viernes, 28 de marzo de 2008

AGRO Vs ADMINISTRACIÓN


SARATUSTRA.


Este trabajo mío tan guay y tan mierda a la vez me ha hecho reflexionar sobre una de las grandes desgracias de la modernidad: el enfrentamiento entre el agro y la administración. En general, el problema viene cuando se encuentran la burocracia y la gente que vive sin entenderla, gente a la que le cuesta escribir y mucho más entender los procedimientos. Trabajo en la Confederación Hidrográfica, a caballo entre los protocolos del Ministerio y los señores que no entienden qué tiene que ver la ley esa de aguas con que ellos hagan un muro al lao del río, o saquen agua de un pozo si les da la gana, y que a ver por qué tienen que pagar una multa y que qué es eso que pone en la carta que me han mandao, señorita, que yo esto lo he hecho toda la vida, que no ha habido mala fe ninguna y ahora tengo que pagar cien mil pesetas, si no hay agua la tendremos que coger de algún sitio pa regar. Intento concertar una cita con la comunidad de regantes de Becerril de Carpio, miedo me da sólo el nombre, todo teléfonos fijos, que mi marido no está, le doy el teléfono de Don Avelino que yo no la entiendo qué me dice. Don Avelino está con el ganao, pero mire que tié móvil, llámale usté. Cuando llamaba al móvil a Don Avelino me imaginaba a las vacas en estampida, provocadas por el pirupiru que nunca habían oído, trayendo la tragedia a Becerril. Pues mire señorita, tengo que hablar con el Mariano y con el abogao, mañana en el bar les veo y le digo. Y entonces vienen, siempre en grupos grandes y con los trajes de las ocasiones, detrás de uno que lleva una carpeta que es el que ha estudiado, escuchando muy atentos alegaciones, plazos, procedimientos, números de registro y demás cosas imprescindibles que los técnicos les sueltan a posta para que no vuelvan y dejen de marearles. Los veo salir como flipados, asumiendo a su manera que viven en un mundo en el que no saben participar, y me pongo muy triste. Estos encuentros se dan inevitablemente, porque cuando las vacas huyen y los ríos se secan lo hacen en una estructura en la que todo se relaciona necesariamente, aunque en el bar Don Avelino no se dé cuenta. Eso, para los que no votan.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Mr. Vértigo



Estoy leyendo un libro que va de un tío que se empeña en enseñar a volar a un chaval, y me encuentro como hinchada. No estoy preñada, no estoy estreñida, ¿estaré inspirada?

martes, 25 de marzo de 2008

lunes, 24 de marzo de 2008

Wamba

Exacto, la iglesia de Santa María de Wamba.

Mucho antes de que los estudiosos decidieran que aquello tenía su importancia y muchísimo antes de que la nave del misterio aterrizara por allí, mi madre campaba a sus anchas entre calaveras y demás restos óseos.

Cuando ella era pequeña solía ir a jugar por los aledaños de la iglesia. En la parte de atrás estaban las celdas abandonadas de los frailes y allí se amontonaban los huesos dejados de la mano de Dios y de la de los hombres. Ahora están escrupulosamente ordenados por los los paisanos y custodiados por la santísimas instituciones.

Tal vez de ahí venga la falta de escrúpulos de mi madre para algunas cosas, y puede que eso explique que no tenga reparos a la hora de guardar las galletas en la caja de una prótesis mamaria... pero eso es otra historia.

El caso es que años más tarde, cuando estudiaba para enfermera en la Cruz Roja, cogió una de aquellas calaveras para llevársela a su casa, ella dice que con fines científicos. Palabras textuales: "si Gregorio Marañón se llevó un camión lleno, no voy a tener yo una que soy de por aquí". Yo nunca he visto la calavera por casa, mi padre y mi hermana tampoco, ni siquiera conocíamos ésta historia hasta el domingo pasado.

Si algún día me la encuentro por casa prometo no alarmarme ni hacer preguntas.

¿Os parece misterioso el osario?, pues os aseguro que no es lo más inquietante que hay en el páramo. Las aguas calcáreas que fluyen bajo los montes Torozos arrastran historias increíbles.


Como me joden las fresas, su sabor no se corresponde con su color. Siempre me decepcionan y, en lo que a comida se refiere, mi tolerancia a la frustración es muy poca.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Mi tatarabuela vive en París

Cuando viajo tengo por costumbre dar rienda suelta mi indiscreción innata, para qué viaja uno si no es para fisgonear. Pues bien, ésta vez el fisgoneo me ha llevado a encontrarme nada más y nada menos que con mi tatarabuela parisina.

Dice Henar que tengo tendencia a confundir las casas particulares con escaparates, y qué culpa tengo yo de que los europeos estén en contra de las cortinas. El caso es que tiene razón, en Holanda me pasó continuamente: iba por la calle sin perder ripio de ningún escaparate, incluidos los del barrio rojo (nunca se sabe detrás de qué cristal vas a encotrar tu compra ideal); y muchas veces me sucedía que no era capaz de distinguir entre oficinas, tiendas o cocinas. Más de una vez me sorprendió ver un escaparate de una tienda de muebles finísima... con la cama deshecha y un señor en bata haciendo café. Eso fue hace mucho tiempo, pero hoy voy a París y me pasa, de manera puntual esta vez, una cosa parecida:

Paseando del bracete de mi marido por los aledaños de Notre Dame, vemos una bonita tienda de cocinas que hace esquina. "Fíjate que bien puesto todo, ay mira y una cama estilo árabe con un montón de cojines, mira, pero si es como una casa... ¡anda, pero si es una casa!, ¿a veeer?".
Claro, la cocina estaba extremadamente limpia, pero no parecía una tienda del todo, había rastro de vida: las frutas del frutero no eran de cera, había una cafetera usada junto al fogón, la iluminación no era como de escaparate, ¿entonces, será un restaurante chiquitito? Al dejar avanzar la vista un poco más desechamos la idea del restaurante: ¡había una cama! estaba hecha y, si bien es cierto que los cojines estaban colocados como en un revista de decoración, las telas de la ropa de cama estaban limpias pero con pinta de tener unas cuantas lavaduras encima. ¿Pero qué clase de establecimiento era ese?, ¿por fin alguien había escuchado nuestros ruegos de menú del día con derecho a siesta?
La última duda se disipó cuando, al fondo del habitáculo, la vimos a ella. Aquello no solo era una vivienda indiscreta, sino que era nada más y nada menos que la morada de mi tatarabuela parisina.

¿Que cómo supe que era de mi familia? las canas encrespadas le otorgaban un aire realmente familiar, y la decoración ecleptica de las paredes la delataban.

Parecía dormir aunque, si no hubiera sido porque el libro que sujetaba en el regazo no resbalaba por la manta que le cubría las piernas, podría decirse que estaba muerta. Una lamparita de pie bastante moderna iluminaba las páginas del libro, y el reflejo blanco del papel hacía brillar su melena blanca y suelta, no muy larga. A sus pies tenía aparcado uno de esos andadores de geriátrico que dan tanta grima (amenazan con sernos útiles algún día).

La vivienda era rectangular, hacía esquina y dos de sus paredes eran ventanales, otra pared era la cocina, y en la de enfrente de donde nosotros mirábamos solo se veían estanterías y cuadros bastante modernos o bastante antiguos. No había puertas ni más ventanas. Ni armarios, ni baño, ni otras habitaciones, ¡ni sitio por dónde entrar o salir! Tenía como dos niveles: la cocina, un pequeño escalón y la zona de estar. Los cristales de la parte de la cocina eran transparentes y la ventana nos llegaba a la altura de los hombros; en la zona de estar los cristales eran como de colores, tipo vidriera, en tonos ocres, y la ventana nos llegaba a la altura de la cintura. El sillón orejero en el que descansaba mi tatarabuela estaba de espaldas a la cristalera que hacía esquina con la que nosotros teníamos delante.

No miramos durante mucho tiempo, puede que por miedo a que nuestra escandalosa mirada despertara mi tatarabuela, así que no pude resolver todas las dudas que ahora me inquietan. ¿Por dónde entra?, ¿por donde sale?, ¿dónde hace pis?, ¿donde se cambia de ropa?... ¿será un hada y solo tendrá necesidad de tomar café y fruta de su frutero?, ¿vivirá como en unos de esos microcosmos de la NASA que venden el la tienda de Pompidou?

No se, el caso es que al día siguiente quisimos volver a ver si se había movido o si estaba muerta o era de cera o qué, pero ya no fuimos capaces de encontrar la calle, y eso que mi marido se orienta rebien.

Estoy segura de que era de mi familia porque el páramo se parece un poco a París: desde cualquer punto se ve cielo, mucho cielo.


(Este post, como todos, está basado en experiencias reales, pero parte de su inspiración se la debo a Raquel Sainz que una vez me contó que tiene tres o cuatro o más abuelas, y a la bisnieta de Colette a la cual podéis leer en www.melalcoholik.blogspot.com. Me lo enseñaron mis abuelas: es de bien nacidas ser agradecidas y citar siempre las fuentes. Por cierto ¿alguien sabe si Raquel tiene un blog o algo donde se la pueda leer... me acuerdo mucho de su botellita verde y de sus bonitas piernas)

martes, 18 de marzo de 2008

miércoles, 12 de marzo de 2008

Mejor morir que perder la vida



Saratustra.




Mi terrorífica experiencia con el quad me ha hecho pensar en la primera vez que estuve a punto de morir. Fue en Tenerife, lugar horrendo donde los haya, y yo contaba con la tierna edad de 9 años y era bien redonda, como la verdad. Pues bien, estaba yo de vacaciones con mi padre y mi hermano (felices tiempos de hijos de recién divorciados, en los que disfrutábamos de vacaciones, regalos y propinas por partida doble) bañándome en una de esas playas de mentiras que hay por allí, con bien de piedras, que ya de por sí me causaba ansiedad porque decían que la arena la traían de África y que venía con escorpiones.


Había una roca en el mar, a unos 200 metros de la playa, a la que mi hermano (Cali) y yo estábamos agarrados, exhaustos, y es que 200 metros de braza son demasiado para dos niños obesos. Mi padre estaba sobre la roca, dispuesto a tirarse de cabeza al agua. Yo tenía los ojos cerrados por la sal. Sólo oí a Cali llamar a mi padre y, un segundo después, sentí junto a mi brazo un fortísmo aire. Empecé entonces a escuchar gritos en la playa, abrí los ojos y ví una turba de turistas corriendo hacia mí histéricos blandiendo sus toallas. Miré hacia mi padre y mi hermano; estaban blancos del susto, mirando hacia abajo; me giré y pude ver que una roca enorme había caído en el sitio al que mi padre iba a lanzarse en ese momento, justo cuando mi hermano le había llamado de forma providencial, sin saber el pedrolo que se nos venía encima. La gente en la playa pensó que la roca nos había aplastado, y nos sacaron de allí envueltos en toallas, ya que mi padre tardó un rato en volver al mundo de los vivos. Recuerdo que no me asusté en absoluto, me acurruqué en una toalla roja y los brazos del buen hombre que me sacaba de allí, y tuve una sensación que luego he tenido a menudo en situaciones críticas: extrañeza total de no sentir nada, un poco de risa a lo mejor. Después, la bendita turba, fue con ánimo linchador a las obras mal acordonadas que había en el barranco de la playa de al lado, donde estaban dinamitando de aquella manera para hacer unos hoteles, y no sé lo que pasó. Fue mi primera aparición en prensa.


Habría sido absurdo perder la vida de esa manera, víctima de la especulación urbanística, sin haberme arriesgado a nada, gorrrrrda como yo sola, sin haber conocido Chanel alguno ni haber dejado marca indeleble en la nocturna memoria histórica de esta mi gran patria castellana, huérfana de ocasiones porque, a los nueve años, lo único que yo había hecho en la vida había sido mover cosas con la mente y comer de manera sobrehumana. Dónde va a parar, mi vida en este momento, bien viajada y habiendo corrido riesgos como Dior manda. Como dice siempre mi padre, mejor morir que perder la vida.

lunes, 10 de marzo de 2008

domingo, 9 de marzo de 2008

SACA LA CEBADA Y METE MUCHACHADA

¿Qué os parece el nuevo plan de desarrollo rural para los pueblos de la Castilla profunda? Total, no hace falta más que una nave bien grande y hoy por hoy las ayudas de la PAC esa no dan pa tanto, así que montar una sala de conciertos no ha de ser mal negocio; aquí con la pelona lo de los festivales al aire libre no es viable, pero naves en las eras hay pa aburrir.

Bueno, el caso es que anoche por fin fuimos de concierto. Me puse nerviosilla y todo, no sabía que ponerme, la camisetina de los conciertos hace años que ya no me vale. Casi llegamos tarde, con las entradas compradas por internete y sin botellón previo de calimocho, cómo han cambiado las cosas, si.
En la cola un gentío y, contra todo pronóstico no eramos de los más viejunos... o al menos eso nos parecía a nosostros. Muchos reencuentros con gente a la que no veíamos desde hace 5 o 6 años, y muchas caras familiares en ese tipo de eventos años atrás. Es curiosa la trayectoria del personal: hace 8 años nos gustaba la misma música, pasa el tiempo y cada uno hace su vida, pero vas a un concierto y ves las mismas caras. Así es.
Hay cosas que no cambian: novio subiendo a hombros a novia. Dice mi hermana, y no le falta razón, que hace falta valer pa hacer de novia de arriba. Yo nunca fui de esas, por motivos de peso, de aplomo y de compostura. Y hay otras cosas que, siendo nuevas, ya se están convirtiendo en clásicos: amigo llamando a amigo en el momento en que la banda toca su tema preferido "escucha tío, escucha", y alza la mano con el móvil abierto durante toda la canción; al otro lado de la línea al amigo la llamada le hace ilusión pero soporta el ruido como puede.
Pedimos un cachi de calimocho y de repente, al primer trago, no sabía si debía corear "deltoyaaa, deltoyaaaaa, mevoyaponer deltoya sin paraaaar": el calor, los palestinos (¡¡¡ahora de Zara y de colorines!!!), el olorcillo a chocolate y ese sabor dulzón y fresquito en el paladar me transportaron al pasado en un plis... qué cosas.

Bueno el caso es que el Muchachito estuvo espléndido y la banda espectacular. A mi me emocionaron, pasé muy muy buen rato.

Y esto es todo lo que tengo que decir al respecto.

lunes, 3 de marzo de 2008


ENTRE EL LUJO Y LA MUERTE



SARATUSTRA




pues este fin de semana me he llevado a mi marido a un hotel-balneario en la montaña asturiana, que es cosa digna de hacer. el hotel, gozoso; un trato exquisito, restaurante de esos de plato cuadrado pero de buen comer (rollo fashion-rural, mezclando sabiamente deconstrucciones y fabadas) y un spa acristalado en el que podías gozar de chorros varios y paisaje a la vez.


lo malo vino el sábado, cuando ¡incautos de nosostros! confundimos una ruta de montaña en quad con una entretenida actividad bucólica. como podéis apreciar en la foto, encima de ese monstruo amarillo se encajó mi marido, como pijo desubicado, con su chaquetina (de massimo dutti, of course) y sus gafitas de pasta. yo me sentía algo más normal, dado que era la primera vez en varios años que calzaba playeros, y me veía extra-sporty aunque, en verdad, dábamos un cantazo impresionante entre los pastilleros-chandaleros que nos miraban con desprecio pensando "estos madrileños, qué pardillos, van a retrasar el grupo". y arrancamos hacia una cita con el peligro... mi marido, que me salvó de una muerte segura, sorteaba peñascos y barrancos sudando de miedo por dentro, haciendo como que controlaba porque es un valiente para que yo estuviera tranquila e intentando pasar de los infraseres que disfrutaban de su momento de adrenalina metiéndole caña a esa cosa de ruedas gordas, mientras yo sufría y pensaba en escapar de ese infierno y dejar tirado el puto trasto por ahí.


cuando bajamos, me temblaba todo y tuve un ataque de ansiedad varias horas. por si fuera poco, la naturaleza - que sabe que la odio de cerca - me hizo saber que el sentimiento era mutuo, tirándome encima arañas y bichejos varios que me han deformado la cara, una mano y un brazo con una hichazón que, en el ojo izquierdo, parece fruto de un hostión; provocando que la gente por la calle me mire con pena. más de uno irá a una manifa de mujeres maltratadas gracias a mí.
esa noche, tuvimos que compensar nuestra incursión en el mundo paralelo de la aventura piediendo servicio de habitaciones y viendo miss españa, que es algo más de nuestro rollo. hay que asumir que somos unos trentacas, lección aprendida: somos más de endorfinas que de adrenalina. de todas formas, no estoy segura de no haber muerto despeñada y de no haberme dado cuenta aún... quizá toda esa gente que me saluda y que no conozco son los únicos que pueden verme.

domingo, 2 de marzo de 2008

Mu rico

¿Sabes hacer un cocido?, ¿tienes una olla exprés, un puño de garbanzos, un hueso se jamón y cuatro cachos de carne? Pues entonces estás listo para hacer este rico arroz de cocido:

Prepara un cocido según tengas costumbre, cómetelo y guarda las sobras.
Reserva los garbanzos que te hayan sobrado bien escurridos y el caldo. Desmenuza la carne y el chorizo en trozos pequeños. En una sartén fríe a fuego lento una cabeza de ajo entera (sin pelar), justo al apagar el fuego echa unas hebras de azafrán (algún día, cuando se me pase la vergüenza que me da, os contaré cómo llegó el azafrán a mi casa).
Pon la paella (paellera) en el fuego y echa aceite (que cubra el fondo, más o menos un poco menos de un tercio de la cantidad de arroz que vayas a echar), ponle los ajos enteros y cuando esté caliente añade los garbanzos. Deja que se frían un poco y echale la carne desmenuzada. Unas vueltas hasta que coja calor y ponle el arroz (yo soy un poco exagerada y hago un kilo para 6, pero en mi casa nunca sobra arroz), reogalo un par de minutos y añade el caldo, un poco más del doble que el arroz.

Ale, dale candela, tomate un vinito y en 28 minutos (más o menos) puedes apagar el fuego. Cúbrelo con un paño y aguanta 7 minutos sin destapar.
Verás que rico.


Buen provecho.

Ellen Page

Ya que no puedo tener su boca ni su nariz, al menos quiero una chaqueta con capucha roja como la suya. Espléndida, si señor, la chica, sus películas y la chaqueta.