jueves, 22 de mayo de 2014

Sombreros.

http://luciabe.blogspot.com.es/p/ilustraciones.html
Vengo de una ciudad en la que si llevas sombrero eres una puta, también eres un poco guarra si vas en bicicleta, fumas o has tenido más de dos novios.

Mi abuelo paterno llevaba siembre boina, en invierno para protegerse del frío y en verano para resguardarse del sol. Siempre la misma boina.
Mi abuelo materno no salía de casa sin gorra o sombrero. Estaba bien elegante con cualquiera de los dos.
Mi hermana le da nombre a un sombrero, exquisito, por cierto.
Mi madre es más de atarse pañuelos a la cabeza.
Mi cuñao el de michelín, como tantos otros, solo gasta gorra o sombrero si está de vacaciones. Un extraño fenómeno que se da mucho.
Mi excoblogera se plantó una pamela el día de mi boda que nos dejó a todos pasmaos. Es la misma del trikini dorado del que os hablé, sí, la que se casó en las Vegas, así que como comprenderás, a ella lo que digamos en provincias lo mismo le da.
Conozco a uno al que nadie ha visto jamás con la cabeza descubierta. A lo mejor le conoces tu también.

Y mi, así como las gafas todas me sientan bien, los sombreros me quedan como el culo. Pero, aunque solo sea por tocar las pelotas y acompañar a alguna, mañana me planto un sombrero, hombre. 

Ahora que he descubierto que soy yo muy de canotier. Este, también de Lucía B.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Mi taller y yosoylape. Escuela de seductores y patios de vecinas.

Ser moderna y ser blogera es ser prescriptora. Aunque sea a cambio de ná, por el puro gusto de recomendar y compartir. Mucho se ha hablado últimamente de blogeras negociantas, ni yo ni mi Provinciana somos de esas, qué va, y mira que esta prescribe mogollón.

Y es que esto tiene mucho de patio de vecinas, de vecinas de las de antes: que si mira esto me ha salido bueno, que si yo ahora estoy gastando de esto otro, que si tal que si pascual...

Penélope Pez es en realidad ilustradora y rockera.
Mención a parte merecen las yotubers esas de las que se a penas nada, sigo así por encima a Penélope Pez, por eso se de qué va el rollo, es flipante si no habéis visto nunca un vídeo de estos: va una tía y se graba enseñando los productos que ha comprado en el mes (lo llaman haull o algo así), desde maquillajes hasta productos de limpieza, pasando por galletas y ropa... ¿es marciano?, pues lo parece, pero lo que te digo: patio de vecinas. ¡Y luego van y graban otro vídeo de productos terminados!: de este repito, de este ni de coña... y así. Tiene algo atávico, hipnótico, no se. Antes esto se hacía en la cola de la pescadería, y mucho antes a la puerta de las cuevas, supongo.


El caso es que he vuelto a pinchar una rueda (y van tres), y además me toca revisión de cambio de aceite y cosas de esas. Los viejos lectores ya saben qué opino sobre el intrusismo profesional en general, y el que afecta a los mecánicos en particular, así que he llamado al taller para pedir hora. A mi taller, el de Antares.
Mi mecánico es un seductor nato, se parece al Lichis de la Cabra mecánica, la misma voz de pendenciero. Te llama por tu nombre y te pregunta por tus cosas lo primero de todo. Oye, eso gusta y el lo sabe. Luego ya te mira precios de repuestos y con lo que sea te llama. Así es. Los chavales que trabajan con el son aprendices, no de las cosas de electromecánica y chapa y eso, que chanan un montón; aprendices de seductor, y aunque no les es innato como a su jefe, se les va dando bien. 
En cuestión de talleres hay que fiarse, yo me tengo que fiar. Que me puedo hacer la lista y decir que se lo que es la juntalaculata, pero a mi es como si me hablas del condensador de fluzo, lo mismito. Así que voy y me fío, como cuando voy al médico: o es para fiarme y confiarme o, chica, pues no voy. 
En Antares te lo explican todo, dos veces si hace falta. Yo hago como que me entero, sí, sí, sí, como cuando mi padre el pobre trataba de explicarme las derivadas, pero en realidad no me cosco de ná. He decidido fiarme, ya está. No soy de las que van al médico pidiendo que le hagan una resonancia; no voy al taller y pongo en duda si me toca cambiar ya el filtro del polen (jaaaa, el filtro del polen, qué cosa) No soy de esas personas que.
Así que, hale, te recomiendo mi taller: porque me fío, de alguien te tienes que fiar. Porque son guapos, majos, están limpios aunque tengan las uñas negras y huelen bien.

jueves, 8 de mayo de 2014

Echo de menos a mi hermana, echo de menos decir lo que me de la gana.

Corría agosto de 2007 cuando abrí esta ventana.

Dos factores me empujaron a hacerlo: había decidido cambiar de trabajo y, por motivos de contrato, debía permanecer un mes en la empresa vieja antes de empezar en la nueva. Qué tiempos aquellos en los que se podía elegir trabajo... El caso es que, encerrada en aquella torre de Mordor sin nada que hacer, me dediqué a coquetear con la tecla.
El segundo factor también me resulta remoto al cabo de los años: la pandilla se había disgregado y nos comunicábamos via mail de manera frenética. Pensé que esto sería una plataforma para contarnos cosas.
Todo quedó en un tu a tu con mi cobloguera y sin embargo amiga. Enseguida me quedé sola, la puerta sigue abierta para cuando quieras volver.

Durante mucho, mucho tiempo me divertí infinito jugando con esto. Me dio alegrías silenciosas. Muchas. Antes de que ser bloguera fuera muy molón, esto era un rollo underground del que poco se sabía en mi mundo 1.0

La ilustración es de Oliver Jeffers. La subo porque así pruebo si me acuerdo cómo se hacía, y si se sigue haciendo igual.


Tiempo más adelante mi persona se disgregó en varias, es como si este viejo post lo hubiera augurado. Empecé a escribir para Saltalarana y a pasar menos por aquí. Además mi madre empezó a leerme y me dio tanto pudor... Pero mi hermana Provinciana también lo hacía, y era como charlar las dos bajo el mismo edredón. Luego llegó Facebook y dio al traste con todo.

Parí, y durante dos años ni pisé por aquí. pero lo echaba mucho de menos e hice una intentona. Y otra. Y otra más. Jamás recuperé la continuidad.

De vez en cuando entro a quitar pelusas y telarañas. A veces me río de lo boba que era, otras me sorprende mi propio ingenio, ya ves. Me leo en mi primer día como librera, también en el último. Leo la cantidad de cosas que recuerdo de mi niñez, y no me acordaba que me acordaba hasta que me puse a escribirlas. Me leo y no me acuerdo si recuerdo o invento. Pero sí se que lo pasábamos bien.

Te echo de menos, coño, pero no puedo prometerte nada, ya lo hice una vez...