martes, 24 de junio de 2014

Noche de San Juan III. El tiempo de las luciérnagas.

La mañana de San Juan amanecía extrañamente temprano, por lo demás como cualquier otra. La promesa del verano ya era realidad, y el soniquete de la radio en la cocina, y nada más.
Seguramente era día de mercado, y todos estaban fuera mientras mi abuela aderezaba con vinagre algún guiso. Ruido de cacharros, y nada más.
En la calle el claxon estridente de algún vendedor ambulante. Los perros ladrando inagotables, y nada más.
Nada que hacer, otro largo día por delante. No se qué hora es, pero es hora de levantarme.

Después de desayunar, leche templada con galletas maría, y lavarme la cara así un poco por encima, comenzaba mi deambular matutino por la casa. Abrir algún cajón y remover viejos papeles amarillos, fotos, cartas, facturas, papel, papel, papel testigo... o esos otros cajones de largo infinito en la máquina de coser; fisgar entre la ropa con olor a naftalina, los armarios del baño repletos de frasquitos sin nombre, cuchillas, rulos, ungüentos, gamuzas delicadas y artilugios morbosos...

Bella Aurora, un clásico entre los clásicos.
Entonces las casas no estaban preparadas para recibir niños, al menos no las de mis abuelos. Sin embargo eran un paraíso de recovecos y reinos prohibidos que excitaban mi imaginación. Cada rincón de la casa escondía un secreto, cada objeto una historia, tras cada puerta cerrada una inmensidad por explorar, pasados cercanos que me querían rozar. Y qué decir del sobrao... Allí los pasados te envuelven, te abrazan, te atrapan.

Así deambulaba, a veces largas horas, hasta, por ejemplo, dar con una caja de lata llena de lápices y una hoja vieja del calendario de la Caja Rural y bajar a la habitación fresca junto a la cocina. Acomodarme en el duro escaño ablandado con cojines, tan ajados que apenas cumplían su función. Retirar el tapete de ganchillo para poder dibujar, o escribir, o enredar con los lápices, no sin antes proteger la mesa con un hule, no fuera a dejar marcas.
Y, tras un rato en calma, absorta en el papel, el silencio se hacía espeso y al fin caía en la cuenta: La jaula.
La jaula estaba vacía, limpia, colgada en su lugar aguardando a la próxima primavera. El grillo ya no estaba.

El tiempo de las luciérnagas. Imagen tomada de aquí.
Mi abuela decía que todos los grillos mueren la noche de San Juan, pues serían los cautivos, porque al caer la noche se les oía de nuevo cantar.

Pero ya no queríamos atraparlos ni encerrarlos en jaula alguna, había llegado el verano, el tiempo de las luciérnagas, los cocoluces imposibles de atrapar. 

jueves, 19 de junio de 2014

Un día cualquiera, un rey.

La promesa del verano está a punto de convertirse en losa. No se por qué lo ansiamos tanto.
Fuera hoy están coronando un rey, todos andan muy entretenidos, yo no me entretengo con nada.

El rey y el mar. Heinz Janisch 

Esta mañana alguien vino a refrescarme la memoria adolescente, esa que de no usar tengo entumecida. Será la pieza que le está faltando a este puzzle.

Entre las caracolas y las conchas, una calavera desgastada por el mar.

Ese polvo que acumulan las guitarras por debajo de las cuerdas da cuenta de los jardines abandonados y las horas vendidas al sofá.

El pequeño rey de las flores. Kuêta Pacovská


Tic, tac, tic, tac, tic, tac. Tic, tac, tic, tac, tic, tac.






miércoles, 11 de junio de 2014

Noche de San Juan II. Jaula de grillos.

Hoy no sabría dónde comprar una jaula para un grillo, ¿en una ferretería?, ¿en un chino?... es que ahora ya casi todo se compra en los chinos, antes todo a 100.

En casa de mis abuelos siempre hubo jaulas de grillo. Digo de grillo porque solo se metía uno, el que mi abuelo guardaba bajo la boina cada final de primavera, días antes de la noche de San Juan.

Había dos clases de jaulas: una viejísima de madera y alambres oxidados, y otra de plástico bicolor. Bueno, en realidad eran tres las clases de jaula, porque mi tía Lamonja aseguraba que ella de niña las fabricaba con juncos; pero ya no era niña, ni había juncos porque el regato bajaba seco. 
Mira, hoy el regato vuelve a traer agua, tal vez crezcan juncos de nuevo. Pero mi abuelo ya no está para cazar los grillos, y mi padre, que es ahora el abuelo, no lleva boina. No se.

El caso es que, para guardar al grillo que atrapaba mi abuelo cada final de primavera, días antes de la noche de San Juan, se usaba siempre la segunda, la de plástico bicolor: verde por abajo, amarillenta por arriba, con una arandelita pequeña para poder colgarla.
Yo no me acuerdo qué cara ponía mi abuela cuando mi abuelo se sacaba el grillo de debajo de la boina, pero sí se que era ella quién recadaba la jaula, así que mal del todo no le debía parecer.

Mi abuela.
Nunca vi a mi abuela fuera de su casa, lo más cerca de la calle, el porche que había en la puerta delantera, y sin bajar las escaleras. Alguna vez, muy pocas, sentada en su trono de mimbre a la sombra del patio trasero.
En un trono muy parecido a este. Con cojines y una manta,
Porque mi abuela se sentaba en un trono, sí, en un trono de mimbre crujiente. Y llevaba toquilla sobre los hombros, siempre. La toquilla, por cierto, es una prenda hoy denostada que, sin embargo, es bien confortable. Desde aquí reivindico la toquilla, hombre.

El caso es que esta vez no exagero ni miento cuando digo que nunca vi a mi abuela fuera de su casa. Saldría, no digo yo que no, pero en muy contadas ocasiones. Gastaba el día entre el salón y la cocina, estancias separadas por un largo y oscuro pasillo. Pasillo que mi abuela recorría despacio, cuatro o cinco veces al día, arrastrando los pies, con la mano pegada a la pared, con cuidado, cuidado de no balancearse mucho, no se le resbalara la toquilla, que pendía como una tela de araña, suave, sobre sus hombros. Hacía parada en el baño a peinarse. Porque mi abuela se se peinaba mucho y no se perdía una misa por la tele, y nos preparaba la merienda a los nietos untando praliné en pan con una cuchara. Muy rico.

Pues sí, mi abuela era una reina, una reina hermosa con la cara tersa y sonrosada como una manzana. La reina de su casa. Debió gastar mucha energía mi abuela en parir y criar a sus muchos hijos, porque yo siempre la conocí en estado de duermevela. Hablaba muy bajito mi abuela, y vocalizando poco, creo que porque la dentadura nunca era de su talla, que encogía a pasos agigantados. 

A mi abuela le gustaban mis manos, morenas y llenas de carne. A mi me gustaban las suyas, huesos largos cubiertos de delicada gamuza, que cobraban vida para preparar la merienda y hacerse cargo del grillo que mi abuelo traía cada final de primavera, unos días antes de la noche de San Juan...

miércoles, 4 de junio de 2014

Noche de San Juan I

Mi abuelo gastaba boina, ya sabéis, en invierno para protegerse del frío y en verano para resguardarse del sol, siempre la misma boina.

Pero mediada la primavera, la boina cobraba otra función.

Mi abuelo me cogía de la mano, mi mano pequeña en su mano grande, no muy grande. Dábamos un paseo hasta la era, al caer la tarde.

La exuberancia de las cuentas en esa época contrasta con la vegetación rapada de las eras. Esas tardes, como otras, se oía pasar algún coche. Los ladridos metálicos de los perros domésticos en las naves, ya preparadas para recibir la inminente cosecha. Y los grillos. Siempre los grillos. Sin descanso los grillos. Ensordecedores los grillos.

Ya en la era, mi abuelo me soltaba y, con los brazos relajados, cruzaba sus manos por detrás, al final de la espalda. Ese gesto siempre me pareció sereno, como de gente buena que camina segura por la vida. Mil veces traté de imitarselo a mi primo, que tan bien se le daba. Pero yo no soy serena, qué va, no estoy cómoda andando con los brazos cruzados por detrás, no señor. Además, es mejor que no lo intente, que soy muy zote y me puedo esmorrar. Yo, con las manos por delante, por si hay que frenar el golpe.

El caso es que mi abuelo deambulaba despacio por la era, con la vista fija en el suelo. Mientras, yo me quedaba atrás dando saltitos, observando unas flores moradas de pétalos alargados, muy bonitas, que no se pueden arrancar porque no tienen tallo, crecen a ras del suelo y si intentas cogerlas se desbaratan. Así son.
De pronto, unos pasos por delante, mi abuelo parecía haber encontrado algo... Se paraba, soltaba la lazada de sus manos a la espalda y, un par de segundos más tarde, entre sus piernas, yo veía caer un chorrete humeante y amarillo hasta el suelo.También lo oía, ptrsssssss.
¡Ven, ven!- me llamaba entonces mientras se subía la bragueta-¡ven!
Y cuando llegaba a su altura el ya estaba en cuclillas, observando con extrema atención algo que yo no acertaba a ver. Agachada a su lado, con la mano apoyada en su rodilla para no perder el equilibrio, seguía con la vista lo que el dedo de mi abuelo me indicaba: un agujerito inundado.
¿Ves?- me decía divertido, -aguarda, aguarda, verás cómo sale, shhhh...
Los dos, en silencio, esperábamos expectantes. 
En ese momento, mi abuelo hacía algo que no acostumbraba: muy despacito se quitaba la boina... Igual de despacio, como acompasada con la negra boina, una criatura también muy negra, no del todo asquerosa, asomaba por el agujerito; temerosa primero, enseguida precipitada. Cuando el grillo por fin tenía todo el cuerpo fuera, mi abuelo hacía un rápido movimiento y... visto y no visto, el grillo quedaba atrapado en la boina.
Nos poníamos de pie, yo con las piernas hormigueantes, y mi abuelo se ponía la boina, con el grillo dentro.
Volvíamos a casa agarrados de la mano, yo dando saltitos, él con paso divertido.

El llevaba un grillo debajo de la boina, pero a mi me parecía llevarlo bajo la ropa, palpitando en algún lugar entre el pecho y la garganta.