miércoles, 28 de octubre de 2015

Qué cosa el amor. Y qué cosa las fresas salvajes.

Me piden que escriba sobre el amor. No aquí, claro, en otro sitio. Y me pone contenta. No que sea sobre el amor, eso no especialmente.

Y es que, vaya tela, sobre el amor, nada menos.
Tendemos a pensar que es una cosa muy grande, el motor de universo y todas esas mierdas. Pero hoy se me ocurre que es más bien la consecuencia de cosas muy pequeñas que estallan a lo grande; o que, al menos, ahí está el germen de lo que entendemos por amor, así convencionalmente. 

Hoy no tengo ninguna gana de pensar en el amor en términos filosóficos, ni biológicos, ni tampoco culturales. No hablaré, hoy al menos, de las diversas clases de amor en función de sus múltiples sujetos y cuáles sean sus parentescos o ausencia de estos entre ellos. Ni mucho menos me apetece hacer reflexiones sobre el amor de pareja heterosexual, monógama y todo eso que terminará puliéndonos como especie. Ni me voy a cagar en el mito del amor romántico que va dejando cadáveres a su paso.
Así que me dispongo a divagar, que para eso estoy en mi casa y en chándal. Ya cuando vaya de visita me pondré el traje de domingos si es menester.

Entonces, así en chándal como estoy, me acuerdo de las fresas salvajes esas que crecen en un rincón de mi jardín, sin que las riegue nadie ni nada. Que de tantísimo sabor que tienen parecen artificiales y te hacen entrar en delirio, aunque sea sólo por un instante.

Sin entusiasmarme especialmente las fresas, me gustan estas fresas salvajes diminutas, que parece que no están maduras y, cuando te las metes en la boca no sabes si serán ácidas, dulces o pelín amargas. Y que, siendo cualquiera de las tres cosas o las tres a la vez, te pueden hacer entrar en éxtasis fugaz o dejarte indiferente.
Si te dejan indiferente, pues a otra cosa, mariposa. Hay más rincones en mi jardín.
Pero si entras en éxtasis, pueden suceder dos cosas: que quieras comerte otra inmediatamente, o que te quedes remoloneando en la sensación.
Si te quedas remoloneando en la sensación (mola mucho si no eres de carácter ansioso) pues mira qué bien, qué suerte la tuya, oye.
Pero si eres pelín compulsivo y decides comerte otra, pueden suceder dos cosas: que el sabor no sea ni parecido y la nueva te resulte de todo punto insulsa, o que de nuevo se produzca el estallido.
Si resulta que es insulsa, puedes retroceder un párrafo y vuelta a empezar, o entrar en casa y olvidarte de las fresas salvajes por un tiempo.
Pero si de nuevo se produce el estallido... es raro que se produzca tan seguido, la verdad. Pero si sucede, ay si sucede, puedes entrar en compulsión y acabar con la mata entera, de modo que lo que fue éxtasis se convierta en un estar a gusto tibio que nada tiene que ver con explosiones.

Y es que, al parecer, hay tiempo para todo: para estallidos y para emociones templadas. Qué tienen que ver ambas cosas con el amor, y qué demonios sea esto último, ya lo hablaremos otro día.
Que yo ahora voy a salir a husmear en la mata, que lo que me pide el cuerpo es un buen estallido, y me da igual que no tenga nada que ver con el amor. Cómo si no voy a acumular experiencias para escribir eso que me han pedido. Y no pienso contarles si me voy a dar un atracón o me quedaré remoloneando sensaciones. En cualquier caso, la mata es muy pequeña, tampoco da para tanto, oiga.


Notas:
Sí, hay un homenaje entre líneas a Cuando nace un monstruo. ¿No es acaso el amor una cosa monstruosa que, en ocasiones, se agazapa debajo de tu cama?
Ya se, ya se, el chándal le da miseria al alma, ahorita mismo me arreglo un poco.


lunes, 26 de octubre de 2015

Algún día mis ojos encenderán luciérnagas. Siempre Gioconda Belli.

Collage obra de Mariano Percinetti.




Estoy viva
como fruta madura
dueña ya de inviernos y veranos,
abuela de los pájaros,
tejedora del viento navegante.
No se ha educado aún mi corazón
y, niña, tiemblo en los atardeceres,
me deslumbran el verde, las marimbas
y el ruido de la lluvia
hermanándose con mi húmedo vientre,
cuando todo es más suave y luminoso.
Crezco y no aprendo a crecer,
no me desilusiono,
ni me vuelvo mujer envuelta en velos,
descreída de todo, lamentando su suerte.
No. Con cada día, se me nacen los ojos del asombro,
de la tierra parida,
el canto de los pueblos,
los brazos del obrero construyendo,
la mujer vendedora con su ramo de hijos,
los chavalos alegres marchando hacia el colegio.
Si.
Es verdad que a ratos estoy triste
y salgo a los caminos,
suelta como mi pelo,
y lloro por las cosas más dulces y más tiernas
y atesoro recuerdos
brotando entre mis huesos
y soy una infinita espiral que se retuerce
entre lunas y soles,
avanzando en los días,
desenrollando el tiempo
con miedo o desparpajo,
desenvainando estrellas
para subir más alto, más arriba,
dándole caza al aire,
gozándome en el ser que me sustenta,
en la eterna marea de flujos y reflujos
que mueve el universo
y que impulsa los giros redondos de la tierra.
Soy la mujer que piensa.
Algún día
mis ojos
encenderán luciérnagas.
Gioconda Belli

martes, 20 de octubre de 2015

Lily Allen tiene miedo. Yo, de momento, no. Algunas reflexiones sin ton ni son.





Plastic rima con fantastic. Pero eso ya lo sabíamos, que sí.

En este momento que me ha tocado, o que me he buscado, sólo ficción y mucho volumen redimen. Y tampoco del todo, no te creas.

Tener una cara anodina no importa si sabes poner cara de colgada y posees un culamen como el de la Allen.

Esta debe ser la caravana con la que Sara soñaba el invierno pasado.

Inspirar ternura me da un poco de repelús o mucho por el saco, no termino de tenerlo claro, ya ves.

No me gusta ir de compras acompañada. No me gusta ir de compras. El vestido de la Allen me mola ¿me quedaría bien?

Lo de soltar la hoja este otoño me está costando más que al chopo de detrás de mi casa, que no caduca ni patrás.

Que ya lo se, que esto no tiene ton ni son, pero sigue siendo mi casa y escribo lo que me da la gana. Faltaría más.




jueves, 8 de octubre de 2015

Barra libre, vente,vente...



Barra libre.
Quiero barra libre de besos, y de versos.
Que toques la guitarra o el bajo o lo que te de la gana hasta que te duelan los dedos.
Y que me cuentes todo lo que sepas, y que te inventes cosas también.
Y pasear contigo paseos viejos, tropezar por los caminos y preguntarnos quién coño pinta de blanco las mierdas de los perros en los parques.
Que nos pille la tormenta y que se nos mojen las carpetas, cogernos una pulmonía y sudar juntos el catarro después. 
Y que se entere todo el mundo, y al que no se entere se lo hacemos saber.
Y que todo se nos olvide pero nos deje huella en la piel.
Eso quiero.
Y quiero que lo quieras tu también, veinte veces después. 

domingo, 4 de octubre de 2015

Agujeros negros.


En sueños todo el mundo entiende lo que es un agujero negro, incluso sabemos cómo funciona. 
Algunos, además, somos capaces de pasearnos por la línea esa de no retorno, y volver.
Despiertos a veces querríamos que se nos tragara uno, y convertirnos en un punto de densidad infinita y dimensión cero, o como coño sea eso, que ahora estoy despierta y, mira, no entiendo nada.