Mi carrera como actriz. Capítulo II

Luego de varios papeles más o menos importantes en las fiestas de guardar del cole, siempre con rotundo éxito de público (entre el que rara vez se encontraban mis padres, pobres, los horarios les venían fatal), me lancé a la dramaturgia. 

Fue séptimo de EGB cuando, durante la función de Navidad del colegio, estrené la primera obra escrita, co-dirigida y, por supuesto, co-protagonizada por mí: 
Terror en el convento, una comedia de acción trepidante en la que las chicas de la clase encarnábamos a unas monjas que se enfrentaban con arrojo a la banda de atracadores que irrumpía en su convento la noche antes de Navidad. 
Como era un colegio laico (de los de verdad, exento de crucifijos y con poca ostia) y la mayoría de los niños éramos hijos de familias ateas recalcitrantes, vernos vestidas de monjas provocó mucha risa y un poco de grima también. La función fue un éxito rotundo, todos lo pasamos muy bien y en esta ocasión no me dormí ni se me aflojó el vientre en escena a pesar de los nervios, que lo hubo. Pero no todo fue un camino de rosas, hubo drama entre bambalinas, sí. 
No me acuerdo muy bien de la causa pero, como el genio en ciernes que era, debí enfadarme muchísimo por alguna nimia contrariedad y, unos días antes de arrancar con los ensayos, me negué a participar en función alguna y, por supuesto, rompí  en mil pedazos el papel cuadriculado con el guión escrito de mi puño y letra. Por eso la fotocopia que aún hoy conservo registra arrugas y trozos de celo del documento original.
Así como mi fisiología, mi memoria es también caprichosa, y tiende a borrar los hechos circundantes a los momentos en los que monto en cólera; por eso no puedo afirmarlo a ciencia cierta, pero estoy casi segura de que fue el gran I.G. quien me ayudó a recomponer los trocitos del guión y mi recién estrenado orgullo pre adolescente. 
El gran I.G., él mismo era una furia, pero ya con 10 años era un maestro apaciguando la mía. 
I.G. era de esos que te quieren sin más, sin condiciones y aunque no les tengas en demasiada consideración. Encarnó el papel de atracador jefe en la obra con la misma naturalidad con que, desde primero de parvulitos, asumió ser mi guardián: sin aspavientos ni grandes demostraciones, a la chita callando pero bordando el papel. Qué tío inmenso I.G. Venía de muy buena familia, buena en el buen sentido: su hermano pequeño era capaz de aplastarte por amor, en mí causaba auténtica fascinación; y sus padres eran la dulzura en persona, los dos. Aquél año I.G. fue la estrella de la función, aunque nadie supiera nunca que, de no ser por él, ni mi orgullo ni mi guión habrían llegado jamás a recomponerse.


Un par de años más tarde, mi carrera en el teatro terminó de manera abrupta. 
Cursaba mi primer segundo de BUP y la tormenta de la adolescencia arreciaba de lo lindo, llevándose por delante los nervios de mis sufridos adultos de referencia. 
Una tarde a la semana iba a clase de teatro. De lo que más me gustaba, a parte de Teresa, la profesora, era hacer uso de los pasillos y el hall del instituto. Aquel espacio que por las mañanas era de mero transito, cobraba vida para albergar a Salomé y otros personajes clásicos y modernos del teatro universal. 
Siempre digo que mi carrera se vio frustrada porque no tuve cojones de hacer el pino cuando me tocó, pero lo cierto es que tuvieron que castigarme sin ir a clase de teatro vaya usted a saber por qué comportamiento díscolo y, seguramente, reincidente.

Años más tarde volví a subirme a algún escenario, con intenciones más alejadas del teatro. Incluso en una ocasión actué en el Calderón, convertida en musa de una organización cristiana radical... pero esa es otra historia que hoy no viene a cuento
El caso que nos ocupa es que mi carrera en el mundo del teatro, que arrancó a tierna edad y en ascendente, se vio frustrada un día de pronto, sin más.
A estas alturas no hay pregunta más idiota que la de ¿qué hubiera sido de mí si...? Pero el teatro me gustaba, joder, y aunque no fui capaz de hacer el pino, se me daba bastante bien. 

Comentarios

Provinciana ha dicho que…
A tiempo estás.
iza ha dicho que…
Too late. Hemos cubierto el cupo de artistas y extracomunitarios en la familia.

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