Camisetas ayer, trapos mañana III


A mi madre no le gustaba ir de compras, así que, un día, en los albores de mi adolescencia, me dio dos mil pesetas y me dejó ir de compras con mi amiga. Qué horror. A esa edad, en las tiendas, sin madre, no te hacen caso, eso es así. 
A mi madre sigue sin gustarle, pero ahora que la madre soy yo, en las tiendas ya no se estila hacer caso ni a las señoras. 

Aquél día me compré una falda y una camiseta, no me dio pa más, hija. 
El look resultante me marcó hasta día de hoy: 
falda muy corta y pegada, camiseta holgada. 
La falda era elástica y de color beige. Y la camiseta, maravillosa. No le corté el cuello porque todavía no tenía costumbre y, además, no le hacía falta. Era de rayas finitas (finitas de delgadas, no de sin fin) horizontales; los colores naranjas, marrones, rojos, mostaza, amarillos: como si cruzases los colores del jersey de Epi con los del de Blas. En horizontal. 

Las rayas de las camisetas, siempre en horizontal. Posiblemente aquella camiseta fue la primera de muchas camisetas de rayas que vivieron después. Señalar algunas memorables:

Aquellas de cuello de panadero, así tipo borroka, con rayas finitas bicolor (morado y negro, rojo y gris, gris marengo y gris antracita) Aquí en el valle eran imposibles de encontrar, había que encargarlas a vascongadas, y en Cantarranas eran lo más. Esas todavía existen, llenas de piteras, sí, pero ahí están, al fondo del armario a la derecha, cuando quieras te las presto. Las había también del mismo pelo, pero con cuello barco en lugar de panadero, y las rayas pelín más anchas, las favoritas de mi cuñada favorita.
Y hubo una que yo le robaba recurrentemente a mi hermana, en la época de sus 14 años, cuando nos reconocimos. Era de rayas blancas y rojas, ajustada y elástica, con cuello extra barco que dejaba los hombros al aire. Era solo de salir. Hasta que una de las dos la manchó de calimocho, y se echó a perder para siempre. 
Las camisetas elásticas no son muy aptas para trapos. 
De rayas hubo muchas más, aún las hay, sería largo de enumerar. Sólo decir que, durante una época me las tuve que prohibir, las rayas en las camisetas. Hoy ya no reniego: cuantas sean necesarias hasta dar con la definitiva. 
Por eso la mayoría de los trapos de mi casa son de rayas. 

El caso es que aquél híbrido de Epi y Blas que ahora nos ocupa, gozaba de una calidad extraordinaria; no perdió ni pinta de color, es más, era de esas prendas que, incluso, ganan en textura con los años y los lavados. Ya no las hacen así.  
Me la puse durante años para todo: para ir a clase, para salir, para estar en casa, para dormir, me la llevaba siempre de vacaciones; con una de manga larga debajo, con pantalón, encima de un vestido... También se la ponía mi madre. De hecho, aparece recurrentemente en las fotos de una amplia franja de años: fotos de pandilla, fotos de familia, vacaciones familiares, fiestas de pueblo, acampadas, fotos en casa para acabar el carrete...

6 años después de que mi madre me diera las dos mil pesetas para que me fuera de compras, mi amigo del alma se marchó a vivir a Alemania. Me dio tanta pena y le gustaba tanto aquella camiseta, que se la presté con la condición de que me la devolviera a su vuelta. Nunca volvió. 
Me quedé sin amigo del alma. 

Comentarios

Provinciana ha dicho que…
Me ca, parece que la viera ahora mismo. El cuello panadero, qué terrible es. Solo puedo pensar en el camarero grandullón del Otro Trastero, cuello panadero.
HombreRevenido ha dicho que…
Yo siempre he sido totalmente desapegado de la ropa, me interesa poquísimo, aunque corroboro eso de que la ropa de antes duraba más y mejor.
Pero ay, cuando las camisetas se impregnan de historias (como se manchó de calimocho aquella camiseta vuestra), entonces estamos perdidos.

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