lunes, 30 de enero de 2017

León no es Roma, pero se le pareció mucho.



Comimos sopa, nos confesamos por las esquinas, bailamos y nos besamos muchísimo y, aunque no hicimos una conga memorable como en las fiestas de Jep Gambardella, fuimos el vértice de la fiesta y no la hicimos fracasar porque no quisimos.

Éste año no hay crónica exhaustiva del Purple Weekend, lo siento. Pero sigo queriendo volver, y disfrutar de todo, de absolutamente todo como lo hicimos éste año: del viaje de ida y del de vuelta, de las calles de esa cuidad que nos entusiasma, del museo y la decadencia de los viejos al calor de su hall. Del Prieto Picudo y los camareros impertinentes, de las amigas de toda la vida, también de los amigos de un rato, de los encuentros casuales y los cruces circunstanciales. Del frío y el calor extremos, de los conciertos, de la música, de la buena y la mala. Del chocolate y la morcilla, de la alegría de un vermú de resaca. De la espera en la cola para un taxi y de un viaje loquísimo en autobús urbano; de las confusiones de madrugada, de los planes para ir, ¡venga!, al Sónar nada menos.

Y de la película, pues qué te voy a decir. Que si no la has visto tienes tienes que verla, y si te gusta es que eres de una calaña determinada. A mí me sulibella, la verdad; y me recuerda que tengo que volver a Roma cuanto antes, a ser posible que no sea invierno. De todas formas, he de ir a León antes, que me gusta tanto y está más cerca. Además mi hermana es de allí y alguna vez tendremos que volver juntas.




miércoles, 25 de enero de 2017

Ruidos que me gustan.

No es una oreja, es una seta y se llama auricularia judae.

El aspersor sobre el capó del coche.
Los pelotaris calentando en el frontón.
El estallido de las palomitas de maíz en la sartén, que se parece asombrosamente al anterior.
La risa de mi hermana.
Las olas rompiendo en las piedras de la playa de Los muertos.
El borbor del arroz a media cocción.
El descorche del champán de la Madrina.
El chirrido seco y metálico de la reja de mi jardín.


domingo, 22 de enero de 2017

Sol de invierno



En realidad lo que más me gusta de esta canción es el título.
Aunque es verdad que a veces se juega una el tipo si mira mucho a los ojos. Es como levantar un poco la tapa de la caja de Pandora. Bueno, que no sé si se puede hacer eso: levantar solo un poco la tapa de esa caja precisamente.

Pues no, a mi padre no le gusta, no.

miércoles, 18 de enero de 2017

Cosas que sé y no sé por qué sé.

Green Bean, Alexander Henrg.

Que a los guisantes les va bien la mantequilla.
Que es malo no dejar cargar entera la batería. Aunque, bueno, eso igual es mentira.
El nombre de algunos árboles y cómo distinguirlos. Y más que me gustaría saber.
Cómo coger entre los dedos un disco desmaquillante para frotarme los ojos sin prepararme un cristo. Igual ésto sí sé, que se lo he visto hacer a la Pauli.
Cómo se piden los pasteles de Marina y qué es un Butanito.
Abrocharme el sujetador con la técnica determinada que empleo desde que tengo uso de razón, bueno, desde que tengo uso de sujetador.
Depilarme las cejas con el ángulo correcto.
Que si sobreinfusiono el té verde se vuelve amargo. Y no me gusta.

Dry The Rain



Me gusta mucho, y también me da un poco de angustia ese cresccendo que tiene, que parece que se va a acabar todo o que va a explotar, o que explota y se acaba... pero luego no. Porque a veces pasa eso ¿no?
Me recuerda a mi carpa de librera de viejo, junto al Campo Grande, y al reflejo que los árboles hacían en el techo, que parecían un teatro de sombras al principio, antes de que se llenara de cagadas de pájaro.

A mi padre no sé si le gustará, igual sí.

domingo, 1 de enero de 2017

El feminismo no me deja vivir.


Ya no puedo soportar el puto club de la comedia. 
Si me agarras de los pelos, me entran dudas y, mira, con dudas no se relaja una igual. 
Me puedo reír de un chiste, sí, pero
si no ataco con veneno después, reviento. 
No puedo ver el 98% de la programación de la tele convencional. Y luego que parezco una snob. 
Ya no puedo cantar canciones que antes tanto me gustaban. 
La pereza que siempre me dio quitarme pelos y teñirme canas se ve respaldada por algo que ya no es pereza. Pero, chica, eso no. 
Algunas fronteras, otrora inescrutables, hoy se me antojan difusas. Y en otros campos, se levantan muros custodiados por hidras y diosas justicieras. 
Algunas cenas con la pandilla terminan en bronca y ahora es por mi culpa y no por el fútbol de los cojones (porque el fútbol es de los cojones y no lo puedo soportarrr)
Y me da miedo terminar vistiendo faldumentos, que me sientan con el culo, lo sé yo; y con pelos en el bigote y peleando a lo tonto con cerrojos mentales que no digieren argumentos. 
De momento pienso seguir quitándome el bigote siempre que quiera, y voy a procurar querer. Y voy a estudiar mucho para que la furia no me pueda y no me falten los argumentos para aflojar cerrojos. 
Lo que no sé es si quiero medir las batallas  o entrar como elefante en cacharrería cada vez que se me tuerza el gesto.  
No sé.