lunes, 14 de diciembre de 2009

Vicios de librera.

Noviembre, martes a las 14:15 en mi concurrido autobús. El 3. Nada interrumpe el devenir cotidiano salvo una insistente lluvia que, más que interrumpirlo, lo intensifica.
Me siento en el hueco de la rueda delantera del bus, aun hay asientos libres pero ese lugar es cómodo y así no tendré que preocuparme de cederle el asiento a nadie si el bus se llena más. Se llenará, seguro. Con la que está cayendo.
A medida que avanzamos los cristales se empañan. Pronto la ciudad se convierte en algo extraño a la burbuja en la que viajamos.
Delante de mi una mujer se sienta, me da la espalda. Saca un libro de su bolso elegante. Bien, algo con qué entretener los 20 minutos que me separan de mi destino: una sopa calentita. De momento no consigo ver la cubierta antes de que lo abra. Las páginas interiores tampoco me dicen nada, al menos por donde ella lo ha abierto: no llevan título en la cabecera, ni atuor ni nada. Mejor, comienza el juego pues.
Juraría que es narrativa, el cuerpo del texto pesa mucho pero vislumbro guiones que auguran diálogo. Sí, tiene que ser narrativa, seguro. El papel no parece del todo malo, ni amarillento ni blanco nuclear. No me gusta el papel blanco nuclear, antes prefiero el amarillo.
Observo por un momento a la lectora. Está sentada delante de mi, pero como está de espaldas solo le veo el gorrito de lluvia como de tela de chubasquero; por debajo le asoma el pelo bien peinado y lleno de mechas, como yo nunca la llevo. Pero si, disimuladamente, cambio un poco de postura puedo ver más: lleva un abrigo con pinta de muy caro, es bonito aunque yo no me lo pondría. Las manos bien arregladas, con las uñas sin pintar pero impolutas. No veo qué lleva debajo del abrigo, pero sí le veo las medias y los zapatos: las medias son de un azul muy concreto y los zapatos bastante cursis, pero hay que reconocer que el conjunto resulta estiloso.
Si pudiera verle la cara, o al menos una oreja para poderle fichar los pendientes... los complementos siempre dan pistas.
Vuelvo al libro. Uf, me mareo un poco, a ver... ¡eh!, Aesop, eso me suena... mmm, y mira que yo nunca recuerdo los nombres propios de los libros que leo, pero Aesop... Trato de leer alguna frase de las del diálogo a ver si me da pistas, los diálogos también dan pistas... Vaya por dios, pasa de página. Un calor repentino en el esófago y un tapón en la boca del estómago me advierten: ¿y si yo me tengo que bajar antes que ella y no consigo averiguar?, no, no creo, mi parada es de las últimas. Trato de leer otra frase de la nueva página... ¡Wichita!, ¡sí!, estoy segura, he leído ese libro, lo he leído, mierda, tengo que saber cuál es... El ardor aumenta, ¿y si se baja antes que yo pero no consigo ver la cubierta? Venga, agudiza un poco la vista, va... la Sra.Withespoom, ¡claro!, aaah, ahora lo se, cómo no he caído antes, joder.
El tapón se disuelve y el ardor se disipa, ahora solo tengo hambre y me espera una sopa bien calentita. Aunque me gustaría tanto verle la cara a la lectora...
Una parada más. Sigue lloviendo fuera. La gente baja, ya casi nadie sube. Otra parada más, la lectora guarda el libro en el bolso elegante y se levanta, ya casi no le presto atención, el juego ha terminado y a mí me ha sobrado tiempo. Alcanzo a ver el color morado de la cubierta del libro que confirma mi victoria.
Aunque no he conseguido verle la cara de frente, ni siquiera una oreja, creo que jamás le hubiera puesto a esa señora semejante libro en las manos si me hubiera pedido recomendación. ¿Cómo habrá llegado a él?, ¿quién se lo habrá recomendado?, no parecía prestado ¿quién se lo habrá regalado?, ¿lo habrá comprado?, y ¿dónde?... Y yo ¿cómo llegué a él?, ¿quién me lo recomendó?, ¿qué hice de ese libro?... ¿serán caminos semejantes los que ambas recorrimos hasta llegar al mismo libro?, ¿o será el libro que el hizo su camino hasta recorrernos a nosotras?
Qué se yo, tengo hambre y aun tengo tanto que aprender sobre libros y personas...