miércoles, 6 de octubre de 2010

Ositos y conejitos

Ositos y conejitos, ositos y conejitos, ositos y conejitos, ¿a quién se le ocurrió que a los bebés les encanta estar rodeados de ositos y conejitos?, y ¿qué hay de sus padres, eh, qué pasa con los padres?

"Cuando tu bebé llegue a casa le encantará estar rodeado de ositos y conejitos, prepara su nido decorándolo todo con simpáticos animalitos."
Ja, como si fuera tan fácil no hacerlo, a ver quién tiene güevos de encontrar unas sábanas de bebé que no sean azulitas o rositas, y que no tengan ositos o conejitos, o todo a la vez...
Al niño le da igual, a su papá no le gusta el color azulito y su mamá no puede soportar los ositos y los conejitos. Y si cuando pueda señalar con su minúsculo dedo elije una camiseta con ositos y conejitos, habrá que joderse, y estará tan mono... pero mientras tanto, aviso a navegantes, la cruzada no ha hecho más que empezar. El primero que se presente con un portachupetes de Tous tiene premio.

Buscando con qué ilustrar este post, tropiezo con Luke Chueh, un artista obsesionado, como yo, con los ositos y los conejitos... no dejes de echar un vistazo.

sábado, 28 de agosto de 2010

Cosas pequeñas, grandes placeres.


A estas alturas del año es buen asunto aferrarse a los pequeños placeres para sobrevivir a la rutina. Hay cosas muy pequeñas que te pueden proporcionar gran placer.
After Eight está en mi memoria desde que soy capaz de recordar: cuando me quedaba a dormir en casa de mi madrina, cuando a mi padre le visitaba su amigo chalao que venía de Londres, y cuando a mi madre le daba por consentir caprichos. El color, la textura, el sabor. Pero también el packaging, el logo, la tipografía. Todo ha sobrevivdo tal cual, y abrir la caja y sacar un sobrecito negro me sigue emocionando como entonces.
Por eso en la primera compra tras las vacaciones incluí una cajita que descansa en el último estante de mi nevera. La vida es más fácil si tienes pequeños placeres inofensivos al alcance de la mano.

jueves, 19 de agosto de 2010

Pieles morenas, neveras desoladas.










Comenta Luis el de la Overuela, que a pesar del nombre es la persona más cosmopolita que conozco, lo duro que es volver a la realidad, y lo dibuja así de bien:
"Cambiar un atardecer con mojito en una cala perdida por
una tarde ante el mostrador de embutidos para rellenar la nevera".
Y al leerle una oleada de otoño levanta el vuelo de mi vestido veraniego.
Hallar placer tras los mojitos es tan complicado... Pero, ya entrado el mes de octubre, llegará un viernes en que, tras una dura semana de trabajo, te plantarás delante de ese mismo mostrador a elegir con deleite las viandas para disfrutar del fin de semana. ¿Los mojitos fueron reales, aquella cala y aquellos atardeceres no los viste en una postal? Mira que los atardeceres de mediados de septiembre en el páramo hacen estallar una paleta de colores que acojona al café del mar.
Y ya que estamos por recordar a los viejos amigos, tampoco vamos a hacer ahora como Consuelo, que pocas veces hizo honor a su nombre y no se iba de vacaciones para no tener que volver...
En cualquier caso aquí ya nada será igual, ni la lista de la compra ni los mojitos frente al mar.

sábado, 3 de julio de 2010

Facilito, resultón y bien rico.

Llevar el postre siempre es muy socorrido. Si además es sencillo de hacer y gusta a todo el mundo, el éxito está asegurado.
Mañana tenemos comilona con la pandilla de la Vitoria, mira que yo soy muy de mi barrio, pero hay que reconocer que estos chicos son de lo más animao. Son como los hobbits pero en vez de cantar alegres canciones gritan, gritan sin más. Pueden llegar a resultar molestos, pero cuando te acostumbras son divertidos a morir.
30 personas son muchas para dar de comer, pero Pequeño Carli, un grande de la Vitoria, se crece en las multitudes y es capaz de cocinar para todos con mucho amor y resultados más que aceptables. Cuenta con brillantes pinches de cocina y, si hay fuego de por medio, la polémica está asegurada.
De la furgoneta de los Chirus (de los Chirus de toda la vida) dan en salir cubos y tablones que, por arte de birle-birloque, se transforman en una mesa digna de una boda. Vajilla y cubertería de chichinabo y el vermú está servido: martini con aceituna y cerveza fría para dar y tomar.
El menú suele ser arroz o caldereta, pero mañana toca lechazo, que sí se come, porque estamos de celebración. Yo de postre llevo tartas de manzana.
La receta no puede ser más sencilla, así que no hace falta que tomes nota. Los que la habéis probado lo sabéis, gusta a todo el mundo.

Hazte con una masa de hojaldre precocinada, la venden en cualquier super: congelada o de esas que son como las bases de pizza fresca (en la zona de refrigerados), cuestan entre 1,50 y 2 € y bien estiraditas da como para 6 personas. Cualquiera de las dos salen bien, da igual redonda que cuadrada.
Con un par de manzanas tendrás suficiente, si son reinetas mejor.
Medio limón.
Un poquitín de mantequilla.
Un poco de azúcar.
Un poco de mermelada de melocotón, o naranja, o la que te guste.
La masa de hojaldre suele venir enroscada en papel encerado que te servirá para meterla en el horno sin más, directamente sobre la bandeja. Si no es así o lo prefieres, pon albal sobre la bandeja del horno y espolvorealo con harina para que no se pegue. Pincha con un tenedor toda la superficie de la masa.
Pela las manzanas y cortalas en rodajas de medio cm más o menos (es más fácil si las vas partiendo en cuatro, pelas los cuartos y los fileteas) Según vas reservando las lonchas de manzana en un plato, rocialas con limón para que no se oxiden y cojan acidillo, que luego mola.
Pon el horno a calentar, unos 200º.
Cuando tengas la masa cubierta de manzana pon escamitas de mantequilla por aquí y por allá, no demasiado. Luego espolvorea con azúcar, yo no le pongo más de 2 cucharadas, pero no me gusta muy dulce.
Al horno media hora.
Si ves que no se dora a tu gusto, pon el horno solo por encima 3 o 4 minutos, o sube un poco la bandeja, pero que no se te queme por abajo.
Mezcla en un platillo una cucharada de la mermelada que prefieras, unas gotas de limón y a lo mejor unas de agua si te parece que resulta muy espeso.
Cuando saques la tarta del horno (como huele ¿eh?) unta la superficie con la mezcla de mermelada, es un poquitín, nada más para darle brillo. Es más fácil con un pincel, pero si no tienes, con el dorso de la cuchara se hace muy bien.
Y ya está, no me digas que no es fácil. Aguanta bien de un día para otro, y nunca sobra.

Ahora mismo tengo la cuarta tarta en el horno, y no veas cómo huele mi cocina...

martes, 8 de junio de 2010

Cosas que los nietos deberían saber.

Si has terminado los deberes y tienes un rato de asueto, lee y escucha. Yo prefiero leer en silencio y comer acompañada, pero si eres de los que lee con música te recomiendo Cosas que los nietos deberían saber, editado por la gente inquieta de Blackie Books. Es la autobiografía de Mark Everett, al que no tenía el gusto de conocer. Lo leí en silencio hace un par de meses, desde entonces no paro de escuchar.

Mi extensa incultura me proporciona encuentros gozosos de vez en cuando, qué bien.

Sequía otra vez.

Tanta lluvia en los charcos hizo que la sequía inundara el blog...

jueves, 29 de abril de 2010

EL PREDAR SE VA A ACABAR


Parece mentira que a estas alturas haya que decir estas cosas. Y que yo tenga que empezar con esta frase, que parece escupida de una campaña post-transición, de los felices tiempos de Felipe en los que follar mucho era de modernos y estaba bien visto, porque la promiscuidad era como la democracia, un derecho conquistado. Supongo que, estando casada y no participando ya más que de la idea, lo que me ofende es que mis batallitas no sean adecuadamente apreciadas fuera de un selecto círculo… y es que no hay nada más cansino que las mojigatas y los especiales.
No es fácilmente comprensible por gente decente que haya hombres que, al plantearse empujar con una mujer promiscua, sientan rechazo. Intento adoptar su visión, y me imagino que en sus cabezas esos coños reusados están llenos de rastros antiguos, estalactitas y estalagmitas (no me digas cuál va para arriba y cuál para abajo) de semen que dan fe de todas esas noches más o menos divertidas, y que en su estupidez descontextualizan los fantásticos momentos de depredación, alegría, obcecamiento o ideal simplicidad que las ilustraron, o no. Pues una cosa os digo: agua y tiempo, mano de santo.

Se me hace evidente que es un problema de inseguridad, por no ser capaces de gestionar roles propios o ajenos digamos poco discretos..
En la misma línea, el caso de las mujeres - a quienes no me canso de aleccionar siempre que tengo ocasión - se hunde en la falta de coraje para aceptar el papel de cazadora, y no en plan guay, sino en la plena asunción del propio poder sexual y todo lo que conlleva. La resistencia al cortejo como virtud es uno de las cosas que más me revientan en este mundo. Vamos a ver, are you defeated porque te apetece echar un polvo? ¿Qué clase de persona eres, de acción o de reacción? Y, sobre todo, ¿te apetece o no? ¿Qué es esta mierda judeocristiana de considerar la resistencia a los propios impulsos una victoria? Las relaciones de verdad empiezan entre fluidos, si eso es lo que se quiere.
En la vida como en el deporte, la cuestión es ser capaz de elegir o no. Qué chungos son los débiles.

lunes, 26 de abril de 2010

MIEDO Y MÁS MIEDO


Esto se ha retrasado mucho… pero aquí estoy, en la estela de mi co-blogera, para hablar del miedo, y preguntándome la manera de que no resulte excesivamente íntimo.
Todo lo que me da miedo se resume en morirme a lo tonto. La mayoría de los días, al acostarme o al levantarme, me doy cuenta de que x días han pasado demasiado rápido, y me visualizo a los 70 años, mareada, aturdida por la sensación de que ni siquiera las he visto venir y ya me estoy muriendo. Este pensamiento, demasiado frecuente últimamente, si me agarra de noche trae consigo una sensación de muerte súbita… hormigueo en la cabeza (que, por supuesto, se identifica con un aneurisma a punto de estallar), taquicardias que anuncian que mi corazón ya está harto de mí, amén de docenas de microsíntomas que me dicen: the time is now, chata.
Pero el problema no es que mi hipocondría me aterrorice, sino que en esos segundos en los que repaso mi vida no veo nada que valga tanto miedo. El año pasado, cuando tenía un objetivo-obsesivo, me encontraba mucho mejor de salud, aunque estaba triste porque en el fondo sabía que las cosas que un día me gustaron están tan lejos que o no me gustarían, o no tendrían sentido, o no se me darían bien si las retomara. Y seguramente me gustaban porque se me daban bien, o porque me las podía permitir, como los atenienses. O por las hormonas, porque a partir de los 30 ya no se sublima tanto.
En resumen, me da miedo sobrevivir, me da miedo ser tan sumamente cutre que se me acabe el tiempo sin más simplemente porque no se me ha ocurrido nada, o porque no he sabido tomar decisiones, o por algo tan superable como las circunstancias. Me da miedo que me digan que esto le pasa a todo el mundo, porque sé que es verdad y además todo el mundo se muere, aunque sea despacito. Y me da miedo ser de esa gente que vive con la certeza de ser diferente, así en general, y ve pasar el tiempo, y se muere despacito, así, sin decidirlo ni nada.

sábado, 6 de marzo de 2010

Otros miedos

Prometimos tercera parte de la serie "miedos", pero hacemos un inciso y nos asomamos a las ventanas de los vecinos.
Descubrimos otros ángulos de la misma realidad: cómo se manejan los miedos colectivos, que también son una bestia muy útil. Una bestia que es pertinente alimentar, azuzar o mantener apaciguada según requiera la circunstancia. Otra clase de miedo, ésta al servicio del poderoso, sea quién sea. Tendrá que ver también con la biología; los coachers, todologos o nuevos gurús, saben de eso, yo no.
El Sr Cordero, viejo desconocido de mamaquierosemoderna, opina esto de una cacareadísima campaña de márketing new age o perrofláutico como el lo denomina. A mí me ha gustado leerlo (he de reconocer que, sobre todo, por el destello lingüístico de redescubrir el significado de un giro para mí gastado)
Así que invito a las Provincianas a leerle, que nada les gusta más que comentar una macrocampaña. Y, de paso, te pico otro poco a Satratustra, para que pases por aquí y te pronuncies, que se que el tema te interesa y casi cualquier polémica te rechifla.

martes, 2 de marzo de 2010

Miedo II

Cuando era pequeña mi madre podía con todo, y si ella no estaba en casa mi padre hacía las veces. Cuando nació mi hermana, con su diminuta mano me quitó muchos miedos. Y si faltaban los tres, mi abuelo le ponía nombre a los malos y entonces se volvían ridículos.
Una de las cosas a las que más miedo tuve siempre fue a que se me apareciera la virgen. Puede que sea porque el primer día que me pusieron gafotas vi una película en blanco y negro de unos niños que se la encontraban en un cueva, y entre lo borroso y el dolor de cabeza lo pasé fatal. O tal vez por culpa de una señora de ojos gordos con el pelo super cardado que, por aquél entonces, salía mucho por la tele.
El caso es que una noche, sin mi padre ni mi madre ni mi hermana, en una casa muy larga que hoy no existe, intenté rezar. No me sabía ningún rezo oficial, pero intuí que tenía que rimar. Rezaba para que la virgen no se me apareciera. A mi mente acudían imágenes de viejas con los ojos en blanco, y unos niños de un pueblo que se llamaba San Sebastián de Garabandal bajando una cuesta arrastrando el culo hacia atrás... Cuando ya no pude soportarlo más, grité. Grité hasta que mi voz desgarrada atravesó un largo pasillo y trajo a mi abuelo. Creo que no le conté a qué tenía miedo, pero el me dijo que, fuera lo que fuera, lo espantaría con su escopeta.
Aquella noche logré dormir mientras imaginaba a mi abuelo apuntando a la virgen con una escopeta de cartuchos verdes.

Miedo

¿Alguna vez atravesamos una edad en la que no tuvimos miedo? Yo no me acuerdo, pero sí se que alguna vez estuve segura de que los adultos no tienen miedo.
Ahora compruebo que, si no se me ha pasado ya, puede que nunca se pase. No hablo de miedecitos, no, hablo de ese MIEDO que da calambre, que hace que se te aflojen las extremidades y te entre por las tripas una cosa que se parece al vértigo. Luego, cuando amaina, el cuerpo se queda como si tuvieras ardor de estómago en los músculos. Es ese miedo que tenemos de pequeños, ese que alguna vez pensé que desaparecería para siempre.
Sí, ya se, todas esas sensaciones se deben a una descarga de qué se yo que sustancia, que es una herencia animal para salvarnos del depredador, pero da miedo igual.
Aguarda agazapado esperando un bofetón de realidad que lo despierte. Porque ese miedo no se despierta con peliculitas, ni con sustos ni historietas: es una bestia que se alimenta de realidad.

domingo, 28 de febrero de 2010

Concierto del desconcierto, o lo que es la ignorancia.


Cuanto más intrascendentes son las lecturas que se eligen para el autobús, más fácil es que uno se transmute en uno de sus personajes sin darse cuenta.

Eso me sucedió el jueves.

Volver a pasar tiempo, mucho tiempo en el coche es volver a pasar tiempo, mucho tiempo al amor de la radio. Esto hace que una se interese por cosas de lo más variopintas. Anunciaban una conferencia que, por motivos que no vienen al caso, me pareció apetecible; así que al salir del trabajo, en vez de coger el bus, corrí al salón de actos en el que entendí que se celebraba el evento en cuestión. Como llegaba tarde, me precipité por las escaleras viendo de refilón el cartel que anunciaba el programa: conferencia fue la única palabra que acerté a leer, suficiente, ese debía ser el sitio. Pagué sin rechistar los 3 eurazos y, con el programa en mano, me dejé guiar por una señorita a la sala procurando no hacer ruido y no molestar a los ponentes.

Una vez sentada en mi butaca me sorprendió ver un enorme piano en el escenario, qué raro, pensé. Lo primero que escuché fue una alusión a Lewis Carrol, lo cual confirmaba mi interés por el tema a tratar. Pero entonces mi vista se deslizó hasta el programa y, oh, sorpresa: El asunto era una autoconferencia de un importantísimo compositor de piano, seguida de un recital de sus obras a cargo de un joven virtuoso de más de 40 años. Pffff. Me había confundido de obra social, no era una caja sino otra, no era un salón de actos sino otro. Qué rabia.

Tras superar el inicial desconcierto pensé, malo ha de ser que un concierto de piano no me haga pasar el rato y, bueno, la conferencia... igual es interesante, además he pagado 3 euros y ya no llego a la otra ni de coña.

Una hora y 15 minutos más tarde ya no estaba tan segura. El compositor en cuestión estaba haciendo un repaso a su vida y su obra con todo lujo de detalles, y yo no entendía naaada: que si sus primeras obras tenían influencia de no se qué, que si una prestigiosa beca le permitió investigar sobre no se cuál, que si tal premio y cual otro, que si.... uhhhhh. De todo aquello lo único que mantenía mi atención era la pasmosa erudición con la que aquél tipo sembraba su discurso: afirmaba que sus composiciones guardaban relación con fórmulas matemáticas, corrientes literarias, obras arquitectónicas, biología, astronomía, filosofía, neurología... asombroso. Repasó verbalmente todas sus composiciones: encargos institucionales, homenajes a amigos vivos y muertos, autohomenajes... Enumeró las veces que cada una de sus obras se había representado, todas la grabaciones disponibles en el mercado... Y, por fin, tras asegurar que el repaso a su obra había sido somero, dio paso al hasta entonces silencioso pianista que, sin mediar palabra, se aproximó al instrumento y comenzó a tocar.

Yo me reacomodé en la butaca y aproveché para pelar un caramelo. El piano comenzó a sonar y yo me preparé para disfrutar de un placer extraño por poco frecuentado.

Pero joder, extraño de verdad. Aquello era incomprensible para mí, y mira que intenté escuchar el sonido de la proporción áurea, o de la hermenéutica alemana, o el existencialismo o los quásares, pero chico, no hubo modo: chinooooo, tron. Tron-tron, chin, tram, chi-tron. Tron. Después traté de disfrutar sin más, hasta cerré los ojos y respiré hondo... pero nada, aquello era raro y se acabó. Luego empecé a mirar al resto del publico, como había llegado tarde lo que veía eran sobre todo collejas viejas e inmóviles, 3 jóvenes distribuidos por la sala sujetandose las barbillas con la mano, y un preadolescente con cara de obligado acompañado de una señora seria, muy seria. Todos inmóviles, como de cera.

Yo miraba y remiraba, a ver si había alguien con indicios de estar tan desconcertado como yo, o al menos un poco.

Pausa, el pianista se levanta, hace una minireverencia y el público le responde con apenas 70 milésimas de segundo de aplausos. Bueno, tal vez la próxima obra se más accesible a mi ignorancia musical.
Pero comenzó peor, así que tras mirar al reloj, decidí salir escopetada en los siguientes aplausos. No soy yo de molestar.

Como no entendía nada de lo que salía del piano y el gesto del intérprete no daba pistas, no pude anticipar que se acercaba el final, así que el tiempo transcurrido entre que el pianista hizo su minireverencia y las escasas 70 milésimas de segundo de aplausos no fue suficiente para que me diera tiempo a salir sin interrumpir. Mierda, tuve que esperar otra "canción" más.

La siguiente pieza me la pasé concentrada en prepararme para salir escopetada en cuanto el pianista se levantase para su minireverencia, así que no se si en este caso la música fue más o menos comprensible.

Por fin conseguí salir, y un señor aprovechó que yo abría la puerta para salir tras de mí. Yo subí corriendo las escaleras sin mirarle a la cara y sin dejar que el viera la mía, ya no me interesaba si aquél señor salía porque tenía prisa o por que no aguantaba más aquella música raruna.
Cucé de acera, me senté en la parada del autobús y me sentí idiota: por haberme perdido la conferencia que me interesaba, por no atreverme a salir antes de la sala y pedirle los 3 euros a la taquillera alegando mi confusión, por no entender nada de nada... y sobre todo porque me daba igual.

Estaba tan cansada que no saqué el libro el bolso, pero enseguida me dí cuenta de que todos los pensamientos que me habían cruzado la mente durante las 2 horas largas que había pasado atrapada en aquella sala, bien podían haber pertenecido al protagonista de la novela que estoy leyendo y no a mí misma.

Entonces me eché a reír, y es que este libro, sobre todo, me ha dado risa. Solo por eso lo recomendaré. Y puede que esta semana me dedique en el coche a solventar mi incultura musical, o puede que siga escuchando la radio, qué se yo.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Alimentando a la musa.

OSTRAS
Comíamos ostras,
pequeñas ostras dulces y azules;
doce ojos me observaban, inundados
de tabasco y limón.
Yo temía comer ese manjar paterno,
mi padre sonreía
bebiendo su martini
claro como las lágrimas.
Era una medicina muy suave que llegaba
del mar hasta mis labios,
gruesa y húmeda.
Entonces la tragué,
bajó como un enorme pastel de gelatina.
Entonces la comí a la una,
a las dos
y entonces sonreí, y entonces todos reímos.
Dejadme decir algo:
hubo una muerte,
la de mi infancia
allí, en la Casa de las Ostras,
porque yo tenía quince años
y estaba comiendo ostras.
La niña que yo era fue vencida
y ganó la mujer.

Anne Sexton

viernes, 15 de enero de 2010

Comida de viejas.

Venga hombre, cómo que no sabes hacerte unas lentejas, no me jodas. ¿Tienes una olla exprés?, ya te he dicho que no es peligrooosa.
Pon las lentejas a remojo, dicen que las de la Armunia son las más ricas pero yo prefiero las pequeñinas. Si has decidido de repente que quieres lentejas tampoco hace falta que estén a remojo mucho rato, como las alubias: ponlas en agua bien caliente y, si las has lavado un poco primero, luego podrás aprovechar ese agua para guisarlas, que tiene mucho sabor.
Lo ideal es que las pongas la noche anterior pero si no, no pasa nada, las tienes más tiempo en la olla y fuera.
Anda, que no era complicado antaño: se extendían las lentejas en una bandeja y había que escogerlas, quitar las negras y buscar cocos (nunca encontré uno). Luego, al ponerlas a remojo había que deshechar las que flotaban (por ellas debían haber pasado los cocos dichosos). Ahora los cocos no existen, y si existen yo me los como y me saben tan ricos...
Bueno, al lío: ahora vierte las lentejas con su agua en la olla, añade tres o cinco dientes de ajo así, sin pelar ni nada. Una zanahoria, una hoja de laurel minúscula (o un trocito de una grande), un puerro entero (o un trozo de cebolla), una patata pequeña si no te gusta comertela luego (dos si te las comes), un trozo de chorizo para cada comensal. Un poco de sal, asegurate de que todo está cubierto de agua, cierra la olla y al fuego. ¿Tiempo?, según la olla, en la mía la medida es que suban las 2 rayas, apagar y dejar, si no las he dejado mucho tiempo a remojo. Si las puse a remojo la noche anterior, dos rayas, retirar y empezar a abrir escotillas.
De todas formas, no es tan complicado: si no tienes olla y tienes tiempo, pues en un puchero hasta que estén hechas, con cuidado de mantener el agua a nivel (vas añadiendo si es necesario). Y si tienes olla y no la dominas, vas probando.
Que abres y el caldo ha quedado muy flojucho, pues aplastas un trocito de patata con una cuchara y le das otro hervor con el puchero destapado (para eso es la patata, aunque luego no te la comas). Pero ojo, al enfriarse espesan, así que no te pases. Y si te pasas, añades un pelín de agua fría y meneas un poco el puchero para que aligere.
Ojo, que no se te peguen, mantén el fuego bajo, no hay nada peor que las lentejas pegadas, nada.
Luego, cuando le hayas cogido el punto, puedes convertir las lentejas en plato único: añade un hueso de jamón, tocino y morcilla y ale, a untar como loca. Hay quién añade un puñito de arroz, dicen que así constituye un alimento completísimo... Mi madre se queja de que si lo hace no nos las comemos, pero a mí así me saben a colegio, y eso que he comido poquísimas veces en el colegio (ya las comió todas mi padre por mí). Así que de segundo mi madre siempre pone pescado, yo hoy, filete de lomo.
Vamos, que no es tan complicado, aunque puedes complicarte todo lo que quieras: trocear las verduras y sofreírlas antes y qué se yo. Pero a mí así me salen buenísimas y es sencillo, rápido y para toda la familia.
En cualquier caso, ya sabes: comida de viejas, si quieres las comes y si no...

sábado, 9 de enero de 2010

Vampiros en la Habana

Por aquél entonces los vampiros no eran como los de ahora, que en vez de chingar subliman sus instintos sobrevolando bosques como imbéciles. La tele tampoco era la misma y, desde luego ni los padres ni los maestros se parecían en nada a los de hoy, al menos los que yo tuve la suerte de tener. De no ser así, no habría modo de explicar el impacto que esta peli produjo en las vidas de los niños de mi clase, pasamos largos recreos jugando a ella en el colegio con rejas en el que nos encerraron tras años de vida salvaje. Inventamos una canción sobre sus personajes que aun me sorprendo tarareando de vez en cuando.

Ahora la veo y entiendo algunas cosas, otras no... pero qué más da. Te la recomiendo, y no se si a tus hijos también.