lunes, 15 de diciembre de 2014

Bares, qué lugares.

Compartir licores con la mujer de las cavernas. Valiente, atrevida, temeraria. 
Abrir puertas y olvidarte de cerrarlas para que se haga corriente. Volver a hablar otra vez de lo mismo sin decir nada. Otra vez. 
Cerrar círculos que quisieran ser espirales, por lo menos un rato. 
Cerrar bares, hacer planes. 
Comprobar que las resacas ya no se rigen por la luna y empalmar tres telefilmes enroscada en el sofá. 

sábado, 13 de septiembre de 2014

Planea por mi.

Es mi cumpleaños, y tengo un deseo que pedir: Planea por mi.


Daniel Gray

Y no te pido que vueles, no, ni que te tires en parapente ni nada de eso. Sería bien fácil y lo que pido no lo es.

Haz planes, ahórrame pensamientos, regalame el viento.

Y si no puedes, déjame en paz.


miércoles, 20 de agosto de 2014

Nacer con miedo o la cultura de la violación.

Llevo días leyendo sobre el asunto, sin estar demasiado al tanto de las noticias espeluznantes de estos días, la verdad. Y me encuentro confusa. Me he abstenido de comentar en facebook, quería decir algo pero no sabía muy bien qué.
Por un lado me tira para atrás que ahora todos estemos hablando de violación, que se haya convertido en tendencia hablar de agresiones sexuales en cuanto se aproximan los Sanfermines y eso. Me da miedo que sea moda., y que nos cansemos de ver tips molones de mujeres de aspecto vintaje gritando "no violes, coño".

Pero, por otro lado, me conforta, y mucho, que se evidencie algo que todas vivimos. ¿Quién no ha tenido un episodio?, ¿no?, haz memoria: el amigo ese raro de tu tío que te saludaba de más, el vecino babosete que todas evitamos en el portal, ese campamento en el que había una pandilla de "metemanos" que causaba terror en la piscina, aquella vez que no estás muy segura si al final querías o no querías pero ya que estabas no te fueran a llamar calientapollas o se fuera a poner bruto... No apetece nada rascar, eh. 
Pues entonces no hagas memoria, haz planes: hacer el camino de Santiago sola, coger un blablacar para ir a Cuenca más rápido y barato sin preocuparte de si el conductor es tío o tía, sentarte en un banco recóndito del Campo Grande a leer o comerte un bocadillo, salir de marcha y volver sola dando un paseo de madrugada, ahora que hace tan rico. Esto sí, apetecer, apetece, pero no, ¿no?.

Referirse a esto como cultura de la violación igual es un poco bestia, pero tras leer el artículo incómodo y discutible de Zaron Burnett, pienso en las carreras que me he dado yo, con lo poco que me gusta correr, al volver a casa de noche. Carreras que, además, me hacían sentir como una gilipollas... A las 5 de la mañana, atravesando la recta entre el chinito y el Giner, estaba casi segura de que el tipo que andaba por la otra acera no iba a atacarme. Pero si el tipo en cuestión, al oler mi miedo, en lugar de verse alagado en su virilidad se hubiera puesto en mi lugar o en el de su hermana pequeña, puede que lo que yo hubiera olido fuera empatía en lugar de peste a depredador, y me hubiera ahorrado un sofocón. Muchos sofocones en realidad. Y algún susto que otro.

Será todo exagerado, los términos o lo que tu quieras, pero que sí, que me gusta leer Píkara y que le pongan voz a algunas cosas que me pasan por la cabeza desde los 12 años. O desde los 10. Que a lo mejor no adhiero con todo, pero me da otra perspectiva. Que desde que sigo a Bea Esteban leo y oigo cosas que me vuelven del revés, me incomodan y me hacen pensar. Que las gafas violetas de Diana no se empañan. Que encuentro que Nuria Galicia es una persona sensata y no sospechosa de radicalismos, y también me da estas cosas de leer.

Y que, aunque estemos acostumbradas a caminar por la calle con inquietud y precaución, no mola, no mola nada.

Estos consejos del ministerio, además de alimentar mis miedos y los de mis hijas, ofenden a los hombres que me cruzo por la calle y no me quieren violar, que son los más.

martes, 24 de junio de 2014

Noche de San Juan III. El tiempo de las luciérnagas.

La mañana de San Juan amanecía extrañamente temprano, por lo demás como cualquier otra. La promesa del verano ya era realidad, y el soniquete de la radio en la cocina, y nada más.
Seguramente era día de mercado, y todos estaban fuera mientras mi abuela aderezaba con vinagre algún guiso. Ruido de cacharros, y nada más.
En la calle el claxon estridente de algún vendedor ambulante. Los perros ladrando inagotables, y nada más.
Nada que hacer, otro largo día por delante. No se qué hora es, pero es hora de levantarme.

Después de desayunar, leche templada con galletas maría, y lavarme la cara así un poco por encima, comenzaba mi deambular matutino por la casa. Abrir algún cajón y remover viejos papeles amarillos, fotos, cartas, facturas, papel, papel, papel testigo... o esos otros cajones de largo infinito en la máquina de coser; fisgar entre la ropa con olor a naftalina, los armarios del baño repletos de frasquitos sin nombre, cuchillas, rulos, ungüentos, gamuzas delicadas y artilugios morbosos...

Bella Aurora, un clásico entre los clásicos.
Entonces las casas no estaban preparadas para recibir niños, al menos no las de mis abuelos. Sin embargo eran un paraíso de recovecos y reinos prohibidos que excitaban mi imaginación. Cada rincón de la casa escondía un secreto, cada objeto una historia, tras cada puerta cerrada una inmensidad por explorar, pasados cercanos que me querían rozar. Y qué decir del sobrao... Allí los pasados te envuelven, te abrazan, te atrapan.

Así deambulaba, a veces largas horas, hasta, por ejemplo, dar con una caja de lata llena de lápices y una hoja vieja del calendario de la Caja Rural y bajar a la habitación fresca junto a la cocina. Acomodarme en el duro escaño ablandado con cojines, tan ajados que apenas cumplían su función. Retirar el tapete de ganchillo para poder dibujar, o escribir, o enredar con los lápices, no sin antes proteger la mesa con un hule, no fuera a dejar marcas.
Y, tras un rato en calma, absorta en el papel, el silencio se hacía espeso y al fin caía en la cuenta: La jaula.
La jaula estaba vacía, limpia, colgada en su lugar aguardando a la próxima primavera. El grillo ya no estaba.

El tiempo de las luciérnagas. Imagen tomada de aquí.
Mi abuela decía que todos los grillos mueren la noche de San Juan, pues serían los cautivos, porque al caer la noche se les oía de nuevo cantar.

Pero ya no queríamos atraparlos ni encerrarlos en jaula alguna, había llegado el verano, el tiempo de las luciérnagas, los cocoluces imposibles de atrapar. 

jueves, 19 de junio de 2014

Un día cualquiera, un rey.

La promesa del verano está a punto de convertirse en losa. No se por qué lo ansiamos tanto.
Fuera hoy están coronando un rey, todos andan muy entretenidos, yo no me entretengo con nada.

El rey y el mar. Heinz Janisch 

Esta mañana alguien vino a refrescarme la memoria adolescente, esa que de no usar tengo entumecida. Será la pieza que le está faltando a este puzzle.

Entre las caracolas y las conchas, una calavera desgastada por el mar.

Ese polvo que acumulan las guitarras por debajo de las cuerdas da cuenta de los jardines abandonados y las horas vendidas al sofá.

El pequeño rey de las flores. Kuêta Pacovská


Tic, tac, tic, tac, tic, tac. Tic, tac, tic, tac, tic, tac.






miércoles, 11 de junio de 2014

Noche de San Juan II. Jaula de grillos.

Hoy no sabría dónde comprar una jaula para un grillo, ¿en una ferretería?, ¿en un chino?... es que ahora ya casi todo se compra en los chinos, antes todo a 100.

En casa de mis abuelos siempre hubo jaulas de grillo. Digo de grillo porque solo se metía uno, el que mi abuelo guardaba bajo la boina cada final de primavera, días antes de la noche de San Juan.

Había dos clases de jaulas: una viejísima de madera y alambres oxidados, y otra de plástico bicolor. Bueno, en realidad eran tres las clases de jaula, porque mi tía Lamonja aseguraba que ella de niña las fabricaba con juncos; pero ya no era niña, ni había juncos porque el regato bajaba seco. 
Mira, hoy el regato vuelve a traer agua, tal vez crezcan juncos de nuevo. Pero mi abuelo ya no está para cazar los grillos, y mi padre, que es ahora el abuelo, no lleva boina. No se.

El caso es que, para guardar al grillo que atrapaba mi abuelo cada final de primavera, días antes de la noche de San Juan, se usaba siempre la segunda, la de plástico bicolor: verde por abajo, amarillenta por arriba, con una arandelita pequeña para poder colgarla.
Yo no me acuerdo qué cara ponía mi abuela cuando mi abuelo se sacaba el grillo de debajo de la boina, pero sí se que era ella quién recadaba la jaula, así que mal del todo no le debía parecer.

Mi abuela.
Nunca vi a mi abuela fuera de su casa, lo más cerca de la calle, el porche que había en la puerta delantera, y sin bajar las escaleras. Alguna vez, muy pocas, sentada en su trono de mimbre a la sombra del patio trasero.
En un trono muy parecido a este. Con cojines y una manta,
Porque mi abuela se sentaba en un trono, sí, en un trono de mimbre crujiente. Y llevaba toquilla sobre los hombros, siempre. La toquilla, por cierto, es una prenda hoy denostada que, sin embargo, es bien confortable. Desde aquí reivindico la toquilla, hombre.

El caso es que esta vez no exagero ni miento cuando digo que nunca vi a mi abuela fuera de su casa. Saldría, no digo yo que no, pero en muy contadas ocasiones. Gastaba el día entre el salón y la cocina, estancias separadas por un largo y oscuro pasillo. Pasillo que mi abuela recorría despacio, cuatro o cinco veces al día, arrastrando los pies, con la mano pegada a la pared, con cuidado, cuidado de no balancearse mucho, no se le resbalara la toquilla, que pendía como una tela de araña, suave, sobre sus hombros. Hacía parada en el baño a peinarse. Porque mi abuela se se peinaba mucho y no se perdía una misa por la tele, y nos preparaba la merienda a los nietos untando praliné en pan con una cuchara. Muy rico.

Pues sí, mi abuela era una reina, una reina hermosa con la cara tersa y sonrosada como una manzana. La reina de su casa. Debió gastar mucha energía mi abuela en parir y criar a sus muchos hijos, porque yo siempre la conocí en estado de duermevela. Hablaba muy bajito mi abuela, y vocalizando poco, creo que porque la dentadura nunca era de su talla, que encogía a pasos agigantados. 

A mi abuela le gustaban mis manos, morenas y llenas de carne. A mi me gustaban las suyas, huesos largos cubiertos de delicada gamuza, que cobraban vida para preparar la merienda y hacerse cargo del grillo que mi abuelo traía cada final de primavera, unos días antes de la noche de San Juan...

miércoles, 4 de junio de 2014

Noche de San Juan I

Mi abuelo gastaba boina, ya sabéis, en invierno para protegerse del frío y en verano para resguardarse del sol, siempre la misma boina.

Pero mediada la primavera, la boina cobraba otra función.

Mi abuelo me cogía de la mano, mi mano pequeña en su mano grande, no muy grande. Dábamos un paseo hasta la era, al caer la tarde.

La exuberancia de las cuentas en esa época contrasta con la vegetación rapada de las eras. Esas tardes, como otras, se oía pasar algún coche. Los ladridos metálicos de los perros domésticos en las naves, ya preparadas para recibir la inminente cosecha. Y los grillos. Siempre los grillos. Sin descanso los grillos. Ensordecedores los grillos.

Ya en la era, mi abuelo me soltaba y, con los brazos relajados, cruzaba sus manos por detrás, al final de la espalda. Ese gesto siempre me pareció sereno, como de gente buena que camina segura por la vida. Mil veces traté de imitarselo a mi primo, que tan bien se le daba. Pero yo no soy serena, qué va, no estoy cómoda andando con los brazos cruzados por detrás, no señor. Además, es mejor que no lo intente, que soy muy zote y me puedo esmorrar. Yo, con las manos por delante, por si hay que frenar el golpe.

El caso es que mi abuelo deambulaba despacio por la era, con la vista fija en el suelo. Mientras, yo me quedaba atrás dando saltitos, observando unas flores moradas de pétalos alargados, muy bonitas, que no se pueden arrancar porque no tienen tallo, crecen a ras del suelo y si intentas cogerlas se desbaratan. Así son.
De pronto, unos pasos por delante, mi abuelo parecía haber encontrado algo... Se paraba, soltaba la lazada de sus manos a la espalda y, un par de segundos más tarde, entre sus piernas, yo veía caer un chorrete humeante y amarillo hasta el suelo.También lo oía, ptrsssssss.
¡Ven, ven!- me llamaba entonces mientras se subía la bragueta-¡ven!
Y cuando llegaba a su altura el ya estaba en cuclillas, observando con extrema atención algo que yo no acertaba a ver. Agachada a su lado, con la mano apoyada en su rodilla para no perder el equilibrio, seguía con la vista lo que el dedo de mi abuelo me indicaba: un agujerito inundado.
¿Ves?- me decía divertido, -aguarda, aguarda, verás cómo sale, shhhh...
Los dos, en silencio, esperábamos expectantes. 
En ese momento, mi abuelo hacía algo que no acostumbraba: muy despacito se quitaba la boina... Igual de despacio, como acompasada con la negra boina, una criatura también muy negra, no del todo asquerosa, asomaba por el agujerito; temerosa primero, enseguida precipitada. Cuando el grillo por fin tenía todo el cuerpo fuera, mi abuelo hacía un rápido movimiento y... visto y no visto, el grillo quedaba atrapado en la boina.
Nos poníamos de pie, yo con las piernas hormigueantes, y mi abuelo se ponía la boina, con el grillo dentro.
Volvíamos a casa agarrados de la mano, yo dando saltitos, él con paso divertido.

El llevaba un grillo debajo de la boina, pero a mi me parecía llevarlo bajo la ropa, palpitando en algún lugar entre el pecho y la garganta.

jueves, 22 de mayo de 2014

Sombreros.

http://luciabe.blogspot.com.es/p/ilustraciones.html
Vengo de una ciudad en la que si llevas sombrero eres una puta, también eres un poco guarra si vas en bicicleta, fumas o has tenido más de dos novios.

Mi abuelo paterno llevaba siembre boina, en invierno para protegerse del frío y en verano para resguardarse del sol. Siempre la misma boina.
Mi abuelo materno no salía de casa sin gorra o sombrero. Estaba bien elegante con cualquiera de los dos.
Mi hermana le da nombre a un sombrero, exquisito, por cierto.
Mi madre es más de atarse pañuelos a la cabeza.
Mi cuñao el de michelín, como tantos otros, solo gasta gorra o sombrero si está de vacaciones. Un extraño fenómeno que se da mucho.
Mi excoblogera se plantó una pamela el día de mi boda que nos dejó a todos pasmaos. Es la misma del trikini dorado del que os hablé, sí, la que se casó en las Vegas, así que como comprenderás, a ella lo que digamos en provincias lo mismo le da.
Conozco a uno al que nadie ha visto jamás con la cabeza descubierta. A lo mejor le conoces tu también.

Y mi, así como las gafas todas me sientan bien, los sombreros me quedan como el culo. Pero, aunque solo sea por tocar las pelotas y acompañar a alguna, mañana me planto un sombrero, hombre. 

Ahora que he descubierto que soy yo muy de canotier. Este, también de Lucía B.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Mi taller y yosoylape. Escuela de seductores y patios de vecinas.

Ser moderna y ser blogera es ser prescriptora. Aunque sea a cambio de ná, por el puro gusto de recomendar y compartir. Mucho se ha hablado últimamente de blogeras negociantas, ni yo ni mi Provinciana somos de esas, qué va, y mira que esta prescribe mogollón.

Y es que esto tiene mucho de patio de vecinas, de vecinas de las de antes: que si mira esto me ha salido bueno, que si yo ahora estoy gastando de esto otro, que si tal que si pascual...

Penélope Pez es en realidad ilustradora y rockera.
Mención a parte merecen las yotubers esas de las que se a penas nada, sigo así por encima a Penélope Pez, por eso se de qué va el rollo, es flipante si no habéis visto nunca un vídeo de estos: va una tía y se graba enseñando los productos que ha comprado en el mes (lo llaman haull o algo así), desde maquillajes hasta productos de limpieza, pasando por galletas y ropa... ¿es marciano?, pues lo parece, pero lo que te digo: patio de vecinas. ¡Y luego van y graban otro vídeo de productos terminados!: de este repito, de este ni de coña... y así. Tiene algo atávico, hipnótico, no se. Antes esto se hacía en la cola de la pescadería, y mucho antes a la puerta de las cuevas, supongo.


El caso es que he vuelto a pinchar una rueda (y van tres), y además me toca revisión de cambio de aceite y cosas de esas. Los viejos lectores ya saben qué opino sobre el intrusismo profesional en general, y el que afecta a los mecánicos en particular, así que he llamado al taller para pedir hora. A mi taller, el de Antares.
Mi mecánico es un seductor nato, se parece al Lichis de la Cabra mecánica, la misma voz de pendenciero. Te llama por tu nombre y te pregunta por tus cosas lo primero de todo. Oye, eso gusta y el lo sabe. Luego ya te mira precios de repuestos y con lo que sea te llama. Así es. Los chavales que trabajan con el son aprendices, no de las cosas de electromecánica y chapa y eso, que chanan un montón; aprendices de seductor, y aunque no les es innato como a su jefe, se les va dando bien. 
En cuestión de talleres hay que fiarse, yo me tengo que fiar. Que me puedo hacer la lista y decir que se lo que es la juntalaculata, pero a mi es como si me hablas del condensador de fluzo, lo mismito. Así que voy y me fío, como cuando voy al médico: o es para fiarme y confiarme o, chica, pues no voy. 
En Antares te lo explican todo, dos veces si hace falta. Yo hago como que me entero, sí, sí, sí, como cuando mi padre el pobre trataba de explicarme las derivadas, pero en realidad no me cosco de ná. He decidido fiarme, ya está. No soy de las que van al médico pidiendo que le hagan una resonancia; no voy al taller y pongo en duda si me toca cambiar ya el filtro del polen (jaaaa, el filtro del polen, qué cosa) No soy de esas personas que.
Así que, hale, te recomiendo mi taller: porque me fío, de alguien te tienes que fiar. Porque son guapos, majos, están limpios aunque tengan las uñas negras y huelen bien.

jueves, 8 de mayo de 2014

Echo de menos a mi hermana, echo de menos decir lo que me de la gana.

Corría agosto de 2007 cuando abrí esta ventana.

Dos factores me empujaron a hacerlo: había decidido cambiar de trabajo y, por motivos de contrato, debía permanecer un mes en la empresa vieja antes de empezar en la nueva. Qué tiempos aquellos en los que se podía elegir trabajo... El caso es que, encerrada en aquella torre de Mordor sin nada que hacer, me dediqué a coquetear con la tecla.
El segundo factor también me resulta remoto al cabo de los años: la pandilla se había disgregado y nos comunicábamos via mail de manera frenética. Pensé que esto sería una plataforma para contarnos cosas.
Todo quedó en un tu a tu con mi cobloguera y sin embargo amiga. Enseguida me quedé sola, la puerta sigue abierta para cuando quieras volver.

Durante mucho, mucho tiempo me divertí infinito jugando con esto. Me dio alegrías silenciosas. Muchas. Antes de que ser bloguera fuera muy molón, esto era un rollo underground del que poco se sabía en mi mundo 1.0

La ilustración es de Oliver Jeffers. La subo porque así pruebo si me acuerdo cómo se hacía, y si se sigue haciendo igual.


Tiempo más adelante mi persona se disgregó en varias, es como si este viejo post lo hubiera augurado. Empecé a escribir para Saltalarana y a pasar menos por aquí. Además mi madre empezó a leerme y me dio tanto pudor... Pero mi hermana Provinciana también lo hacía, y era como charlar las dos bajo el mismo edredón. Luego llegó Facebook y dio al traste con todo.

Parí, y durante dos años ni pisé por aquí. pero lo echaba mucho de menos e hice una intentona. Y otra. Y otra más. Jamás recuperé la continuidad.

De vez en cuando entro a quitar pelusas y telarañas. A veces me río de lo boba que era, otras me sorprende mi propio ingenio, ya ves. Me leo en mi primer día como librera, también en el último. Leo la cantidad de cosas que recuerdo de mi niñez, y no me acordaba que me acordaba hasta que me puse a escribirlas. Me leo y no me acuerdo si recuerdo o invento. Pero sí se que lo pasábamos bien.

Te echo de menos, coño, pero no puedo prometerte nada, ya lo hice una vez...