Fun, fun, fun, es navidad.



De la navidad me gusta:

Beber champán y comer turrón del blando, todo junto.
Los anuncios de perfumes, mucho. Más que los propios perfumes, mira qué apañadita salgo.
El olor del horno encendido. Casi me da igual lo que haya dentro, a baquelita quemada.
Cantar, aunque sea la misa campesina.
Los peliculoncios que echan por la tele hasta altas horas de la madrugada. O que echaban, ya no se. Y ver con mi padre 2001 odisea en el espacio por millonésima vez. O 7 novias para 7 hermanos, lo mismo me da.
Salir hasta las tantas muchos días seguidos, y que siempre haya gente en los bares, empalmar un plan con otro, y una pandilla con otra y así hasta el amanecer.
El concierto anual de la Orquesta Diamante, aunque éste año, ya se, no podrá ser.
El concierto de año nuevo a todo volumen, aunque la resaca sea infernal.
Que me manden mensajes inesperados y personales. Y si no son personales, por lo menos que sean inesperados.
Escribir postales, aunque luego se me olvide echarlas al correo y nunca lleguen a tiempo.
Las sobras de los festivos recalentadas a diario. Ay, qué ricas.
Trabajar de librera, atender a señoronas y envolverlo todo para regalo y por separado. Y que la tienda esté llena y tengamos que empujarnos un poquito con los codos y las caderas para movernos por el mostrador.

Que se me da muy bien.


En navidad me acuerdo:

De la fiesta de mi colegio encantado y de las obras de teatro. Entre aquellas bambalinas se forjó una vocación que, años más tarde, se vio frustrada porque no tuve cojones de hacer el pino. Pero esa es otra historia.
Del aguinaldo de mi abuela, que siempre incluía peladillas y naranjas ácidas vaya usted a saber por qué; y del cumpleaños de mi abuelo y las comedias con mis primos los de Tordesillas, el verdadero pistoletazo de salida de la navidad, me río yo de la lotería.
Del famoso brindis de mi primo Samuel: que tengamos buena cosecha de patatas. De la teta de Sabrina, no lo niegues, tu también.
Del fin de año en que a mi tía le salió salado el bacalao con patatas y fue un drama.
De los villancicos de mis vecinos, y las visitas furtivas y cruzadas a los trasteros para fisgar los regalos de reyes.
De la primera nochevieja de mi hermana y el cepillo de pelo diabólico, que nos costó un corte de flequillo in extremis, no fue un drama pero casi.
Del olor a vinagre en el horno de gas de mi abuela. Y del cardo con almendras de mi otra abuela. Y las manos negras.
De los fantasmas sentados a la mesa, y del año que mi madre juró que iba a llenar el salón de fotos de familia.Y de la huida, porque oye, ni por esas los logramos espantar.
De los viajes huyendo a uno y otro confín, y los minibotellones con mi hermana en las habitaciones de los hoteles.
De aquél hotel en Roma cuyo ascensor parecía una caja de muerto, donde lloré lo que no está escrito.
Y de aquella espera, en ningún momento desesperada, que me dejó desangrada y magullada, y me cambió para siempre. De la taza blanca con consomé que me recompuso, amén de dos bolsas de plaquetas en vena, y la inundación de amor que sobrevino cuando llegaste, tan bonito. De tu olor a sangre fresca mezclado con el de tu padre, y el perfume dulzón de mi hermana. Pero esa también es otra historia que aun no ha de ser contada.

Feliz navidad feonautas queridos, y que el cristo de Palacaguina sea con vosotros y vuestros jodidos fantasmas.

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