Pilas alcalinas y corazones rotos.



No son muchas las personas capaces de romperte en corazón por dos veces. Yo conocí una, y no fue solo mi corazón el que rompió por dos veces, fueron muchos los corazones tocados, heridos, rotos por dos veces.

Algunos nunca se recuperaron. El mío sí, porque para mi fue solo un rasguño del que hoy queda más bien sombra que cicatriz. 
Pero me acuerdo muchas veces.
Fue trepidante conocerle. Vivió a trompicones y de un trompicón se mató. 
La primera vez que rompió corazones fue la más dolorosa, porque lo hizo con un desgarrón lento que se prolongó mucho, mucho en el tiempo. A ratos dejaba de tirar y, de repente, otro tirón y de nuevo a escocer y a doler fuerte el corazón. La segunda fue perpetua y duradera, algunos no se recuperaron nunca.


Hoy me he topado con una foto tuya. Se te veían las tripas por las ranuras de los ojos, majo. Eras excesivo en todo, y todo el mundo te quería. 
Vi llorar a tíos recios y grandes como castillos cuando golpeaste por primera vez, querían agarrarte de la pechera y darte de ostias, pero lo único que hicieron fue socorrerte cada uno como pudo. Y la mayoría pudieron mal. La culpa, la pena, la rabia, el miedo y la impotencia nos hizo mierda las tripas. 
Mi instinto de niña fina me hizo echar a correr, a pesar del tirón que me diste en la manga. Pero es que era de bravucones descerebrados no salir corriendo, cuando las banquetas volaban por los aires y el acero de objetos punzantes restallaba en la oscuridad de los soportales de tu barrio.
Así que allí te dejamos. Aunque no te dejamos solo; tu universo de familia y amigos te abrigaba de cerca, y nosotros de vez en cuando pasábamos a saludar. Aun así, yo sé que si lograbas zafarte del abrigo, siempre tenías quién te hiciera la clá. Eras asquerosamente ingenioso y divertido, incluso desde el fondo del pozo lograbas hacernos reír.

La segunda vez que golpeaste algunos ya estaban resignados. Solo le quedaba rabia a ella, que nunca se resignó.

Y ahora, si paso por la plaza del Salvador y me da por mirar para arriba, me acuerdo de la guarida donde te refugiaste la primera vez, cuando tuviste que escapar; y me la imagino a ella amarrándote por espalda, enredados los dos en una maraña de sábanas sudadas. Y si paso por tu barrio no puedo evitar mirar la rampa de hormigón por donde, cobarde, salí corriendo. Y si veo de lejos el círculo de ladrillos que nos servía de aposento a la orilla del río, no se si reír o llorar.

Pero el otro día, después de toparme con tu foto, casualmente aparqué en tu barrio. Y me encontré con algunos de los de entonces, y nos alegramos mucho y nos abrazamos fuerte. Nos preguntamos si hacía los años que te habías muerto o era tu cumpleaños, o nos habíamos acordado y encontrado así sin más. Y vi que algunos escaparon de la quema la primera vez que les golpeaste, y que otros se hicieron mayores de golpe el día que te estrellaste. Tratamos de echar la cuenta de los años: los años que hacía de esto y de aquello, y de lo otro y lo de más allá; y de los años que hacía que no nos veíamos y de los hijos que habíamos tenido por el camino. Y que si te acuerdas de cuando tal y cuando cual.
Y me dí cuenta de que los corazones se curan, se regeneran y siguen latiendo sin más. Y de que el tuyo sigue latiendo en el de ella, que te recuerda cada día. Yo lo se porque por las ranuras de sus ojos, los de ella, se le ven las tripas también; y allí están las tuyas, con las suyas, enredadas como las sábanas de aquella cama donde te hartaste de sudar.

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