jueves, 24 de marzo de 2016

Casi todo el rato, la vida.



No sé, a veces la vida es una frutería de barrio un martes de primeros marzo a las 19:45.
La frutera, joven y peinada de peluquería, se afana en limpiar el espejo ese oblicuo que tienen las fruterías de toda la vida. Como es marzo, ya se van notando los días, pero como la tarde está de lluvia, pues es todo bastante gris. 
Por eso se respira un aire preñado de anticipos y de finales a un tiempo. Es de día, pero ya es de noche; ya no es invierno pero todavía no es primavera. Tarde para casi todo, demasiado pronto para nada.
No son horas de que esa mujer joven esté allí sola trabajando, pero tiene la tienda que da gloria verla, a lo mejor está donde quiere estar, o nadie se lo ha preguntado. Igual la vida es eso y ya está. Otros días no se conforma una con nada, joder.
En cualquier caso, se ha abierto el semáforo y yo meto primera. Si ese no es mi barrio, qué más da.
A mi padre la canción le gusta, claro, pero más la de Bob.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Camisetas ayer, trapos mañana III


A mi madre no le gustaba ir de compras, así que, un día, en los albores de mi adolescencia, me dio dos mil pesetas y me dejó ir de compras con mi amiga. Qué horror. A esa edad, en las tiendas, sin madre, no te hacen caso, eso es así. 
A mi madre sigue sin gustarle, pero ahora que la madre soy yo, en las tiendas ya no se estila hacer caso ni a las señoras. 

Aquél día me compré una falda y una camiseta, no me dio pa más, hija. 
El look resultante me marcó hasta día de hoy: 
falda muy corta y pegada, camiseta holgada. 
La falda era elástica y de color beige. Y la camiseta, maravillosa. No le corté el cuello porque todavía no tenía costumbre y, además, no le hacía falta. Era de rayas finitas (finitas de delgadas, no de sin fin) horizontales; los colores naranjas, marrones, rojos, mostaza, amarillos: como si cruzases los colores del jersey de Epi con los del de Blas. En horizontal. 

Las rayas de las camisetas, siempre en horizontal. Posiblemente aquella camiseta fue la primera de muchas camisetas de rayas que vivieron después. Señalar algunas memorables:

Aquellas de cuello de panadero, así tipo borroka, con rayas finitas bicolor (morado y negro, rojo y gris, gris marengo y gris antracita) Aquí en el valle eran imposibles de encontrar, había que encargarlas a vascongadas, y en Cantarranas eran lo más. Esas todavía existen, llenas de piteras, sí, pero ahí están, al fondo del armario a la derecha, cuando quieras te las presto. Las había también del mismo pelo, pero con cuello barco en lugar de panadero, y las rayas pelín más anchas, las favoritas de mi cuñada favorita.
Y hubo una que yo le robaba recurrentemente a mi hermana, en la época de sus 14 años, cuando nos reconocimos. Era de rayas blancas y rojas, ajustada y elástica, con cuello extra barco que dejaba los hombros al aire. Era solo de salir. Hasta que una de las dos la manchó de calimocho, y se echó a perder para siempre. 
Las camisetas elásticas no son muy aptas para trapos. 
De rayas hubo muchas más, aún las hay, sería largo de enumerar. Sólo decir que, durante una época me las tuve que prohibir, las rayas en las camisetas. Hoy ya no reniego: cuantas sean necesarias hasta dar con la definitiva. 
Por eso la mayoría de los trapos de mi casa son de rayas. 

El caso es que aquél híbrido de Epi y Blas que ahora nos ocupa, gozaba de una calidad extraordinaria; no perdió ni pinta de color, es más, era de esas prendas que, incluso, ganan en textura con los años y los lavados. Ya no las hacen así.  
Me la puse durante años para todo: para ir a clase, para salir, para estar en casa, para dormir, me la llevaba siempre de vacaciones; con una de manga larga debajo, con pantalón, encima de un vestido... También se la ponía mi madre. De hecho, aparece recurrentemente en las fotos de una amplia franja de años: fotos de pandilla, fotos de familia, vacaciones familiares, fiestas de pueblo, acampadas, fotos en casa para acabar el carrete...

6 años después de que mi madre me diera las dos mil pesetas para que me fuera de compras, mi amigo del alma se marchó a vivir a Alemania. Me dio tanta pena y le gustaba tanto aquella camiseta, que se la presté con la condición de que me la devolviera a su vuelta. Nunca volvió. 
Me quedé sin amigo del alma. 

lunes, 14 de marzo de 2016

Nos vimos en Berlin



Ya, que igual te parece que no hay quién lo aguante, pero lo que me gustaba... Menos mal que soy de gustos permeables y hago a casi todo.
Nooo, a mi padre no le gusta, no.


miércoles, 9 de marzo de 2016

Camisetas ayer, trapos mañana II

Tenía 20 años y muy poca vergüenza. También poco criterio y escaso saber estar. De alguna de estas cosas he criado, de otras no.

Ni os imagináis los sitios a los que osé ir con esta camiseta puesta. No sé cómo nadie me echó el alto o me explicó cuatro cosas. Hubo un lugar en particular que, cada vez que me acuerdo, no sé si reír o morir de vergüenza ajena (porque tener vergüenza de la que una fue y ya no es ¿es tener vergüenza ajena, o propia?, qué se yo)

De S.A. me gustaban muchas canciones, sí. Algunas me siguen gustando. La verdad es que de la mayoría no era capaz de entender la letra, y otras me ponían los pelos como escarpias. Pero la camiseta me gustaba toda ella. 

La heredé de mi novio el vasco, claro. 
Las camisetas heredadas siempre gustan más. Era gris, pero antes de llegar a mí fue negra. La serigrafía era de las buenas, buenas, de las que ni se cuartean ni nada, porque, aunque cuando la camiseta llegó a mí ya estaba roñosa, el logo permanecía intacto. El cuello estaba dado de sí, por eso nunca tuve que tunearla cortándolo, como es costumbre en esta casa. 
Me quedaba muy bien, tenía un ancho y un largo ideales. 
Y así iba yo por la vida, más ancha que larga, ya ves.


miércoles, 2 de marzo de 2016

Camisetas ayer, trapos mañana I



A veces, entre los periodistas, se pone de moda una palabra. Estos días, con el circo del congreso, usan mucho "bronco". 
Y yo no puedo más que acordarme de la que fue mi camiseta preferida durante mucho tiempo. Era de color gris desteñido. En la espalda (me gustan especialmente las prendas con cosas en la espalda) rezaba: "el ejército zapatista despertó al México bronco"; y por delante el retrato de Emiliano Zapata que, sobre mi barriga de señor, cobraba dimensión. Bajo el careto del revolucionario bigotudo: "viva México, cabrones", cómo no.
Era genial. Me la regalaron por mi cumple. Y me gustaba mucho.