miércoles, 28 de noviembre de 2012

Promesas de vida adulta

La estantería ya no es la misma, ni dios que lo fundó. Muchos trasiegos y algún trajín han sufrido esos libros. Tampoco están todos: perdidos, robados, prestados, colocados...
No se cuántas veces recorrí esos lomos con el dedito. Los lomos de ESA colección en particular. El dedo, tierno primero, adolescente después.
Unas veces me detuve en el título, otras en el autor. A menudo sacaba uno al azar. Por dentro parecían casi iguales: el mismo papel amarillo que olía a polvo así, sin siquiera arrimar la nariz; la tipografía pesada, esas páginas sin aire.
Sin restricciones, los caté todos. Estaban a mi alcance, no era algo de lo que me quisieran proteger, tampoco a lo que me quisieran exponer. Pero allí estaban, en un estante no muy alto ni tampoco muy bajo.
Jugué a leer en voz alta enigmáticas palabras, párrafos tan bien sonantes como incomprensibles; acompañé a polvorientos personajes por los pasillos del drama y la tragedia, a ellos no les importaba que yo fuera pequeña, me entregaban sus vidas igual.
Más tarde muchos fueron descartados: poco diálogo, poco sexo, pocas drogas, y si encotraba truculencias no eran de las que satisfacían mi incipiente morbo adolescente. Muchas veces preferí otras lecturas más digestivas, no más nutritivas. Hubo unos pocos que devoré, otros que leí con tozudez sin entender ni papa, algunos fueron un hallazgo inolvidable, de otros ni me acuerdo, unos cuantos me acompañaron a clase. Pero todos, todos ellos me prometían libertad.
Me anunciaban una vida adulta que hoy se me antoja más parecida a ellos de lo que esperaba: poco sexo, pocas drogas, y truculencias que al final no son lo que una espera. Tipos que se atragantan, polvo en los rincones. Algunas págnas sin aire y otras casi sin aliento. Volúmenes que un día resultan anodinos y al siguiente tiene mucho que decir, autores que no te suenan pero que, con el tiempo, terminan siendo como vecinos o parientes
Afortunadamente la biblioteca se va nutriendo de nuevos volúmenes, de diversos tamaños, grosores, papeles, calañas. Cada vez que vuelvo encuentro varios sin catar. Y cada vez que mi vista se desliza a ESA colección me viene al paladar el regusto de las promesas de vida adulta que algún día me hicieron.


martes, 27 de noviembre de 2012

Entras al baño del bar. Directo al lavabo. Te mojas las manos, te das jabón y zas, justo en ese instante se apaga la luz.
Vuelco al corazón es mucho decir, un pequeño sobresalto, mediano en todo caso. La oscuridad es total, no sabes qué hacer con las manos. Pero, espera un poco, se ve el piloto rojo que señala el interruptor... Es de esos sin tecla, da cosa tocarlo con las manos mojadas, no le vas a dar. Además, tampoco está tan oscuro, se cuela luz por la rendija de la puerta, o tal vez se te acostumbró la vista. Y el jabón huele muy bien.
El agua está fresca, no helada, es agradable. Se oye la música pero no el jaleo del bar.
Ahora se corta el chorro del grifo, es de esos, por ahorrar. Tienes las manos llenas de espuma, pero esperas antes de volver a pulsar el grifo. Esperas.
Respiras hondo. Se ha parado el tiempo.
Ya no está oscuro, ves los detalles de los azulejos, no son feos. Miras al espejo, ves a tu alrededor, no te miras. Todo está bastante limpio. El aire también.
Vuelves a respirar.
Pulsas el grifo, te aclaras las manos. Despacio.
Le das al interruptor de la luz, con el codo, por si acaso. Te secas las manos, con papel.
Sales del baño, y el mundo vuelve a girar. Ya está.

martes, 20 de noviembre de 2012

Friendchip


Nothing changes nothing changes... Todo cambia, todo o casi todo.
No cambia ese escalofrío en un lugar indefinido de la columna vertebral que te endereza y te corrige la postura. Es como un calambre alimentado por la penumbra de los bares que, de pronto, te hace sentir lista, chispeante, divertida, magnética. Eso no cambia. A dios gracias, y aunque ya no me acordaba, aun me hacen reír, aun les hago reír yo a ellas. Todavía somos capaces de putearnos hasta el borde, justo hasta el borde, exactamente entre la carcajada y la cabronada.
No cambia ese gusto por jugar a las cuatro esquinas, adoptando cada una nuestro papel para que las otras se acomoden en el suyo y que así la partida sea divertida. Ninguna haría esfuerzos por una reunión complaciente, banal sí, complaciente nunca.
Hay que verse más, es bueno para mi higiene postural, compensa mi postura cargada de hombros de diario.
 

lunes, 12 de noviembre de 2012

Respeto, eso pasa poco ahora.


No sé qué tiempos son estos que corren. A ratos es todo tan desolador... Y a ratos todo parece tan de mentira.
De modo que hoy, solo me merecen respeto los revolucionarios aferrados a sus ideales que no cejan en su empeño y los emprendedores abrazados a su ilusión que tampoco se rinden ni se dejan avasallar.
En ambos hay algo que me chirría, pero creo que es envidia, de la cochina, no de la otra que tengo comprobado que no existe.
No es que el resto merezcamos la muerte, no hombre no; pero sí encontrarnos cada mañana con un grumo de desesperanza que, como nata en leche fría, da un asco que te cagas y te jode el último trago del primer café.
Así que, si tienes trabajo, sigue, sigue dándole vueltas al coco: huelga sí huelga no. Y si no lo tienes sigue, sigue pensando en qué harías si tuvieras lo que hay que tener, sea eso lo que sea (huevos, pasta...)


lunes, 5 de noviembre de 2012

Aviones de papel.

Existen algunas razones de peso por las que, hoy por hoy, no puedo ser moderna:
No me gusta la canela, al menos no a diestro y siniestro.
La blonda, pa apoyar los pasteles los domingos, poco más.
La palabra bonitismo no existe y me da por saco, aun gustándome mucho las cosas bonitas. Con guapérrimo/a me pasa exactamente igual.
El colorcito menta ese... mmm; y las guirnaldas de banderines por todas partes, no. Son elementos que, o manejas con destreza o corres el peligro de quedarte en na.
No termino de discernir entre lo viejuno y lo vintage, no termino.
Y, además, no tengo tiempo.

Por estas y otras razones he llegado a la conclusión de que no puedo ser moderna. Aun así seguiré intentándolo con ahinco y, como dice Provinciana, amenazo con volver a lanzar avioncitos de papel desde esta ventana. Porque me mola, porque me lo paso bien, porque pa ir a misa y al baile no me hace falta nadie. 
Advierto, eso sí, que estoy desentrenada; así que si te doy en un ojo, el que avisa no es traidor.