sábado, 28 de febrero de 2015

La plaza del Chinito o la arquitectura del mal.

El Chinito es un lugar concebido para el mal. Eso es así.
Nadie se cree que esa plaza fuera diseñada para ser escenario de actividades folclóricas ni nada parecido. Acaso para arañar votos en unas remotas elecciones municipales, eso sí.
Oficialmente se llama Plaza de la Cebada, ¿a que no lo sabías?, ni los muy del barrio como yo lo saben. Es la plaza del Chinito y se acabó. ¿Viste la fuente alguna vez funcionar?, yo sí, incluso muchas veces bebí. ¿Y el estanque lleno?, a no ser con agua de lluvia, yo nunca.


Está ubicada a las afueras de un barrio de bien, mi barrio. Pero hasta en los barrios de bien la gente necesita su espacio para hacer el mal. Eso también es así.

Hoy, que han pasado 20 años de casi todo, la realidad del barrio es distinta. Para empezar, lo que era "las afueras" ya no lo es. Proliferaron edificios y casas alrededor, y se hicieron barrios nuevos que, a pesar de ser vecinos, ya me resultan ajenos: tiendas con tenderos que no conozco, portales, calles anchas, gente que pasea perros y no me suena del instituto...
Además, los púberes que allí crecimos somos ahora padres de familia. Aprendimos a hacer hijos entre los setos de esa plaza precisamente. Y los que son algo más jóvenes, los que empezaron dándose atracones de grefusitos en la plaza, en lugar de pasar al calimocho directamente como hicimos nosotros, están la mayoría exiliados: la generación perdida del barrio, que vive en Madrid en el mejor de los casos. Cultivaron sus futuros a golpe de erasmus y ahora ya no saben por dónde meterse sus másteres, ya ves.

Esa plaza sigue siendo el primer lugar donde llega la primavera a la ciudad. Antes incluso de que florezcan los tempranos almendros. Bien pronto, por las mañanas, se puede ver cómo el sol calienta el inútil templete. Los jardineros municipales pegan la hebra y se afanan en sus tareas; algún chaval del instituto fuma mientras espera porque no llegó a primera, y ya veremos, que se está muy bien e igual tampoco entro a segunda.
Por eso si madrugo me gusta cruzar por el medio, y si la noche está buena también cruzo, que me gusta cómo huele: a naturaleza artificial y acorralada, a prácticas furtivas y secretos a voces. Casi siempre está desierta, y casi nunca me parece peligrosa. Pero un poco sí que lo es.