La Leona

Hay librerías de nuevo y librerías de viejo. Y librerías con encanto donde pasan muchas cosas.
Ésta de la que hablo es dos de las tres, y yo ya estoy deseando volver. 
Volver y que La Leona me enroje la estufa, con una tacita de agua encima para que no me duela la cabeza; contar y que me cuenten cuentos y cosas, o que me canten o lo que sea. Y, sobre todo, darle a la pandereta hasta que se me olvide contar los golpes, mientras la vista se me pierde entre lomos manoseados que invitan a hincarles el diente. Libros con muchas vidas: las que cuentan y las que los han contado. Y que se me pongan los pelos de punta mientras oigo a la librera entonar cantes viejos, y se me vuelva la piel del revés.


Luego nos vamos de cañas, y yo me río mucho, muchísimo, mientras ella, La Leona incombustible, La Leona libre, echa chispas por los ojos y rezunga por todo: por lo mal que está el negocio de nuevo, por los piratas y los corsarios, sobre todo por los corsarios; por los putos grupos de coros y danzas, porque nadie respeta nada, joder, y porque no me quedo a tomar la última caña, y porque somos veneno, es lo que hay.
Esto último, lo del veneno, no es una protesta, en realidad es más la asunción de un principio que hace que nos encontremos, entre nosotras y con otras. Nos topamos en el año 2013, nos reconocimos y, sin prisa, nos hemos ido encontrando cuando ha ido tocando. Ésta vez está tocando mucho, y a mi me parece que vuelvo a casa cuando me mira; hay veces que la pandereta en sus manos es un platillo volante, a la vez es todo muy marciano.
Es vehemente, más que nadie que yo conozca. La Leona tiene mil nombres porque con uno solo no le llega. Sueña con lo que hay que hacer y lo hace, y consigue que tu lo hagas porque es lo que hay que hacer. Es lo que hay.
Y, sí, esto es una declaración de amor. Qué pasa, estoy en mi casa.

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