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Mostrando entradas de 2017

No me fío de ti.

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No me fío de ti...

Si llevas un tatuaje en el cuello. Ya si se trata de un escorpión, soy capaz de echar a correr.

Si conduces a más de 140 de forma habitual.

Si escuchas música en el metro, tren o autobús con los cascos puestos a un volumen tal que yo también puedo escuchar.

Si eres de los que le quitan lo blanco al jamón. Alguna tara ocultas.

Si no cambias de opinión ni pa dios.

Si no te quitas las gafas de sol cuando me hablas. Y, a no ser que te de el sol de cara, cosa que sucede rara vez, eres un maleducado.

Si tienes un SEAT amarillo. Deberían llevar la multa de serie.

Si tienes un perro peligroso y aseveras que es muy noble.

Si regalas libros que no te has leído. Si no te has leído ningún libro.

Si haces deporte de más. Tampoco te sé decir cuánto es demasiado, para mi todo es mucho.

Que no, que no me fío de ti. Tampoco te fíes tú mucho.

Ritmo de la noche.

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Hace no mucho se celebraba el día de la música, porque, hija, todo hay que celebrarlo. Y Bea Esteban, de la que me fío mucho aunque trato poco, comentaba que ésta y no otra es su canción favorita.  Argüía una serie de razones con las que no puedo estar más de acuerdo: esto suena y levanta cualquier fiesta, cualquier pista, cualquier cosa. Es un tema que, como la cocacola, pega con casi todo. Hay mil versiones y se harán otras tantas, todas con su cosa divertida.  Lo has bailado hasta la saciedad, lo bailas si te lo echan, y lo bailarás; no lo niegues, suenan los tin tin tín iniciales y te entra esa cosilla por el cuerpo: lo mismo sirve para mover el esqueleto con tu tía abuela en una boda que para desconectar neuronas en un after, eso es así. Otra cosa es que la chati que sale en el videoclip se parece bastante a mi prima, aunque ella jamás se contorneó así porque estaba muy buena pero lo tenía prohibido (estar buena, ya no te digo contornearse (o se dice contonearse, ay , no sé)) Po…

De todo hace veinte, de ésto solo 10.

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Celebremos, que se cumplen 10.

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Este blog cumple 10 años  (¡¡¡10!!!), yo ya cumplí 40.

Y está muy bien (más que bien) pedir y que se te de, eso lo sé yo (otro día te  cuento por qué). Pero es hora de hacer las cosas sola.
Sí, que voy a pedir ayuda, pero lo voy a hacer sola. 
Este año las sorpresas corren de mi cuenta, así que los regalos los voy a hacer yo, venga.

Y como se trata de ser moderna (hija, ya no sé ni si se lleva), será mediante un ¡sorteooo!:
Date un paseo por el histórico del blog, elije una entrada que te gustaría ver impresa (sí, sí, papel y tinta, bien de tinta).Deja un comentario en esta misma entrada, o en el post de facebook o instagram donde encontraste su enlace.Si quieres compartir la entrada que te gusta en tus redes, tendrás papeleta doble para el sorteo. Entre todos los participantes se sorteará un lote de productos del páramo que, seguro, no os dejará indiferentes.  Contendrá regocijo para todos los sentidos, cuantos quiera que tengáis.
El sorteo se llevará a cabo el 27 de septiembre, y se u…

Purple Rain

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Qué tío raro Prince. Lo mismo se planta un turbante que todo el brillerío posible, que chorreras o a pecho descubierto, que todo a la vez.
Se parece, y todo a la vez también, a Raimundo Amador, a mi amigo Chencho, a Cantinflas, al Carlines el de mi barrio y vaya usted a saber a cuántes más, seguro que se te ocurren dos o tres.
Y si quiere se cambia de nombre o se hace llamar innombrable.



El caso es que cuando uno está a gusto, bien a gusto, sucede que la actualidad le es ajena. Más o menos eso me pasó a mi hace un par de semanas: inmersa en la intensidad como estaba, no me enteré de lo que los medios consideraban actualidad.
Hasta que en mi intensidad se abrió una brecha por la que se colaron un par de noticias. Ambas, trágicas las dos, venían con canción: una era el Lince Ramón, que me gusta muchísimo y ya si eso otro día te la canto o te la cuento, y la otra la misma que ilustra este post.

Purple Rain me lleva desde sus primeros acordes a un diminuto paraíso gallego. Que no tiene p…

Pensamientos de sofá un sábado noche.

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No esperéis un post con pies y cabeza. No lo es.


La lectura de un libro casual puede trastornarte el humor para toda la semana. Lo empiezas con pereza, lo sigues con ansia, lo terminas con desasosiego y luego ¿qué coño leo?

Es impresionante como un comentario en redes de una persona a la que en otro tiempo conociste, amaste y temiste a partes iguales es capaz de ponerle cuerpo a una noticia gastada de la televisión. Y hacer que una verdad espeluznante y lejana te mantenga perturbada y desvelada hasta altas horas de la madrugada. Hace falta estar loca y ser valiente para coger tu petate de vida acomodada y largarte a ver si lo que dice la tele es verdad, a meter los pies en el fango dispuesta a morirte de miedo y de vergüenza. Te sigo admirando a través del tiempo y la distancia, amiga.

Todos los fines de semana tendrían que tener tres días. O al menos dos para todo el mundo, que todavía me acuerdo de mis tiempos de tendera, cuando adoraba los domingos y librar un sábado por la tarde e…

Los Planetas, a Hierro y Níquel. Como el arco de la radial.

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Pues mira, para empezar me parecieron siempre ridículos. Igual porque al Jota no se le entendía nada y a mi, si cantas en castellano, pues mira, me gusta entender.

Pero soy hija de mi tiempo y, aunque no me pilló de lleno, Los Planetas no podían pasarme por encima. Había una canción que sonaba siempre en los bares, solo entendía lo de los millones de rayas y me parecía una chorrada. Además los confundí siempre con Los Piratas, que luego resultó ser la banda del triste del Ferreiro, que también, cuando te coge, te coge como el arco de la radial. Y a mi hermana le cogieron, el Ferreiro y Los Planetas. Aunque como fue en la época en la que nos hicimos amigas pero nos separamos, pues no pudimos compartirlo. Razón de más para que me parecieran siempre cosa de jóvenes modernos.

Un verano me leí su biografía, Una semana en el motor del autobús.
Sólo leo biografías de gente que, en principio, no me interesa demasiado, y así alimento mi curiosidad (me pasó con la de Eramos unos niños, que me …

Madrid era un infierno III Lay Down

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Hay un Madrid que es esta canción exactamente.

No lo conocí, lo imaginamos muchas veces y debió ser un infierno muy oscuro. Apagábamos las luces, fumábamos (bueno, fumaba yo), encendíamos velas y hablábamos de casi todo menos de lo vital. De eso no se habla.
La canción es bellísima, con su estallido y su cresccendo casi insoportable.



A mi padre le gusta. Cualquier día se la recuerdo.

La ficción que nos salva.

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Ochocientos cojines. Una manta enredada en ellos.  La tapicería del sofá no muy limpia.  Manchas de tedio en las paredes. Libros sin leer y libros releídos juntos.  Abrazada a la ficción que, a ratos, es lo único que nos salva. 

Madrid era un infierno II

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Ya os digo que Madrid era un infierno, no calculamos bien. Habíamos acariciado largamente el deseo de hacer una escapada lúdico cultural, cada uno tenía sus motivos. Unos tenían que trabajar, o querían escapar, otros cansarse muchísmo para descansar, otros ansia viva cultural y otros, simplemente pasear. La fecha estaba puesta desde hacía meses, quién iba a pensar que éste sería el fin de semana más caluroso del junio más tórrido que se recuerda en lustros. Pero en los museos hay aire y en los bares también, cómo fuera el tránsito de unos a otros a nadie le preocupó.

Sabed que el plan ideal para ir a pasar un fin de semana es ir con ganas, y con una pandilla lo suficientemente diversa, curiosa y flexible como para que cada uno pueda mostrar su Madrid particular. 
También es fundamental tener un antojo: empaparse de Picasso, bailar soul hasta el amanecer, comer sesos peruanos, tomar café en el café Gijón o que se lo organicen todo a una sin tener que pensar. Todo, todito se cumplió -facil…

Madrid era un infierno I Esto en la provincia no se ve.

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Hay ciudades grandes, ciudades muy grandes y ciudades que se quedan pequeñas.

Teníamos muchos planes, algunos caprichos y ganas de estar juntos y pasarlo bien. Y luego contarlo, claro.
No sé si te pasa, pero yo cuando voy a una ciudad así como Madrid, protagonista de manifestaciones culturales contemporáneas diversas, no la encuentro. Bueno, sí encontré Nueva York, pero porque iba de turista total y me llevaron en un autobús blindado a ver la comisaría de Distrito Apache. Pero, a lo que estamos, que esa es otra historia.
De niña, cuando iba a ver a mi primo, eso era Madrid: mi primo y el apartamento minúsculo donde vivía con su madre, que nunca olía a pimentón ni a ajo ni a canela, sino a otras especias sin identificar (el apartamento digo, mi tía siempre olió a gloria). 
Ir a Madrid era ir a la Vaguada, un centro comercial entonces inmenso, hoy ridículo, que eso en la provincia no lo hay. Estaba cerca de casa de mi primo, pero había que andar mucho, coger el metro y luego andar más. Eso …

La ciudad no es para mí. Que no te metan la cagalita.

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Que no te metan la cagalita es una expresión acuñada por mi abuelo, que habría ido a Madrid una vez o ninguna y, si te descuidas, en tartana.  Mi abuelo afirmaba que cuando los del pueblo iban a la capital se quedaban con la boca abierta a causa del asombro y la extrañeza que la urbe les causaba. Entonces, los malintencionados madrileños aprovechaban para cometer toda clase de tropelías: robarle la cartera a los de provincias, timarles con el tocomocho, estafarles en la carrera del taxi... y, sobre todo a los niños, coger una cagalita de oveja del suelo y metérsela en la boca.
Ya ves tú lo que sabría mi abuelo de Madrid, que pensaba que había cagalitas por las calles....  Yo, por si acaso, en cuanto piso la capital, cierro bien la boca, agarro fuerte el bolso, ando muy deprisa y escondo el mapa del metro pa que no se note que no sé por dónde me ando, que vengo de la provincia, hija.

Julieta Venegas, me gusta toda ella.

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Me gusta toda ella. Cómo se despide, lo que más; también cómo llega y se entusiasma ella sola.

Me gusta cómo se duele, también si se pone caprichosita y remolona.

Me gusta un abrigo como de plumas que tiene, y el acordeón (¿os he dicho que mi bisabuelo tocaba el acordeón y yo también quiero?). Esos looks raros, y los peinaditos que se hace, ja. Los vídeos, todos en tonos pastel.

Parece apocada, seguro que es explosiva, excesiva y genial. Me tomaría unos tequilas con ella ahora mismo, pero ya.

He elegido esta canción, pero Eres para mí, Limón y sal, Me voy, Amor Platónico, Andar Conmigo... qué sé yo, me gustan todos.

Lo justo de mainstream, lo justo de mexicana, lo justo de chaladita, lo justo pa mí.



Pse, no creo, no creo que a mi padre le guste. Oye, que igual, sí, eh.


Lo mismo te echo de menos que antes te echaba de más.

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Me pregunto por qué gusta más un "te echo de menos" que un "pásatelo bien". Y como me pregunto en voz alta, pues va la gente y me contesta. He aquí algunas respuestas y sus conclusiones.
Llama la atención, en primer lugar, que casi nadie prefiera lo segundo a lo primero. A todos nos gusta más que nos echen de menos. A mí me parece que esto muestra las deleznables criaturas que somos.  Por más modernos esfuerzos que hagamos para abolir el amor romántico y el patriarcado y todas esas mierrrdas, aquí estamos, ansiando la angustia del otro por encima de su anhelo sincero por nuestro bienestar. Porque echar de menos es angustioso, tú lo sabes, yo lo sé. Que soy yo mucho de echar de menos y si da gustito es porque acaricia nuestro lado masoca. De modo que es de ser pelín sádicos regocijarnos en el hecho de que sea nuestra persona la causante de las angustias ajenas, no me digas que no.

Juanen no puede escuchar la expresión primera sin acordarse de esta canción. A mí me …

Olvida La Fabrica.

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Nosotros nunca trabajamos en una fábrica. Alguna vez en algo parecido, pero nunca en la galletera o en la tornillera que era lo que tocaba allá arriba. Pero ahora sí se trabajan 8 o 12 horas seguidas y, definitivamente, nos hemos convertido en puretas. Ya no recordamos cuando vimos Mamen la de Anticuerpos meando detrás de la puerta del Krater, y eso que lo rememoramos entre risas cientos de veces.

Nooooo, a mi padre no me gusta, no.

Java

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Y yo pensaba que Java era una isla, ya ves. Hasta que apareció en mi pantalla un día dando por el saco. ¿Quién eres?
¿Quién te envía?
¿Para qué coño sirves?
¿Desde cuando estás ahí?

Y, te presentas así, a estas horas, con un café humeante que no es para mí.



Usos y costumbres de cama.

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Duermo hecha un ovillo acostada sobre el lado derecho, en el lado derecho de la cama y muy pegada al borde del colchón. No lo hago sobre el izquierdo porque me da ardor de estómago y dolor de corazón.  Sin embargo, amanezco cada día boca arriba con los brazos estirados sobre la cabeza y las piernas abiertas de par en par.  Postergo la hora de irme a la cama, y eso que casi siempre es el mejor momento del día, a no ser que haya sido un día espléndido, cosa que pasa poco.  Levantarme de la cama, por el contrario, me cuesta un triunfo da igual la hora que sea, yo no me quiero levantar. 

De joven soñaba con dormir abrazada a otro cuerpo, ahora me gusta dormir suelta y sola a poder ser. Bueno, venga, pero si me vas a abrazar, que sea por detrás.  Mi cama no tiene cabecero porque hace 3 años lo arranqué a golpes en un ataque de furia difícilmente justificable. De aquello me queda una cicatriz muy fea en una pierna y una habitación que, según mi hermana, parece de un piso de alquiler.  No quito el…

Tulipanes del tiempo.

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Veo florecer el tulipán en medio de la escarcha y me pregunto, ¿será solo cuestión de tiempo y es que ha llegado su hora? O acaso depende de las condiciones atmosféricas, y de lo que es cuestión es del tiempo y no de tiempo.   



Me pregunto qué sabe el bulbo de todo ésto, que lleva un año bajo tierra y no tiene reloj ni siente la luz ni el viento. O sí tiene, o sí siente.  Dice la Leona, que es sabia para las cosas de la tierra y de los viejos, que no ha llovido suficiente y como empiece ahora a calentar, va a brotar todo a destiempo.  Yo no sé de la tierra ni de los viejos, pero sí sé que brotar a destiempo es una putada y, en algún caso, una tragedia.  Pero qué bonito está el tulipán, oiga.

Qué malo es.

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Qué malo es un catarro mal curado.
Una carta escrita y nunca enviada.
Una cerveza pendiente no tomada.
Una tensión no resuelta.
Un pedo pa dentro.
Una pregunta en la punta de la lengua.


Pero es que también es muy malo bajar la fiebre de golpe con antitérmicos.
Mandar una carta y no recibir jamás respuesta.
Una cerveza de más.
Un polvo a destiempo.
Un pedo inoportuno.
Una pregunta impertinente.

Qué malo es, joder.

Esto en la provincia no se ve.

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Madrugo mucho y, aún así, voy tarde porque no soy consciente de haber apagado el despertador, si es que acaso sonó a la hora convenida.  Corro por el metro vacío sin desayunar. Camino mucho y muy deprisa bajo tierra.  Esto se me hace muy moderno.
Llego tarde, justo a tiempo y demasiado pronto, todo a la vez. ¿Cómo es posible? Lo es, porque todavía no es ayer.  Cambio el billete y me enfado muy poco porque me autoinduljo divinamente.  Desayuno. Intercambio cariños cibernéticos con mi amiga que ya está sentada en su avión. Un aeropuerto no es lo mismo que una estación de autobús. A mí al rededor hay criaturas de casi todas las calañas.  Siembro la semilla de una fiesta futura y ejerzo de matriarca. No lo suficiente, o a lo mejor sí. No lo sé.  Voy al baño, tengo suerte, está limpio aunque sea una estación de bus y no de tren. A la salida, mientras me reconozco en el espejo, presencio una escena sórdida y asquerosa al otro lado de una puerta entreabierta. Me sale la fiera y miro desafian…

Ain't No Sunshine, que salga el sol por donde quieras.

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Estamos que no sabemos si sale o no sale el sol.
A ratos hace un día espléndido y a ratos oscurece como si fuera noche cerrada. Y así no hay cristo que se decida:

¿saco el tendedero o lo dejo dentro?
¿entro ya en astenia o lo dejo para luego?
¿salmorejo o sopa de cocido?
¿quiero que vengas a verme o prefiero que te vayas con viento fresco?
¿les pongo camiseta interior o van en manga corta?
¿quito el edredón o espero a sacar la colcha?

Pues mira, yo me pongo a Bill Withers, este tema en particular, que es de los que no sé si me pone las pilas o me hunde en el pozo, y ya está, que salga el sol por donde quiera.
Porque al fin y al cabo, tardará menos o tardará más, la ropa se va a secar igual.  Si no le echamos la culpa a la astenia se la echaremos al síndrome premenstrual.  Te echo de menos hasta cuando estás.  El cocido siempre gusta, y de todas formas tampoco tengo tomates.  Ellos siempre llevan los riñones al aire y lo mismo les da.  Este edredón mio ni da ni quita: mantiene mi temp…

Little Wing

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Conocí a uno que tenía la firma de Hendrix tatuada en el pecho, en el pectoral izquierdo, o en el derecho, ya no sé. Lo que más le había dolido era la x, que casi le rozaba el pezón.  Le conocí dos veces y nos reímos muchísimo, las dos nos venía mal. Era muy exagerado, le gustaba a rabiar mi amiga la flautista.  Hacía muchos años que no le veía, me lo encontré hace un par de meses: está más calvo, más gordo y  tiene una hija, me hizo reír igual o más. Jimi siempre es un buen plan, da igual de qué humor estés.
A mi padre sí le gusta, sí; yo creo que le raya un poco pero sí, cómo no le va a gustar.

Es mi cuerpo.

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Es mi cuerpo confortable y rotundo. Bajo la piel en calma bulle un mar de certezas. Está socavado de abismos por los que asomarse a un negro brillante, de corazón púrpura. Tiene puertas de entrada, que también son de salida; y solo se abren si aciertas a pulsar la aldaba correcta. Es en ocasiones voraz, otras veces masa apática. Es fiera dormida, en parte fiera no nata. Alberga cadáveres de células que un día fueron, y que por las noches murmuran secretos siniestros a los que no hago oídos. Tiene partes blandas y mullidas, que sepultan aristas punzantes a los lados de mi barriga. El olor del haz de mi piel tiene verbena y lavanda, el envés es miel amarga. Son mis huesos poderosos, mis músculos pusilánimes. Libran pues los tendones una árida lucha, por eso a veces se cansan. La sangre es vieja, recia y mezclada: olvidos, amores y muertes fluyen enérgicos; y un corazón que no conozco bombea sin tregua. Es mi cuerpo confortable y rotundo. Bajo la piel en calma bulle un mar de certezas.

León no es Roma, pero se le pareció mucho.

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Comimos sopa, nos confesamos por las esquinas, bailamos y nos besamos muchísimo y, aunque no hicimos una conga memorable como en las fiestas de Jep Gambardella, fuimos el vértice de la fiesta y no la hicimos fracasar porque no quisimos.
Éste año no hay crónica exhaustiva del Purple Weekend, lo siento. Pero sigo queriendo volver, y disfrutar de todo, de absolutamente todo como lo hicimos éste año: del viaje de ida y del de vuelta, de las calles de esa cuidad que nos entusiasma, del museo y la decadencia de los viejos al calor de su hall. Del Prieto Picudo y los camareros impertinentes, de las amigas de toda la vida, también de los amigos de un rato, de los encuentros casuales y los cruces circunstanciales. Del frío y el calor extremos, de los conciertos, de la música, de la buena y la mala. Del chocolate y la morcilla, de la alegría de un vermú de resaca. De la espera en la cola para un taxi y de un viaje loquísimo en autobús urbano; de las confusiones de madrugada, de los planes para…

Ruidos que me gustan.

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El aspersor sobre el capó del coche.
Los pelotaris calentando en el frontón.
El estallido de las palomitas de maíz en la sartén, que se parece asombrosamente al anterior.
La risa de mi hermana.
Las olas rompiendo en las piedras de la playa de Los muertos.
El borbor del arroz a media cocción.
El descorche del champán de la Madrina.
El chirrido seco y metálico de la reja de mi jardín.


Sol de invierno

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En realidad lo que más me gusta de esta canción es el título.
Aunque es verdad que a veces se juega una el tipo si mira mucho a los ojos. Es como levantar un poco la tapa de la caja de Pandora. Bueno, que no sé si se puede hacer eso: levantar solo un poco la tapa de esa caja precisamente.
Pues no, a mi padre no le gusta, no.

Cosas que sé y no sé por qué sé.

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Que a los guisantes les va bien la mantequilla.
Que es malo no dejar cargar entera la batería. Aunque, bueno, eso igual es mentira.
El nombre de algunos árboles y cómo distinguirlos. Y más que me gustaría saber.
Cómo coger entre los dedos un disco desmaquillante para frotarme los ojos sin prepararme un cristo. Igual ésto sí sé, que se lo he visto hacer a la Pauli.
Cómo se piden los pasteles de Marina y qué es un Butanito.
Abrocharme el sujetador con la técnica determinada que empleo desde que tengo uso de razón, bueno, desde que tengo uso de sujetador.
Depilarme las cejas con el ángulo correcto.
Que si sobreinfusiono el té verde se vuelve amargo. Y no me gusta.

Dry The Rain

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Me gusta mucho, y también me da un poco de angustia ese cresccendo que tiene, que parece que se va a acabar todo o que va a explotar, o que explota y se acaba... pero luego no. Porque a veces pasa eso ¿no? Me recuerda a mi carpa de librera de viejo, junto al Campo Grande, y al reflejo que los árboles hacían en el techo, que parecían un teatro de sombras al principio, antes de que se llenara de cagadas de pájaro.
A mi padre no sé si le gustará, igual sí.

El feminismo no me deja vivir.

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Ya no puedo soportar el puto club de la comedia.  Si me agarras de los pelos, me entran dudas y, mira, con dudas no se relaja una igual.  Me puedo reír de un chiste, sí, pero si no ataco con veneno después, reviento.  No puedo ver el 98% de la programación de la tele convencional. Y luego que parezco una snob.  Ya no puedo cantar canciones que antes tanto me gustaban.  La pereza que siempre me dio quitarme pelos y teñirme canas se ve respaldada por algo que ya no es pereza. Pero, chica, eso no.  Algunas fronteras, otrora inescrutables, hoy se me antojan difusas. Y en otros campos, se levantan muros custodiados por hidras y diosas justicieras.  Algunas cenas con la pandilla terminan en bronca y ahora es por mi culpa y no por el fútbol de los cojones (porque el fútbol es de los cojones y no lo puedo soportarrr) Y me da miedo terminar vistiendo faldumentos, que me sientan con el culo, lo sé yo; y con pelos en el bigote y peleando a lo tonto con cerrojos mentales que no digieren argumentos.  De mom…