viernes, 27 de junio de 2008

Las dos damas españolas están hoy que no les cabe un piñón por el culo. Enhorabuena chatungas.


CÁNTICOS

Toda la vida viviendo en la misma ciudad y anoche me sentí orgullosa. Y mira que no soy yo muy de pasiones patrióticas, de no ser las del páramo.

El caso es que salí de currar y me dejé arrastrar hasta el último rato del partido. Y al terminar, como hacía bueno, pues fuimos a dar un paseico, por ver el ambientillo y tomar unas cervezas oye.
A medida que nos íbamos acercando al centro crecía mi extrañeza... pero ¿tanta euforia desmedida?. La verdad es que las emociones eran encontradas: por un lado me daba envidia tanto contento, por otro todo me parecía una solemne guardilada.

Pero todas las dudas se disiparon cuando apareció el miedo, de ese que da frío en los huesos y calor en las mejillas. Y es que la tela de las banderas me da un poco de grima, si además se mezcla con alcohol a borbotones y con las calles de ésta mi ciudad, lo que me entran son unas ganas enormes de correr.

La fuente estaba plagada de banderas y de lejos se oían cánticos pero no se entendía la letra, uf. Desde un poco más cerca nos pareció entender "putonazielquenoboteeheh", nos miramos los unos a los otros, no pueder ser, no puede ser que estén cantando eso aquí. Un poco más cerca ya se veía la estatua de al lado de la fuente: alguien le había puesto una bandera con un símbolo inequívoco, buenoooo, claro que no podía ser. Los huesos se me helaron, pero la cara me hervía de vergüenza, mañana en los periódicos esa sería la estampa de mi casa: el señor Colón enarbolando una bandera indecente.

Entonces, de entre la marea de gente que vociferaba cosas incomprensibles surgió un valiente que, en un periquete, se encaramó a la estatua y ante mi asombro arrancó la bandera y la dejó caer sin furia, como quién se aparta una mosca de la solapa. Los gritos recrudecieron y entonces me dí cuenta: la gente aplaudía y gritaba "somos españoles, no somos nazis", si que podía ser, podemos. Un grupo salió corriendo de entre la marabunta de gente y entonces siguió la celebración: "illa illa illa, que bote zorrilla", "eldía29españacampeón oeoeoeoe". Podemos, podemos ser civilizados.

El miedo se diluyó como un hielo en una infusión caliente, y por un rato me sentí orgullosa, hasta me parecía que las niñas iban monas arropadas con sus banderas. Y es que en esta cuidad hasta las noches de verano son recias y conviene abrigarse.

Supongo que corresponde dar la enhorabuena a la selección, pero también a los chinos de las tiendas que se han jartao de vender banderas. Yo el domingo veo el partido, y ahora que me enterao de qué va la cosa me bajo al bar con una camiseta de la Nuria Bermudez, esa si que tiene mérito. Y si refresca y me tengo que abrigar con una bandera, me aguantaré la grima que me da esa tela como de disfraz.

jueves, 19 de junio de 2008

Vaya pufo

Pero qué coño pinta "tía Alicia" en los Serrano...pffff, si es que no hay quién la aguante madre mía. Glorichi si estás ahí responde, alguien con criterio tiene que opinar sobre esto.

Antes la serie era muy cafre y un poco graciosa, pero es que esto ya es... Reune todas las pestes de las series de televisión de todos los géneros. Ahora resulta que la Afri pasa de alumna del colegio a profesora sin pasar por la casilla de salida, vamos que eso no pasaba ni en al salir de clase. Y tol día duchandose oye, pero que gente más limmmpia, en Pasión de gavilanes se duchaban menos. Y esos desayunos en familia con churros a diario, qué me dices, eh. Ese cúmulo de equívocos y malos entendidos que se amontonan en cada capítulo, uf, que estomagannnte. Y cuando por fin conseguimos deshacernos del empalagoso romance entre el cansino de Marcos Serrano (por cierto ¿no tiene la misma cara de angustia eterna de Frodo Bolsón?) y su hermanastra, resulta que la historia se repite con sus hermanos pequeños, por favor que poca gracia, mis guiones cuando jugaba de pequeña a las barbis con mi vecina eran más originales.

Me voy a la cama, ale, a ver si la luna nos deja dormir esta noche hijas.
Por cierto, este verano conocí a los auténticos serranos: ella maestra maciza, el regenta una taberna especializada en jamón con su hermano, ¡si tenían hasta jamoneta y amigo íntimo mecánico!

Anoche me levanté una postilla

Al descolgar la chaqueta de la taquilla ayer, mi mano tropezó con ella: una postilla, o costra, o como quiera que le llaméis en tu casa. Esa cosa que sale encima de las heridas y que da tanto gustito arrancarse.

Era de una herida vieja, tanto que pensé que ya no estaba allí. Pero si, si estaba, y en su punto para ser arrancada. Justo cuando ya no duele sino que pica un poquitín, cuando los bordes ya se han despegado y se enganchan con cualquier cosa.

Decidí volver a casa andando, hacía bueno, y de camino no pude dejar de acariciar tentadoramente la vieja herida. Ya sabes, vas tocando por encima, tropiezas con el borde y retiras el dedo, no, no tiro que me va a quedar marca. Vuelves a pasar el dedo y tocas otro poco el borde, esta vez del otro lado, mmm, parece que por ahí está un poco más suelta... pero no, que seguro que por el centro está pegada y aun duele. Piensas en otra cosa pero enseguida tu mano vuelve a tropezar con la costra, ésta vez aprietas un poco para que se vuelva a pegar, pero es inútil, ahora cuelga un poco y la tentación de tirar es más grande. Comienzas a justificarte: si no me la quito se me va enganchar con cualquier cosa y va a ser peor, total, se me va a terminar cayendo de todas formas...

Antes de cruzar la penúltima calle ya me la había quitado. ¿Que qué hice con la costra? lo mismo que hubieras hecho tú, al fin y al cabo era parte de mi cuerpo ¿no?. El caso es que la falta de la costra dejó ver un trozo de piel rosita tirando a blanquecina, como de cochinillo. Pero parecía sano, va, de esto en dos días no queda ni rastro.

Al cabo de un rato la zona me empezó a picar, primero muy poco, luego algo más. No quería rascarme, no eso no. Pero aisss, picaba mucho. Bueno, rascarme no, pero frotar un poco... con el dedo no, con la uña. Y ya lo dice el refrán: comer y rascar, todo es empezar. La débil piel rosita no aguantó mucho, y pronto el picor se convirtió en escozor. Entonces ya no me apetecía seguir rascando, era el turno del arrepentimiento. Joder, por qué me habré quitado la postilla, ¿ves?, si no me hubiera rascado por lo menos no escocería.

Entonces de súbito el escozor cesó. Ni siquiera me dí cuenta. Me olvidé de la costra, del picor y del escozor hasta que, al llegar a casa me desnudé para meterme en la cama. Una minúscula mancha roja teñía un corrito de mi ropa, y entonces me acordé de la herida. La busqué en mi piel y casi me costó encontrarla, no es muy grande. Allí estaba, con un pegotito de sangre seca encima. No dolía, tampoco picaba ni escocía, pero la piel de alrededor estaba un poco tensa. Esta vez sin luchas internas, me llevé la herida a la boca (o la boca a la herida) y chupé, succioné un poquito incluso.

Un sabor dulzón, pero a la vez algo amargo y también picante, inundó mi paladar como cuando chupas una llave o una moneda.

Y entonces recordé, recordé cómo me hice esa herida hace ya mucho tiempo. Lo recordé todo: el verlo venir, el no poder esquivarlo, el golpe, el haberlo podido evitar, lo irremediable, la resignación... y la pena, otra vez la pena. Siempre la pena.

Así que he pasado una noche malísima majos, y es que mira que cicatrizo mal oye.

lunes, 16 de junio de 2008

MI ABUELO HIPNOTIZABA GALLINAS

De mis dos abuelos siempre tuve uno preferido. Todo el mundo lo tiene.
El que no era mi preferido es muy especial. Le quise lo justo, es verdad, pero aportó una dosis de humor ácido a mi infancia que aun hoy me acompaña.
Cuando llegábamos a su casa, que era y es como un santuario, siempre nos recibía con la misma pregunta socarrona "¿te has meao hoy en la cama?". De más mayores ya nos provocaba risa, pero de pequeños el puchero era inevitable, y cuando el lagrimal estaba a punto de desbordarse, mi abuelo daba una profunda calada a su sempiterno puro mediano y decía "No llores coññño". En ese momento corríamos a escondernos en las faldas de la madre o tía más cercana mientras el se reía y nos perseguía para darnos un sonoro y aromático beso. A pesar de esto, todos los puros me dan asco menos el de mi abuelo.
Recuerdo también cuando en el pueblo solo abrían el bar para la partida de los domingos. A mi, que era niña de capital, se me hacía eterna la tarde del sábado en verano. Entonces mi abuelo apagaba su puro en el cenicero de la caja rural y nos montaba a mi prima y a mi en su 4L para recorrer 30 kilómetros y comprar caramelos en la pastelería de Baonza. A lo mejor eso fue solo una vez, pero yo me acuerdo como si hubieran sido muchas.
Pero su truco estrella para entretener a las meonas de sus nietas en las largas tardes de verano era sin duda la hipnosis de gallinas. Solo lo hacía si las condiciones eran favorables, es decir, si le salía de los cojones.
Era una tarea laboriosa y misteriosa. Había que salir de la casa por la puerta atrás, sin hacer mucho ruido. Salir al patio y del patio a la cochera, de la cochera a la nave donde se guardaban el grano y el tractor de carrocería reluciente, allí estaban los gallineros y criaban los gatos callejeros. Había que tapar minuciosamente todas las rendijas por donde entraba la luz con sacos vacíos de mineral. Después mi abuelo sacaba una tiza del bolsillo (por qué y para qué llevaba mi abuelo una tiza en el bolsillo, a parte de para hipnotizar gallinas, lo ignoro) y encargaba a una de las nietas meonas que la sujetase. A continuación se paseaba pensativo por delante de las jaulas de las gallinas seleccionando con la mirada a su gallinacea víctima. Una vez elegida, se rascaba la calva por debajo de la boina, abría la puertecilla y la agarraba del pestorejo para sacarla. La pobre gallina alborotaba una barbaridad, y sus congéneres le coreaban desde sus jaulas.
Entonces mi abuelo pedía silencio absoluto y posaba a la gallina poniéndole el pico contra el suelo de cemento, alargaba la mano para que le diéramos la tiza y comenzaba a pintar una raya en el suelo desde el pico de la gallina hasta unos 10 centímetros más adelante... una y otra vez mientras seguía sentándola del pescuezo... una y otra vez repasaba la raya de tiza con el gallinero sumido en un silencio sepulcral, hasta las otras gallinas en sus gallineros lo respetaban. Una y otra vez recorría la tiza la misma raya. Las partículas de polvo visibles por la escasa luz que se colaba entre las telas de saco parecían detener su danza... Una y otra vez la tiza en rítmico movimiento. Entonces mi abuelo guardaba la tiza en el bolsillo mientras con la otra mano soltaba despacito el pescuezo de la gallina. el animalico se quedaba inmóvil en el suelo, tras un par de segundos de aturdimiento comenzaba a moverse en círculos hasta caer redonda, como muerta; y unos segundos eternos más tarde volvía a cacarear escandalizando al resto del gallinero. Entonces mi abuelo devolvía la gallina a su cuchutril, encendía su puro y nos mandaba a jugar al parque mientras farfullaba algo incomprensible por lo bajini y quitaba los sacos de las rendijas.
Las tortillas de los huevos de aquellas gallinas provocaban sueños agitados. A lo mejor esto solo sucedió una o dos veces, pero yo me acuerdo como si hubieran sido muchas.
No llores coññño.

miércoles, 11 de junio de 2008

Peña Mora (la de la foto)


Saratustra.
Hoy, después de mucho tiempo sin escribir nada y dejando el blog totalmente en manos de mi co-blogera, me había propuesto escribir otra de mis experiencias al borde de la muerte, y no he podido. Siempre que he tenido penas moras me he reído, y con ganas, de todo lo que las ilustraba. Es recordado lo bien que lo pasamos en el funeral de mi madre, con esas acampadas/botellonas que hicimos en el "tana" y en el "crema". Ahora estoy cansada, estoy atascada, he elegido estar sola y supongo que para bien, pero me he agotado de tanto hablar y analizar, hablarme y analizarme, y estoy tan harta de hablar conmigo que ya no me hago gracia. Todo pasará, cómo no, pero son muchos años retrasando el momento de la catarsis y ahora no tengo fuerza ni para explotar. Sólo coso vestidos viejos, como pipas y busco olores que me despierten una sensación clara y distinta, para que alguien decida algo por mí, aunque sea mi nariz. Mira, aquí se me había ocurrido un chiste, no está todo perdido.

martes, 10 de junio de 2008

Cacharrería con elefantes

El señor de la cita de ahí abajo me está poniendo nerviosa ya, hombre. Y encima ¿no va el tío y dice que la verdad, a la larga, no importa?, no te jode, el poeta este de los cojones. La verdá la verdá, le daba yo con la verdá en to la rima.

Así que he decidido que hoy, en vez de pelearme con todo el mundo que es lo que llevo haciendo cosa de dos semanas, voy a pasar de todo. Que dices que si, pues si; que dices que no, pues no, lo que tu digas maja.
Dice mi santa hermana que es la primavera, pero qué coño de primavera ni ocho cuartos, si estamos a 40 de mayo y aquí no hay quién se quite el sayo. Menos mal que esa vive lejos (mi hermana, no la primavera), que si no también me habría peleado con ella, seguro.

Y es que estoy rabiosa y sanseacabó, así que pido disculpas de antemano a todo el que se cruce en mi camino en estos días.

Por cierto, las imágenes son de Mi gatito es el más bestia, ed. Molino, que una cosa es estar rabiosa y otra ser maleducada.
Uno no puede perder el tiempo en ser moderno cuando hay tantas cosas más importantes para ser.
Wallance Stevens

miércoles, 4 de junio de 2008

HAY MÁS SITIOS QUE CAMINOS

La dama lleva un traje más bonito que el de una princesa o el de un hada, es amarillo con unos circulitos hipnóticos que cubren hasta las guardas del libro. No tiene nombre.


El niño es pequeño y valiente, al estilo de Juan sin Miedo, sin saber que lo es. Se llama Martín Testarudo


Así que no te creíste la historia del camino que no iba a ninguna parte, le dijo la dama al niño.
Era demasiado tonta. Según mi opinión, hay más sitios que caminos, contestó el niño.
Es cierto, solo hay que saber moverse.




Nuestro abuelo Rodari nunca es viejo, solo los tontos lo encuentran tonto.
El camino que no iba a ninguna parte, SM, Gianni Rodari/Xavier Salomó