vez, tan distinto. No se, era como si le hubieran pasado una manguera a presión para eliminar la mugre y la locura. La postal de mi memoria cobraba relieve y, al abultarse, la luz se hacía distinta. Todo distinto. Pero todo lo mismo. Como si fuera el escenario de la peli de mi vida en el que, de pronto, entran a escena los personajes del futuro con los que tanto fantaseamos en aquella misma pradera. Nosotros eramos los personajes. Todo muy loco. Pasado y futuro fundiendose en uno, y yo allí, de espectadora y protagonista a la vez, con un churumbel de cada mano. El pequeño me soltó y vi en sus ojos un asombro muy parecido al mío cuando, como ahora él, eché a andar por la pradera y me puse bajo la claraboya del Camaleón por primera vez.  


El lugar es magnético, lo era y lo es. He podido recorrerlo de nuevo, con los ojos 20 años mas viejos, y comprobar cuán fantástica en todos los sentidos es mi memoria. Recordaba las piedras sueltas de la escalera, el desnivel del césped, la vegetación de la claraboya... aquella claraboya, el encanto soberbio de los camareros. Y de cada rincón una escena, una música, un personaje, una conversación con pelos y señales. Os juro que me acuerdo de todo.

Y al salir de allí las aceras estrechas. Las escaleras a la playa con sus guardianes apostados en ellas, las pieles doradas de sol y polvo. Y esa playa, a la que nuca fuimos a una hora decente pero tanto disfrutamos; ese agua que amanecía con un brillo sobrenatural, y esa arena poblada por minúsculas criaturas. 

Podría contaros la historia del jipi que en lugar de perro tenía una oca guardiana, a la que no había cristo que se acercara porque daba más miedo que un pitbul.
O la del cani que en la rave del párking perdió el pircing del pezón y buscaba una tirita para pegárselo.
La de los dos piesnegros que se mordían las crestas una mañana mientras se revolcaban por el suelo farfullando vete a saber qué.
La historia de los pescadores que nos regalaron litro y medio de gazpacho y nos salvaron de la deshidratación. 
La de aquella chica a la que una noche, de puro contento, se le pusieron las piernas y la entrepierna de color azul. 
La del perro gigante que recogía en una bolsa sus propios excrementos de la pradera.
La de La Valen, que tenía una sombrilla del Betis y la barriga hinchada de tanto bajar al moro. 
Podría contar muchas historias. Algunas ya no se si ocurrieron de verdad.

Pero alguien debería contar la historia de ese lugar, que ya es mítico. 
Yo no puedo, ya ves que no soy capaz de quitarme de en medio, me hago un lío, tendría que contar la mía y ahora no tengo ganas. 

Dicen que no hay que volver a los lugares donde se ha sido feliz. Yo que se. El caso es que ese sitio parece haber crecido con nosotros. Lo gozamos entonces y ahora nos acoge con un ambiente ideal. 

Otro día si acaso os hago una reseña del lugar, así estilo guía de viajes, y os hablo de los exquisitos desayunos, del trato impecable del personal con el que, al estilo Dirty Dancing, todos queremos bailar; de la sombra generosa y del ambiente agradablilisimo de los conciertos al anochecer. 
En el parking ha vuelto a crecer la vegetación y hay camaleones en los árboles de nuevo. En el supermercado, en lugar de botellón, venden productos groumet y están prohibidos los perros y los bongos. 
Como dijo la chica de las piernas azules al enterarse de en qué se ha convertido el escenario de nuestros delirios juveniles: si no puedes con el enemigo, siéntalo en una terraza y ponle unas velas. 



lunes, 3 de agosto de 2015

Cosas que ando buscando


Un buen tatuador.
Una piscina natural en el sur de Salamanca. 
Unos pendientes de aro. 
Un alquiler barato en el barrio. 
Un editor. 
Un trabajo digno y remunerado. 
Una playa nudista que esté de la mitad para abajo de Portugal. 
Unos vaqueros que me sienten bien. 
Una novela que pese poco y me sea deliciosa. 
Una receta para dar salida a las berenjenas del huerto.
Un elixir que alimente mi paciencia. Y, ya puestos, otro que mitigue mi mal humor. 
Un lugar donde celebrar a lo grande mi cumpleaños. 
Unas pinzas de depilar que sustituyan a las viejas. 
Una canción que me quite esta que no se me va de la cabeza. 
Un producto milagro para limpiar la grasa de la campana de la cocina. 
Una razón, o dos, para no meterme en la boca del lobo. 

Sugerencias, por privado. 
Gracias. 





lunes, 6 de julio de 2015

Es verano. Un post sin pies ni cabeza.

Hay que lavar menos calcetines. Y, por consiguiente, tampoco hay que tenderlos, ni doblarlos, ni mucho menos emparejarlos.
El tinto de verano sabe más rico. No quiere decir que en invierno me sepa malo, que va.
Pero también me gustan las cervezas casi heladas. Y descubrir cosas idiotas y que dan mucha risa como el punto glasssial.
Madrugo menos, trasnocho más.
Puedo dormir tapada y con la ventana abierta, a pesar de los malditos mosquitos. Y andar con poca ropa o sin ropa. Yo y mis criaturitas, que se visten solo de vez en cuando y cuando lo hacen no tardan ni un pis pas.
Me gusta dar palmadas con la chancleta en la planta del pie. Y tengo que darme crema, mucha crema, y me brilla la piel.
Mi madre hace tortilla de patata casi todos los días. Hay que dar salida al calabacín y a los huevos de la vecina.
Puedo trincarme tres temporadas seguidas de una serie cualquiera. O pasarme la noche y parte de la mañana (lo mejor es la mañana) tratando de conectar cuerpo y alma en un sitio con mucho ruido pero al aire libre. Y si no se puede, por lo menos, fantasear con volver a hacerlo otra vez.
Me encanta el generoso y poco exigente frambueso de mi jardín. Y sus frambuesas, claro. Los paseos a la Atalaya al caer la tarde, también.
Leer una novela malísima, y luego otra muy buena.
Toca celebrar el aniversario de la desaparición de Elvis con los locos del Little Graceland. E, indefectible y gustosamente, ponerme morada. También me pongo morada de pimientos del Padrón.
Tardo muchos días en lavarme el pelo, por eso me salen los moños tan bien.
Y comer helados. Y hacer planes con mis amigas, aunque luego no se puedan realizar.
Y recibir visitas en mi casa, que luego en invierno nadie quiere venir. Y hacer visitas yo también.
Y creerme fan de la orquesta Nueva Alaska, y beber pacharán con hielo, y bailar la canción del verano encadenada bar tras bar. Y aburrirme como una mona en el encierro.
Y que me piquen horrores los empeines de los pies, y rascarme hasta hacerme sangre. Y los mosquitos, otra vez los putos mosquitos. Y echar de menos los vaqueros y los jerseis, y las botas de invierno. Y la mierda que echan por la tele. Y empezar el turno de comidas a la 1 y no terminarlo hasta las 5 o las 6.


Pero mi marido en bañador, y es verano y la vida es mu fácil.








martes, 2 de junio de 2015

Sinnernan.

Hoy me acordé de Carlota.
Carlota era mi amiga. Mi amiga de un poco antes de que me dejara de gustar tener amigas. Que luego volvió a gustarme, pero eso fue después y es otra historia.

Carlota era mi amiga. Y tenía una vida tan rara que yo no podía ni imaginármela. 
Nos gustaba subirnos al nogal después de comer, y hartarnos de nueces verdes hasta que nos dolía la barriga. Y nos gustaba prometernos cosas, cosas como que un si un día hacíamos algo mal nos lo diríamos. 
Una noche Carlota me contó un cuento de miedo. Era de mucho miedo. No era de esos de cuadros que hablan ni de pandillas de acampada con susto al final, no. Era de miedo de verdad. 
Era la historia de una niña a la que muchas veces le dijeron "vete a la mierda", tantas que un día decidió irse. Entonces le dijeron "no te vayas", pero ya era tarde. Se fue y no volvió. 
Era un cuento de mucho miedo, pero era un cuento, sin más. Ni menos.



Y me acordé porque, si tienes el demonio en el cuerpo como ésta, solo hace falta un empujoncito para abrazarte a el. O irte a la mierda, que para el caso debe ser parecido.
Power.

sábado, 16 de mayo de 2015

Detrás de mi casa.

Dice el cuento con el que siempre me presento que delante de mi casa hay un árbol. Y no es del todo mentira, no.

Delante de mi casa es obra de Marianne Dubuc.

Pero lo que es del todo cierto es que detrás de mi casa crece un chopo. Un chopo indómito, que cien veces fue talado y otras cien volvió a brotar. Y crece a pasos agigantados, obstinado.
Ahora mismo, desde el lugar donde escribo estas palabras, veo un reflejo en la pared. Sé a ciencia cierta que son las hojas del chopo, que las cimbrea el aire y ellas, graciosas, se dejan llevar, con el movimiento elegante de las cosas que no sirven para nada.


Pero si me concentro en el reflejo de la pared, me traslado al mar. Nunca viví en una casa a su orilla.
Me gusta el reflejo del chopo en mi pared. Soporto las pelusas, no entra en casa arena, ni sal.

lunes, 4 de mayo de 2015

Con los pies en la tierra y la cabeza en las nubes.


Una de las maravillosas criaturas de Óscar del Amo.
Hace dos años pedí soñar más y soñar más alto, estaba dispuesta a no volver a jugar si no se me lograba. Y un tío alto como un castillo me trajo las alas. 
Llevo mal las resacas. Se me hacen largas, muy largas. Serán los años, o las puertas abiertas, que hacen corriente. E instalarse durante 10 días en el cielo deja resaca, de las gordas. 
Me duele el cuerpo, que cruzar la dichosa cúpula 15 veces al día es deporte; que querer estar en todas partes es, además de imposible, muy cansado. Y casi lo consigo. 
Por eso hoy estoy un poco desdoblada y, como cada año, la sensación de vacío da un poco de vértigo: desdoblada porque quiero más, más de cielo y más de todo. Y desdoblada porque me harto de artistas y quiero salir corriendo. 
Se me han otorgado todos los caprichos: repetir de lo que nunca me sacio, sacarme espinitas, probar y llevarme sorpresas, elegir compañeros de juego, un público espléndido y agradecido que me hace estar orgullosa de los largos años de pico y pala, una compañera generosa (compañera de las de acompañar, acompañar en todo), noches locas, mañanas luminosas...
He disfrutado cada segundo como una perra salvaje y ahora toca volver a acomodarse en el suelo, que yo soy de tierra, lo tengo claro. 
Y, para que no me pase como a Ícaro o me parta la crisma durante el aterrizaje, así como dice él las cosas, a la chita callando, el hombre de negro me ha prometido una zanahoria para amortiguar la caída. Así que, una cosa te voy a decir: se te ven las alas por debajo de la gabardina negra, y no son de ángel precisamente. Quiero mi zanahoria, no te olvides, que ya estoy esperando. 

martes, 7 de abril de 2015

Cuadernos.

Acabar un cuaderno. Empezar otro. Acabar un cuaderno. 
Tratar de poner orden en el caos de los días, o intentar alborotar un poco la rigidez inflexible de las semanas. 
Atrapar lo volátil del mes, lo efímero de las estaciones. Fijar en la memoria del papel los años, para dejarlos caer en el olvido después
Acabar un cuaderno. Empezar otro. 

Sueños. Deseos. Pesadillas.

Creo que últimamente sueño mucho.
Pero como no me acuerdo de nada, a lo mejor se están cumpliendo mis sueños y no me estoy enterando.
No se.

The Dreamer Blue, by Choi Xoo Ang.
Y no me hagas leerlo en voz alta, que me da la risa.
En cualquier caso ¿son sueños y deseos la misma cosa? ¿Deseas lo que sueñas?, ¿sueñas con lo que deseas?
Ay, mira, no se.

Y ¿las pesadillas?, ¿se parecen a los deseos cumplidos?
A veces en los cuentos es así, y si no, mira la vieja esa que acabó con un pimiento por nariz.

Al respecto, un topicazo propio de dedicatoria en carpeta clasificadora de segundo de BUP: ten cuidado con lo que deseas, podría cumplirse (léase con voz ñoña y burlona). Y qué me dices de esta otra modalidad apestosa y moderna: si puedes soñarlo puedes hacerlo (véase en cartel escrito con jueguecitos tipográficos).

Pues yo sueño con lo que me da la gana, y si luego no quiero cumplirlo pues no lo cumplo. Y si deseo y se cumple, pues me aguanto, ya desearé otra cosa. Que para eso está la hierba más verde, siempre en el prado de al lado.




miércoles, 25 de marzo de 2015

Yo nunca.

Yo nunca he pintado un cuadro. Alice y Martin Provensen sí, este por ejemplo.

Nunca he hecho mayonesa. Bailarla sí, muchas veces.
Nunca he conducido a más de 160. A más de 150 tampoco, eh.
Nunca he jugado al pádel. Ni al tenis. Al badmintong sí. 
Nunca espero a que salga todo el café antes de retirar la cafetera del fuego, no me aguanto. 
Nunca he enmarcado un cuadro que haya pintado yo. Bueno, es que nunca he pintado un cuadro. 
Nunca soy la primera en marcharme, no me gusta ser la última en llegar. 
Nunca pongo la bolsa de basura nueva inmediatamente después de tirar la llena. 
Nunca me acuerdo de la edad exacta de mis padres, siempre me parecen tan jóvenes...
Nunca me han llevado a comisaría detenida. pero casi casi una vez. Casi me muero de rabia y de vergüenza
Nunca he dado un puñetazo, tampoco me lo han dado nunca a mí. 
Nunca me he hecho una limpieza de cutis, y mira que tengo ganas. 
Nunca he hecho un bautismo de buceo, ni he ido a un crucero. 
Nunca he comido ancas de rana. 
Nunca he llamado a un cerrajero.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Me acuerdo.

Me acuerdo de cuando mi padre me llevó a una ferretería y me dijo “te voy a comprar una cosa”. Me acuerdo de la ilusión, de la decepción y del orgullo, por ese orden. Me acuerdo cada vez que paso por una ferretería.
Me acuerdo de cuando me dijeron que mi hermana iba a nacer. Me acuerdo de mi madre y de mi abuela, mi padre y mi abuelo no sé si estaban o no. Me acuerdo de la voz de mi madre en mi oído, no de las palabras, sí de la voz. Y de la mirada acuosa de mi abuela. Y de mi loca felicidad.
Me acuerdo del frío la primera vez que fui a Cuenca. Y del abismo que allí descubrí.
Me acuerdo de lo que se veía por la ventana desde mi cama en casa de mis padres, de cada luz tras cada ventana del edificio de enfrente. Y de soñar, de soñar despierta.
Me acuerdo de los amaneceres químicos en las playas del sur. De las olas en nos pies, del vértigo y el escalofrío, del brillo del agua y del sol. Me acuerdo del gazpacho frío que una mañana me dio un pescador.

Me acuerdo de cosas imposibles.

miércoles, 11 de marzo de 2015

No me gusta.

No me gustan las verduras torneadas, ni hervidas sin más.
No me gusta levantarme de la cama.
No me gustan los peces, así en general.
No me gusta la grasa fría en el fregadero. No me gusta nada.
No me gusta no tener expectativas.
No me gusta matar moscas, no me gustan las moscas.
No me gustan los calcetines desparejados ni las carreras en las medias. No me gusta correr.
No me gusta meter la pata. No me gusta tener un nudo en la garganta.
No me gusta que se duerma en el sofá.
No me gusta la gente poco agradecida.
No me gustan las toallas mojadas ni el olor a humedad en los armarios.
No me gusta que me piquen los talones o la planta del pie.
No me gusta quejarme todo el rato.
No me gusta el papel muy muy blanco. No me gusta cortarme con un papel.
No me gusta la canela así, a diestro y siniestro.

No me gusta que no me miren cuando hablo, coño.

viernes, 6 de marzo de 2015

Una flor en el culo


Hay quién nace con una flor en el culo.
Pero como no se mira el culo, pues no se la ve.
Señoras, señores, mírense el culo, mírenselo.

Maravilloso Gianluca Foli.

Para tí JorgeRu, querido, que algunas mañanas me muestras las flores que tengo en el culo y tanto me haces reír.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Me gusta.


Me gusta la página en blanco, no me asusta. Me gusta el ruido de las teclas.
Me gustan los bolígrafos que pintan bien.
Me gustan las alcachofas, comerlas y beber agua después. Me gusta el regaliz. Me gusta beber con sed.
Me gusta terminar un cuaderno. Me gusta chupar el hueso de una aceituna hasta tres horas después.
Me gustan las manos, las mías y las ajenas, mucho.
Me gusta ver amanecer, de vez en cuando.
Me gustan los zapatos de tacón, no para ponérmelos. Me gusta la ropa de algodón.
Me gusta que me corten el pelo, y que digan qué guapa estoy.
Me gusta echar de menos a mi hermana y verla después. Me gusta cómo me abraza, cómo se ríe, y cómo me llama “hermanaaa”.
Me gusta trabajar en lo que me gusta.
Me gusta quedarme despierta mientras todos duermen.
Me gustan las pegatinas. Los cuadernos, los lápices, las pinturas, las gomas de borrar.
Me gusta hurgar en los cajones. Me gustan las cosas muy muy pequeñas.
Me gusta tener la comida lista cuando llegan a casa.
Me gusta que me de el sol en la espalda cuando tengo un poco de frío.
Me gusta llegar pronto a los sitios y esperar.
Me gusta estornudar.
Me gusta poderles consolar.


sábado, 28 de febrero de 2015

La plaza del Chinito o la arquitectura del mal.

El Chinito es un lugar concebido para el mal. Eso es así.
Nadie se cree que esa plaza fuera diseñada para ser escenario de actividades folclóricas ni nada parecido. Acaso para arañar votos en unas remotas elecciones municipales, eso sí.
Oficialmente se llama Plaza de la Cebada, ¿a que no lo sabías?, ni los muy del barrio como yo lo saben. Es la plaza del Chinito y se acabó. ¿Viste la fuente alguna vez funcionar?, yo sí, incluso muchas veces bebí. ¿Y el estanque lleno?, a no ser con agua de lluvia, yo nunca.


Está ubicada a las afueras de un barrio de bien, mi barrio. Pero hasta en los barrios de bien la gente necesita su espacio para hacer el mal. Eso también es así.

Hoy, que han pasado 20 años de casi todo, la realidad del barrio es distinta. Para empezar, lo que era "las afueras" ya no lo es. Proliferaron edificios y casas alrededor, y se hicieron barrios nuevos que, a pesar de ser vecinos, ya me resultan ajenos: tiendas con tenderos que no conozco, portales, calles anchas, gente que pasea perros y no me suena del instituto...
Además, los púberes que allí crecimos somos ahora padres de familia. Aprendimos a hacer hijos entre los setos de esa plaza precisamente. Y los que son algo más jóvenes, los que empezaron dándose atracones de grefusitos en la plaza, en lugar de pasar al calimocho directamente como hicimos nosotros, están la mayoría exiliados: la generación perdida del barrio, que vive en Madrid en el mejor de los casos. Cultivaron sus futuros a golpe de erasmus y ahora ya no saben por dónde meterse sus másteres, ya ves.

Esa plaza sigue siendo el primer lugar donde llega la primavera a la ciudad. Antes incluso de que florezcan los tempranos almendros. Bien pronto, por las mañanas, se puede ver cómo el sol calienta el inútil templete. Los jardineros municipales pegan la hebra y se afanan en sus tareas; algún chaval del instituto fuma mientras espera porque no llegó a primera, y ya veremos, que se está muy bien e igual tampoco entro a segunda.
Por eso si madrugo me gusta cruzar por el medio, y si la noche está buena también cruzo, que me gusta cómo huele: a naturaleza artificial y acorralada, a prácticas furtivas y secretos a voces. Casi siempre está desierta, y casi nunca me parece peligrosa. Pero un poco sí que lo es.