Canciones que me hacen llorar I. Redemption song



Corría el verano del 2003 cuando, cual trío de telmayluises, nos lanzamos a la carretera. 
Era mi segunda incursión a las playas gaditanas en ese verano, llevaba el corazón hecho trizas y el firme propósito de recomponerme aunque fuera al borde de un barranco. 
Un noche me vestí de amarillo chillón, que en verano, como soy negra, me sienta bien. No tenía ninguna gana de pasar desapercibida. 
Pero llegamos demasiado pronto al chiringuito y, en lugar de la tralla electrónica que yo esperaba como agua de mayo, nos topamos con un concierto de reggae dulzón. Allí nos plantamos, en la arena frente a la Gata, ese lugar habitado por artistas de medio y pelo entero, jipis de postal y pandillas de veraneantes que se creían lo uno o lo otro. Y algún colgao, claro.
Allí estábamos las tres, bailoteando el conciertito, yo con mi camiseta de rejilla amarilla (que no era mía, que me la dejó Lucía), cuando, de pronto, sonó esta canción. Y, entonces se abrieron todas las compuertas del pantano de mi pena, y me puse a llorar como una niña, con mocos, hipo, tembleque y babas. Y quise volverme invisible, pero no podía porque estaba en medio de una multitud y además llevaba una camiseta amarilla. 
Justo a mi lado había un tío muy muy alto, que sale mucho en televisión y no parece tan alto. Claro, me miró y antes compadecerse, quiso saber, porque segundos antes me había visto: radiante, morena, contenta y vestida de amarillo. El pobre trató de ser afable, me tocó el brazo con delicadeza y me dijo -¿qué te pasa?, ¿no te gusta la canción?. Y yo, me zafé de su mano y, como una niña tonta le contesté -Cállate, gilipollas. El pobre se lo tomó bien.
Pero el dios de los rastafaris me castigó cumpliendo mi deseo, y me convirtió en invisible para el resto de la noche. Por eso cuando se cerraron las compuertas y se me pasó la pena, no conseguí que me mirara el batería de 7 notas 7 colores, que hacía de dj esa noche, llevaba una sudadera roja de capucha como la de Ellen Page (la sigo queriendo), era muy alto, muy rubio y con cara de bruto. Y mira que lo intenté, hasta el amanecer.
Y esto es todo lo que tengo que decir al respecto.
La canción en cuestión también me hace acordarme de la peli de La playa. Sigo pensando que, si en lugar de protagonizarla un inmaduro Di Caprio, la hubiera hecho Brad Pitt, que hacía de loquito como nadie, hubiera sido un peliculón. Aun así la peli me gusta, la canción también. Y ya no me hace llorar.
Pero quién sabe cuándo, por sorpresa, se abrirá la compuerta del pantano de la pena. Mejor no te pille cerca, amigo, ya lo sabes, me pongo muy desagradable.
Esta canción le gusta a mi padre, claro que sí.

Comentarios

Eva Galvan ha dicho que…
Como yo soy la reina de los pantanos, mis compuertas se abren con asiduidad, ves así (lo mío) no tiene gracia

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