lunes, 29 de febrero de 2016

Asquerosas.

Qué delgada es la línea que distingue a una criatura adorable de un bicho asqueroso.

No tardarán en volver, y este año no me veo capaz de soportarlo. 
Lo sé, las envía Lucifer cada mes de mayo para destrozarme los nervios, lo veo regodearse en su averno mientras yo me tiro de los pelos, el se ríe, ellas rascan con sus patitas todo lo que encuentran a su paso, y yo, de verdad, me desespero.

Luis Sacafati, siniestrito como el solo.

Aparecerá la primera, una noche cualquiera en que el riego del maizal esté a punto de arrancar. Se moverá despacio, a ras de rodapie, con esas patas repulsivas que, como haciendo alarde, a simple vista muestran todos sus pliegues y articulaciones. Y mientras la vea, gorda, brillante y repugnante, me volverán las dudas: es muy grande ¿habrá nacido aquí?, en tal caso ¿dónde están sus putas hermanas?. Si entró de fuera ¿por dónde?, ¿será la primera, seguro?, ¿cuánto tiempo llevas aquí, asquerosa?, ¡fuera de mi casa!, ¡asquerosas!, ¡asquerosas!, ¡asquerosaaaaas!
Algunas mañana hago como que no las veo, y así, por unos días desaparecen, desaparecen de verdad. 

Y este es Paco Roca.
Pero, de repente, detrás del cubo de fregona están sus cagadas y otra vez a empezar: lejía por todas partes, reproches por los trastos, si arregláramos el bajo de la puerta no podrían entrar.
Pero da igual, cada año vuelven, da igual los trastos de los que nos hayamos deshecho, los arreglos en la alcantarilla del corral, da igual. Da igual poner trampas tras cada puerta, en cada rincón. Son inmunes y abominables. 
No me miran, pero me ven. Sé que me vigilan y, cuanto peor es mi humor, más alto trepan por las paredes, saben que eso es lo que más me desquicia, verlas en la pared.

Creo que no tiene mucho remedio, son los encantos de la vida en el campo. Y ellas, al fin, no son las únicas ni las peores alimañas que han pasado por esta casa.
Mira, soy capaz de tolerar alguna culebra en el regato de la parte de atrás, convivir con un sapo como un oso que croa por las noches; de combatir a las hormigas sin caer en el desaliento, asumir la existencia de moscas perennes, superar varias plagas de topillos y amistarme con arácnidos de variadas formas y tamaños. Pero con éstas, no puedo, es que no puedo, no es asco físico exactamente, me atacan a los nervios y san se acabó.

Por cierto, si no has leído La metamorfosis porque te obligaron en el colegio y no te dio la gana, como yo, hazlo ahora que no te obliga nadie, que vas a flipar.

martes, 23 de febrero de 2016

Bambino, por siempre.



No me digáis que no es un exceso, un temazo de todos los tiempos, con una interpretación soberbia que una quisiera imitar desde las entrañas. 
Casi dan ganas de tener desengaños para llorarlos con Bambino, de llevar una vida de tormento y anfetaminas por los burdeles del Madrid de mediados del siglo pasado.
Yo me lo pongo mucho para cocinar, pero sin abusar que luego se me agria el caldo.
(A mi padre no le gusta, pero está dispuesto a asumir que es un grande, eso sí.)

lunes, 15 de febrero de 2016

Miley Cyrus se canta "Jolene"



Una de las cosas buenas de la música es que, si te dejas, te quita los prejuicios y las chorradas de un viaje en el estómago.
Sí, es Hannah Montana, la cantaba Dolly Parton y suena medio country medio no se qué. Pero, chica, me la topé hace una par de semanas y desde entonces me la pongo vuelta y vuelta (en bucle, como se estila decir ahora). 
Pues no se si le gustaría a mi padre, digo yo que sí.

viernes, 12 de febrero de 2016

La Leona

Hay librerías de nuevo y librerías de viejo. Y librerías con encanto donde pasan muchas cosas.
Ésta de la que hablo es dos de las tres, y yo ya estoy deseando volver. 
Volver y que La Leona me enroje la estufa, con una tacita de agua encima para que no me duela la cabeza; contar y que me cuenten cuentos y cosas, o que me canten o lo que sea. Y, sobre todo, darle a la pandereta hasta que se me olvide contar los golpes, mientras la vista se me pierde entre lomos manoseados que invitan a hincarles el diente. Libros con muchas vidas: las que cuentan y las que los han contado. Y que se me pongan los pelos de punta mientras oigo a la librera entonar cantes viejos, y se me vuelva la piel del revés.


Luego nos vamos de cañas, y yo me río mucho, muchísimo, mientras ella, La Leona incombustible, La Leona libre, echa chispas por los ojos y rezunga por todo: por lo mal que está el negocio de nuevo, por los piratas y los corsarios, sobre todo por los corsarios; por los putos grupos de coros y danzas, porque nadie respeta nada, joder, y porque no me quedo a tomar la última caña, y porque somos veneno, es lo que hay.
Esto último, lo del veneno, no es una protesta, en realidad es más la asunción de un principio que hace que nos encontremos, entre nosotras y con otras. Nos topamos en el año 2013, nos reconocimos y, sin prisa, nos hemos ido encontrando cuando ha ido tocando. Ésta vez está tocando mucho, y a mi me parece que vuelvo a casa cuando me mira; hay veces que la pandereta en sus manos es un platillo volante, a la vez es todo muy marciano.
Es vehemente, más que nadie que yo conozca. La Leona tiene mil nombres porque con uno solo no le llega. Sueña con lo que hay que hacer y lo hace, y consigue que tu lo hagas porque es lo que hay que hacer. Es lo que hay.
Y, sí, esto es una declaración de amor. Qué pasa, estoy en mi casa.

martes, 2 de febrero de 2016

Pilas alcalinas y corazones rotos.



No son muchas las personas capaces de romperte en corazón por dos veces. Yo conocí una, y no fue solo mi corazón el que rompió por dos veces, fueron muchos los corazones tocados, heridos, rotos por dos veces.

Algunos nunca se recuperaron. El mío sí, porque para mi fue solo un rasguño del que hoy queda más bien sombra que cicatriz. 
Pero me acuerdo muchas veces.
Fue trepidante conocerle. Vivió a trompicones y de un trompicón se mató. 
La primera vez que rompió corazones fue la más dolorosa, porque lo hizo con un desgarrón lento que se prolongó mucho, mucho en el tiempo. A ratos dejaba de tirar y, de repente, otro tirón y de nuevo a escocer y a doler fuerte el corazón. La segunda fue perpetua y duradera, algunos no se recuperaron nunca.


Hoy me he topado con una foto tuya. Se te veían las tripas por las ranuras de los ojos, majo. Eras excesivo en todo, y todo el mundo te quería. 
Vi llorar a tíos recios y grandes como castillos cuando golpeaste por primera vez, querían agarrarte de la pechera y darte de ostias, pero lo único que hicieron fue socorrerte cada uno como pudo. Y la mayoría pudieron mal. La culpa, la pena, la rabia, el miedo y la impotencia nos hizo mierda las tripas. 
Mi instinto de niña fina me hizo echar a correr, a pesar del tirón que me diste en la manga. Pero es que era de bravucones descerebrados no salir corriendo, cuando las banquetas volaban por los aires y el acero de objetos punzantes restallaba en la oscuridad de los soportales de tu barrio.
Así que allí te dejamos. Aunque no te dejamos solo; tu universo de familia y amigos te abrigaba de cerca, y nosotros de vez en cuando pasábamos a saludar. Aun así, yo sé que si lograbas zafarte del abrigo, siempre tenías quién te hiciera la clá. Eras asquerosamente ingenioso y divertido, incluso desde el fondo del pozo lograbas hacernos reír.

La segunda vez que golpeaste algunos ya estaban resignados. Solo le quedaba rabia a ella, que nunca se resignó.

Y ahora, si paso por la plaza del Salvador y me da por mirar para arriba, me acuerdo de la guarida donde te refugiaste la primera vez, cuando tuviste que escapar; y me la imagino a ella amarrándote por espalda, enredados los dos en una maraña de sábanas sudadas. Y si paso por tu barrio no puedo evitar mirar la rampa de hormigón por donde, cobarde, salí corriendo. Y si veo de lejos el círculo de ladrillos que nos servía de aposento a la orilla del río, no se si reír o llorar.

Pero el otro día, después de toparme con tu foto, casualmente aparqué en tu barrio. Y me encontré con algunos de los de entonces, y nos alegramos mucho y nos abrazamos fuerte. Nos preguntamos si hacía los años que te habías muerto o era tu cumpleaños, o nos habíamos acordado y encontrado así sin más. Y vi que algunos escaparon de la quema la primera vez que les golpeaste, y que otros se hicieron mayores de golpe el día que te estrellaste. Tratamos de echar la cuenta de los años: los años que hacía de esto y de aquello, y de lo otro y lo de más allá; y de los años que hacía que no nos veíamos y de los hijos que habíamos tenido por el camino. Y que si te acuerdas de cuando tal y cuando cual.
Y me dí cuenta de que los corazones se curan, se regeneran y siguen latiendo sin más. Y de que el tuyo sigue latiendo en el de ella, que te recuerda cada día. Yo lo se porque por las ranuras de sus ojos, los de ella, se le ven las tripas también; y allí están las tuyas, con las suyas, enredadas como las sábanas de aquella cama donde te hartaste de sudar.