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Mostrando entradas de agosto, 2013

Trikini

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Otro verano que se nos va sin que triunfe el trikini, vaya por dios. Cada primavera los adalides de la moda auguran "vuelve el trikini", ¿cómo que vuelve?, ¿alguna vez se instauró? 
Dicho sea de antemano que a mi las piscinas me dan asquete, y que yo en la playa si no es en pelotas no estoy a gusto. Y chica, pa no estar a gusto en la playa, pues no se va. Nada me jode más que ir a una playa y no ver a nadie en bolas, es que tampoco me gusta montar el número (y yo en pelotas soy un número, sí, uno de varios dígitos) Así que tratándose de moda de baño no soy la más indicada para hablar. Pero, mira, yo en mi casa hablo de lo que me da la gana.
De manera que, digo yo, si se trata de taparse las vergüenzas y nada más, lo mejor es un biquini, está claro ¿no?; el tamaño ya depende del calibre de la vergüenza de cada uno. Ahora bien, si lo que se quiere es ir mona, pues mucho mejor un bañador, que los hay que ajustan las carnes que da gloria y sientan de miedo; y si no que se lo digan…

Arar

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Hoy he visto cómo clavos de hierro se clavaban en la piel recién segada de la tierra.  Una mirada atrás, por encima del hombro, y pisar con decisión el acelerador. Tras de mi, tremenda polvareda, y la entraña de la tierra lista para saciar su sed. Los cuervos observan desde su atalaya de cables. De vez en cuando baten las alas, como para sacudiese el polvo. Un ligero viento menea los cardos secos de las cunetas, pero ni un resquicio en la cabina del tractor. Y más polvo.  La tarea está a punto de acabar, el verano toca techo, o fondo, o lo que tenga que tocar.