jueves, 29 de abril de 2010

EL PREDAR SE VA A ACABAR


Parece mentira que a estas alturas haya que decir estas cosas. Y que yo tenga que empezar con esta frase, que parece escupida de una campaña post-transición, de los felices tiempos de Felipe en los que follar mucho era de modernos y estaba bien visto, porque la promiscuidad era como la democracia, un derecho conquistado. Supongo que, estando casada y no participando ya más que de la idea, lo que me ofende es que mis batallitas no sean adecuadamente apreciadas fuera de un selecto círculo… y es que no hay nada más cansino que las mojigatas y los especiales.
No es fácilmente comprensible por gente decente que haya hombres que, al plantearse empujar con una mujer promiscua, sientan rechazo. Intento adoptar su visión, y me imagino que en sus cabezas esos coños reusados están llenos de rastros antiguos, estalactitas y estalagmitas (no me digas cuál va para arriba y cuál para abajo) de semen que dan fe de todas esas noches más o menos divertidas, y que en su estupidez descontextualizan los fantásticos momentos de depredación, alegría, obcecamiento o ideal simplicidad que las ilustraron, o no. Pues una cosa os digo: agua y tiempo, mano de santo.

Se me hace evidente que es un problema de inseguridad, por no ser capaces de gestionar roles propios o ajenos digamos poco discretos..
En la misma línea, el caso de las mujeres - a quienes no me canso de aleccionar siempre que tengo ocasión - se hunde en la falta de coraje para aceptar el papel de cazadora, y no en plan guay, sino en la plena asunción del propio poder sexual y todo lo que conlleva. La resistencia al cortejo como virtud es uno de las cosas que más me revientan en este mundo. Vamos a ver, are you defeated porque te apetece echar un polvo? ¿Qué clase de persona eres, de acción o de reacción? Y, sobre todo, ¿te apetece o no? ¿Qué es esta mierda judeocristiana de considerar la resistencia a los propios impulsos una victoria? Las relaciones de verdad empiezan entre fluidos, si eso es lo que se quiere.
En la vida como en el deporte, la cuestión es ser capaz de elegir o no. Qué chungos son los débiles.

lunes, 26 de abril de 2010

MIEDO Y MÁS MIEDO


Esto se ha retrasado mucho… pero aquí estoy, en la estela de mi co-blogera, para hablar del miedo, y preguntándome la manera de que no resulte excesivamente íntimo.
Todo lo que me da miedo se resume en morirme a lo tonto. La mayoría de los días, al acostarme o al levantarme, me doy cuenta de que x días han pasado demasiado rápido, y me visualizo a los 70 años, mareada, aturdida por la sensación de que ni siquiera las he visto venir y ya me estoy muriendo. Este pensamiento, demasiado frecuente últimamente, si me agarra de noche trae consigo una sensación de muerte súbita… hormigueo en la cabeza (que, por supuesto, se identifica con un aneurisma a punto de estallar), taquicardias que anuncian que mi corazón ya está harto de mí, amén de docenas de microsíntomas que me dicen: the time is now, chata.
Pero el problema no es que mi hipocondría me aterrorice, sino que en esos segundos en los que repaso mi vida no veo nada que valga tanto miedo. El año pasado, cuando tenía un objetivo-obsesivo, me encontraba mucho mejor de salud, aunque estaba triste porque en el fondo sabía que las cosas que un día me gustaron están tan lejos que o no me gustarían, o no tendrían sentido, o no se me darían bien si las retomara. Y seguramente me gustaban porque se me daban bien, o porque me las podía permitir, como los atenienses. O por las hormonas, porque a partir de los 30 ya no se sublima tanto.
En resumen, me da miedo sobrevivir, me da miedo ser tan sumamente cutre que se me acabe el tiempo sin más simplemente porque no se me ha ocurrido nada, o porque no he sabido tomar decisiones, o por algo tan superable como las circunstancias. Me da miedo que me digan que esto le pasa a todo el mundo, porque sé que es verdad y además todo el mundo se muere, aunque sea despacito. Y me da miedo ser de esa gente que vive con la certeza de ser diferente, así en general, y ve pasar el tiempo, y se muere despacito, así, sin decidirlo ni nada.