martes, 19 de enero de 2016

Mi carrera como actriz. Capítulo II

Luego de varios papeles más o menos importantes en las fiestas de guardar del cole, siempre con rotundo éxito de público (entre el que rara vez se encontraban mis padres, pobres, los horarios les venían fatal), me lancé a la dramaturgia. 

Fue séptimo de EGB cuando, durante la función de Navidad del colegio, estrené la primera obra escrita, co-dirigida y, por supuesto, co-protagonizada por mí: 
Terror en el convento, una comedia de acción trepidante en la que las chicas de la clase encarnábamos a unas monjas que se enfrentaban con arrojo a la banda de atracadores que irrumpía en su convento la noche antes de Navidad. 
Como era un colegio laico (de los de verdad, exento de crucifijos y con poca ostia) y la mayoría de los niños éramos hijos de familias ateas recalcitrantes, vernos vestidas de monjas provocó mucha risa y un poco de grima también. La función fue un éxito rotundo, todos lo pasamos muy bien y en esta ocasión no me dormí ni se me aflojó el vientre en escena a pesar de los nervios, que lo hubo. Pero no todo fue un camino de rosas, hubo drama entre bambalinas, sí. 
No me acuerdo muy bien de la causa pero, como el genio en ciernes que era, debí enfadarme muchísimo por alguna nimia contrariedad y, unos días antes de arrancar con los ensayos, me negué a participar en función alguna y, por supuesto, rompí  en mil pedazos el papel cuadriculado con el guión escrito de mi puño y letra. Por eso la fotocopia que aún hoy conservo registra arrugas y trozos de celo del documento original.
Así como mi fisiología, mi memoria es también caprichosa, y tiende a borrar los hechos circundantes a los momentos en los que monto en cólera; por eso no puedo afirmarlo a ciencia cierta, pero estoy casi segura de que fue el gran I.G. quien me ayudó a recomponer los trocitos del guión y mi recién estrenado orgullo pre adolescente. 
El gran I.G., él mismo era una furia, pero ya con 10 años era un maestro apaciguando la mía. 
I.G. era de esos que te quieren sin más, sin condiciones y aunque no les tengas en demasiada consideración. Encarnó el papel de atracador jefe en la obra con la misma naturalidad con que, desde primero de parvulitos, asumió ser mi guardián: sin aspavientos ni grandes demostraciones, a la chita callando pero bordando el papel. Qué tío inmenso I.G. Venía de muy buena familia, buena en el buen sentido: su hermano pequeño era capaz de aplastarte por amor, en mí causaba auténtica fascinación; y sus padres eran la dulzura en persona, los dos. Aquél año I.G. fue la estrella de la función, aunque nadie supiera nunca que, de no ser por él, ni mi orgullo ni mi guión habrían llegado jamás a recomponerse.


Un par de años más tarde, mi carrera en el teatro terminó de manera abrupta. 
Cursaba mi primer segundo de BUP y la tormenta de la adolescencia arreciaba de lo lindo, llevándose por delante los nervios de mis sufridos adultos de referencia. 
Una tarde a la semana iba a clase de teatro. De lo que más me gustaba, a parte de Teresa, la profesora, era hacer uso de los pasillos y el hall del instituto. Aquel espacio que por las mañanas era de mero transito, cobraba vida para albergar a Salomé y otros personajes clásicos y modernos del teatro universal. 
Siempre digo que mi carrera se vio frustrada porque no tuve cojones de hacer el pino cuando me tocó, pero lo cierto es que tuvieron que castigarme sin ir a clase de teatro vaya usted a saber por qué comportamiento díscolo y, seguramente, reincidente.

Años más tarde volví a subirme a algún escenario, con intenciones más alejadas del teatro. Incluso en una ocasión actué en el Calderón, convertida en musa de una organización cristiana radical... pero esa es otra historia que hoy no viene a cuento
El caso que nos ocupa es que mi carrera en el mundo del teatro, que arrancó a tierna edad y en ascendente, se vio frustrada un día de pronto, sin más.
A estas alturas no hay pregunta más idiota que la de ¿qué hubiera sido de mí si...? Pero el teatro me gustaba, joder, y aunque no fui capaz de hacer el pino, se me daba bastante bien. 

domingo, 17 de enero de 2016

Toda la verdad sobre mi carrera como actriz. Capítulo I

Cursaba 2 de parvulitos cuando debuté. La obra era un clásico infantil, así muy didáctico, para aprender muchas cosas mientras lo pasas bien y eso. El argumento, sencillo pero contundente: una semilla que, tras recibir las bendiciones del agua y el sol, crece y se convierte en planta. 
Yo no era protagonista, pero sí tenía un papelón: la nube. Mi turno llegaba cuando el narrador decía:"y llovió". Yo era la única nube, así que debía permanecer atenta. Y lo estaba, mucho, pero también muy nerviosa. Ya desde niña, cuando me pongo tensa mi fisiología reacciona exageradamente: o me duermo o me cago, eso es así. 
Aquél día los nervios me traicionaron y me quedé dormida en un rincón del escenario, y cuando el narrador pronunció las palabras que marcaban mi aparición estelar, nada sucedió. "Y llovió. Y ¡llovió! ¡¡¡Llovió!!!". Pero, nada, yo no llovía, por suerte tampoco tronaba, porque estaba profundamente dormida en un rincón del inmenso escenario. 
No sé en qué momento desperté, pero sí que sentí una vergüenza horrorosa y muchísima frustración. No debió ser tan grave porque, al final, me dieron un paquete de caramelos como a todos los niños, como si no hubiera pasado nada, y subí al escenario a recibir los aplausos del público con todos mis amiguitos mientras chupaba caramelos de Dulciora y lloraba en silencio sin parar. 
Porque da mucha pena cuando tienes 4 años y la has cargado con las patas de atrás, aunque los mayores te repitan 100 veces "no pasa nada" y te den caramelos como a los demás. No hay consuelo. No lo hay. 

Pero aquí no acaban mis sufrimientos en escena, qué va, éste fue nada más el principio de una carrera fulgurante, este post continuará. 

lunes, 11 de enero de 2016

Se ha muerto Bowie.



Él se muere y nosotros nos hacemos un poco más viejos.
Conste, en primer lugar, que no todo lo suyo me gusta, de hecho hay cosas que me horrorizan e, incluso, me sacan de quicio.
Pero ésta canción me gusta mucho, ya me gustaba antes de saber que me gustaba.
Fue la que me hizo entender que mis mayores también eran personas sensibles, y que tuvieron juventud. Ya se, parece una obviedad, pero cuando se es niño resulta todo un descubrimiento.

También me recuerda a Coque y a Zapa en aquellas sesiones donde apurábamos los licores de los mueblebares de nuestras familias, y poníamos a prueba la paciencia de los vecinos y las cuerdas de nuestras guitarras.

No puedo olvidar el viaje a Holanda con Henar, en particular la experiencia mística que vivimos en lo alto del pirulo de Rotterdam (la Space Tower del Euromast).
Estábamos cansadas, muertas de hambre y empapadas hasta los huesos, pero hasta los huesos de verdad. Como también teníamos muchísimo frío, nos subimos al pirulo porque tenía calefacción; no sin antes tratar de secarnos los pies en un secador de manos, lo cual, si no lo habéis probado, resulta harto complicado. Estábamos solas en el interior de la Space Tower, una cápsula circular, todo oscuridad, que asciende por el pirulo del Euromast como si fuera un ascensor. Al llegar arriba (185 m de altura, a alguien que vive a ras de suelo, impresionan) las compuertas se empezaron a abrir dejando al descubierto una inmensa cristalera. La cápsula giraba sobre su propio eje mientras sonaba a todo volumen el Space Oddity. Nuestras risas bobas enmudecieron y se nos pusieron los pelos de punta.
De lo que pasó después no me acuerdo muy bien. Sí se que cuando bajamos seguía lloviendo a mares, y que en ese viaje pasamos mucho, mucho frío. También se que alguien debió haberme dado un empujoncito para irme a vivir allí una temporada cuando tuve ocasión, y que hoy, que te todo hace 20, no puedo evitar hacerme de vez en cuando la absurda pregunta de ¿qué hubiera sido de mi si...? Muy absurda.

Da igual, Bowie se ha muerto y eso pone triste a todo el mundo. Y yo, que tengo un lunes tonto, muy tonto, me acuerdo de esto que cuento,  pero también de la maravillosa versión de los Hermanos Calatrava.
Por si sabe a poco, si tengo que elegir otro temazo de Bowie, me quedo con Young Americans.
Se murió el rey de los Goblins, que la tierra le sea leve, pues.
(Sí, esta canción le gusta a mi padre)


sábado, 2 de enero de 2016

Propósitos, para qué.

Hoy que el día es tan corto y la noche tan larga, es una suerte andar en la carretera con esta luz. Poner tierra de por medio y hacer parada en esa cuneta que cada diciembre me recibe para celebrar mi particular ceremonia de fin de año.


En este lugar donde me encuentro se produce un pliegue: atrás queda el Cerrato, y Tierra de Campos se derrama como una balsa a mis pies; al fondo la promesa de la montaña helada a la que hoy no habré de llegar. 
Así que, desde este punto y en este momento, no puedo por menos que hacerme yo también algunos propósitos. No parecen grandes cosas, ya se, más que propósitos son un rosario de hitos que me acompañen en el tránsito solar este en que andamos metidos. Si los quieres, pues para ti son también:

Que la primavera trine.
Que el verano complazca.
Que el otoño despoje.
Que el invierno repare.
Y mientras esto permanezca, sea como fuere, qué más da lo demás.