lunes, 28 de diciembre de 2015

jueves, 24 de diciembre de 2015

Fun, fun, fun, es navidad.



De la navidad me gusta:

Beber champán y comer turrón del blando, todo junto.
Los anuncios de perfumes, mucho. Más que los propios perfumes, mira qué apañadita salgo.
El olor del horno encendido. Casi me da igual lo que haya dentro, a baquelita quemada.
Cantar, aunque sea la misa campesina.
Los peliculoncios que echan por la tele hasta altas horas de la madrugada. O que echaban, ya no se. Y ver con mi padre 2001 odisea en el espacio por millonésima vez. O 7 novias para 7 hermanos, lo mismo me da.
Salir hasta las tantas muchos días seguidos, y que siempre haya gente en los bares, empalmar un plan con otro, y una pandilla con otra y así hasta el amanecer.
El concierto anual de la Orquesta Diamante, aunque éste año, ya se, no podrá ser.
El concierto de año nuevo a todo volumen, aunque la resaca sea infernal.
Que me manden mensajes inesperados y personales. Y si no son personales, por lo menos que sean inesperados.
Escribir postales, aunque luego se me olvide echarlas al correo y nunca lleguen a tiempo.
Las sobras de los festivos recalentadas a diario. Ay, qué ricas.
Trabajar de librera, atender a señoronas y envolverlo todo para regalo y por separado. Y que la tienda esté llena y tengamos que empujarnos un poquito con los codos y las caderas para movernos por el mostrador.

Que se me da muy bien.


En navidad me acuerdo:

De la fiesta de mi colegio encantado y de las obras de teatro. Entre aquellas bambalinas se forjó una vocación que, años más tarde, se vio frustrada porque no tuve cojones de hacer el pino. Pero esa es otra historia.
Del aguinaldo de mi abuela, que siempre incluía peladillas y naranjas ácidas vaya usted a saber por qué; y del cumpleaños de mi abuelo y las comedias con mis primos los de Tordesillas, el verdadero pistoletazo de salida de la navidad, me río yo de la lotería.
Del famoso brindis de mi primo Samuel: que tengamos buena cosecha de patatas. De la teta de Sabrina, no lo niegues, tu también.
Del fin de año en que a mi tía le salió salado el bacalao con patatas y fue un drama.
De los villancicos de mis vecinos, y las visitas furtivas y cruzadas a los trasteros para fisgar los regalos de reyes.
De la primera nochevieja de mi hermana y el cepillo de pelo diabólico, que nos costó un corte de flequillo in extremis, no fue un drama pero casi.
Del olor a vinagre en el horno de gas de mi abuela. Y del cardo con almendras de mi otra abuela. Y las manos negras.
De los fantasmas sentados a la mesa, y del año que mi madre juró que iba a llenar el salón de fotos de familia.Y de la huida, porque oye, ni por esas los logramos espantar.
De los viajes huyendo a uno y otro confín, y los minibotellones con mi hermana en las habitaciones de los hoteles.
De aquél hotel en Roma cuyo ascensor parecía una caja de muerto, donde lloré lo que no está escrito.
Y de aquella espera, en ningún momento desesperada, que me dejó desangrada y magullada, y me cambió para siempre. De la taza blanca con consomé que me recompuso, amén de dos bolsas de plaquetas en vena, y la inundación de amor que sobrevino cuando llegaste, tan bonito. De tu olor a sangre fresca mezclado con el de tu padre, y el perfume dulzón de mi hermana. Pero esa también es otra historia que aun no ha de ser contada.

Feliz navidad feonautas queridos, y que el cristo de Palacaguina sea con vosotros y vuestros jodidos fantasmas.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Canciones que me hacen llorar II Eima



No me hacía llorar, pero un día lo hizo y ya no pude parar.
Antes de que me hiciera llorar me hizo bailar. La primera vez fue en Barcelona, en un hotelazo, rodeada de señores trajeados que se inflaban a cubalibres. La canción no sonó allí; pero por aquél entonces, si salías a fumar no era por una prohibición nueva y, claro, enseguida los tarambanas nos encontrábamos. Con un tarambana me encontré, y le cambié el disco por un rato de alegre cháchara.
Luego ya me traje el disco a casa y gustó. Le gustó a todo el mundo, lo cantaban las orquestas en las fiestas de los pueblos y todo. 
Y ¿cómo fue que un día me hizo llorar?, pues porque siempre estabas medio amarillo y no te quitabas la pelliza ni en medio del infierno. Y porque me besabas sin abrazarme cuando nos encontrábamos y te olvidabas de despedirte si podías. 
Así que eso, que el que no te quiera y te busque mal me encuentre a mí. Que han sido muchas pájaras, majo.
No se, no creo que ésta canción le guste a mi padre.

martes, 15 de diciembre de 2015

Yo salí una noche con CpuntoSpunto.

León siempre es una buena opción. Y no lo digo porque mi hermana sea de allí, que también.

Hasta que no vea a las chicas echando talco en el suelo para bailar, no paro.
Ahora que por fin he catado el Purple, tengo más motivos para decir que esa ciudad es un triunfo. Pero, además, hay otra razón. Es verdad, no es una razón muy alta pero sí de peso. De peso específico.

Pasaron muchas cosas esa noche. Y otras que no pasaron pero pasan.  
De algunas no me acuerdo, otras me las vendrán a recordar. 

Pero de lo que ya no me puedo olvidar es de que, aunque no estudié en su promoción, yo salí una noche con CpuntoSpunto

Ahora necesito volver a verle pero, por favor, que no sea antes de 8 o 10 meses, menos es más. Es un personaje singular. 
Primero me hablaron de él y, de inmediato, me entraron ganas de ponerle cara y cuerpo. La reina recia del barrio del MUSAC fue la primera en mentarlo; ella solo adora o detesta, y a CpuntoSpunto, por supuesto, lo adora.
Enseguida se me logró conocerle en persona, no hizo falta esperar mucho. 

Lo mío con este lugar es idilio de verdad.
Lo encontramos sobrio en un bar, el mismo en el que mi Pro se lo había encontrado un año antes. Cháchara amable, desbocada y en cascada, pero con mirada atenta e inclusiva. Ya si eso nos vemos luego, dijo, y si no, nos llamamos y nos buscamos. 
Horas más tarde, nos encontramos sin necesidad de llamarnos, y sin buscarnos. Ya no estaba tan sobrio, sí mucho más cariñoso, sin llegar a ser baboso. Nosotros vamos aquí, ah, pues nosotras íbamos allá, pues luego nos llamamos y si no, nos buscamos, dijo otra vez. 
Horas más tarde (las horas en el barrio húmedo vuelan y empapan) nos buscamos y no nos encontramos. Nos llamamos y no nos localizamos. Hasta que, ya sin buscarlo, de nuevo nos topamos. 

Al rededor de CpuntoSpunto pasan muchas cosas, y eso era justo lo que a nosotros nos hacía falta en ese preciso momento: que pasaran cosas. 
A partir de ahí la noche se transformó en una sucesión de capítulos a cuál más disparatado, cada tanto trufados con desternillantes flabacks al pasado universitario de los protagonistas: CpuntoSpunto y mi Pro, que hicieron desfilar ante mí a sus secuaces pintamonas, gentes amigas de maquetas, volúmenes, caballetes y disolventes. Cada uno iba prologando al otro en la introducción de los diversos saltitos temporales, hasta que la visita narrativa al pasado se veía interrumpida por un baile frenético, la aparición estelar de algún admirador de CpuntoSpunto, o un suceso disparatado de los muchos que acontecieron esa noche. Sí, puede que este párrafo resulte confuso, la noche, por momentos, lo fue, pero tan divetida...

Con las mangas de su chaqueta de lana y con su frente despejada, CpuntoSpunto limpió las barras de algunos bares. Por dos veces tratamos de recomponerle y vestirle para meterle en un taxi rumbo a su cama. Pero CpuntoSpunto es capaz de pasar de la seminconsciencia a la plena lucidez como un Ferrari, de cero a cien en tres segundos.
Una vez recompuesto incluso fue capaz de socorrer y sermonear a unos jovenzuelos al borde del coma etílico, llamar al 112 y hacerles jurar que aprenderían de la experiencia; para volcar de nuevo él mismo en la barra del siguiente local.

Lo mismito, lo mismito este estudio que aquél, maaadrededios.
También trató de sacudirle las pelusas de los pantalones a algunas féminas; CpuntoSpunto, no me toques el culo, hubo que decirle en un par de ocasiones. Pero como es un tipo carismático, bailoteó con el mismo entusiasmo a cincuentonas peliteñidas fans de los Quijano que a jovezuelas perreantes vestidas con tops imposibles en el enero leones. Porque CpuntoSpunto las baila, eso es así.

CpuntoSpunto es un ser mítico, mitiquísimo. Pero de los de verdad, por eso me permito esta licencia lingüística que a mi Pro exaspera.

Siento no ser más excelsa en mi crónica, pero a CpuntoSpunto hay que vivirlo en carnes propias, y gracias a la reina recia del barrio del MUSAC y a mi Pro, hoy puedo jactarme de que yo salí una noche con CpuntoSpunto
No descarto repetir. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Canciones que me hacen llorar I. Redemption song



Corría el verano del 2003 cuando, cual trío de telmayluises, nos lanzamos a la carretera. 
Era mi segunda incursión a las playas gaditanas en ese verano, llevaba el corazón hecho trizas y el firme propósito de recomponerme aunque fuera al borde de un barranco. 
Un noche me vestí de amarillo chillón, que en verano, como soy negra, me sienta bien. No tenía ninguna gana de pasar desapercibida. 
Pero llegamos demasiado pronto al chiringuito y, en lugar de la tralla electrónica que yo esperaba como agua de mayo, nos topamos con un concierto de reggae dulzón. Allí nos plantamos, en la arena frente a la Gata, ese lugar habitado por artistas de medio y pelo entero, jipis de postal y pandillas de veraneantes que se creían lo uno o lo otro. Y algún colgao, claro.
Allí estábamos las tres, bailoteando el conciertito, yo con mi camiseta de rejilla amarilla (que no era mía, que me la dejó Lucía), cuando, de pronto, sonó esta canción. Y, entonces se abrieron todas las compuertas del pantano de mi pena, y me puse a llorar como una niña, con mocos, hipo, tembleque y babas. Y quise volverme invisible, pero no podía porque estaba en medio de una multitud y además llevaba una camiseta amarilla. 
Justo a mi lado había un tío muy muy alto, que sale mucho en televisión y no parece tan alto. Claro, me miró y antes compadecerse, quiso saber, porque segundos antes me había visto: radiante, morena, contenta y vestida de amarillo. El pobre trató de ser afable, me tocó el brazo con delicadeza y me dijo -¿qué te pasa?, ¿no te gusta la canción?. Y yo, me zafé de su mano y, como una niña tonta le contesté -Cállate, gilipollas. El pobre se lo tomó bien.
Pero el dios de los rastafaris me castigó cumpliendo mi deseo, y me convirtió en invisible para el resto de la noche. Por eso cuando se cerraron las compuertas y se me pasó la pena, no conseguí que me mirara el batería de 7 notas 7 colores, que hacía de dj esa noche, llevaba una sudadera roja de capucha como la de Ellen Page (la sigo queriendo), era muy alto, muy rubio y con cara de bruto. Y mira que lo intenté, hasta el amanecer.
Y esto es todo lo que tengo que decir al respecto.
La canción en cuestión también me hace acordarme de la peli de La playa. Sigo pensando que, si en lugar de protagonizarla un inmaduro Di Caprio, la hubiera hecho Brad Pitt, que hacía de loquito como nadie, hubiera sido un peliculón. Aun así la peli me gusta, la canción también. Y ya no me hace llorar.
Pero quién sabe cuándo, por sorpresa, se abrirá la compuerta del pantano de la pena. Mejor no te pille cerca, amigo, ya lo sabes, me pongo muy desagradable.
Esta canción le gusta a mi padre, claro que sí.

martes, 8 de diciembre de 2015

Conclusiones tras la senda del oso.


Que soy más simpática cuesta abajo, pero te quiero más cuesta arriba. O al revés. O yo qué se.



Que las ruedas y los pedales están muy bien, pero mis piernas y mis pies son un milagro. Las tuyas también.

Que qué rica una solana cuesta abajo, y qué rico un sombrío cuesta arriba.



Que al final del túnel se ve la luz, si es que al final de túnel hay luz.

Que me veo perfectamente capaz de afrontar un parto a pelo; pero infringirse autosufrimiento, como me parece que implica el deporte, no va conmigo. No señor.

Que no es lo mismo un camino circular que uno de ida y vuelta, quién sabe de cuál de ellos será ésta vida. Qué vida ésta.

Que un punto de apoyo da seguridad pero, en ocasiones, es un lastre.

Y que qué rico sabe un cacho pan en el campo, coño.