Camping Camaleón

Alguien debería contar la historia de este lugar.

A veces la memoria está hecha de postales, postales sobre las que el tiempo se encarga de poner destellos dorados. 
Y en esta postal de mi memoria el destello era multicolor, como el de una gota de aceite de coche en un charco. En realidad, más que una postal, el recuerdo de este lugar era una bola psicodélica convertida en recuerdo esencial (sí, acabo de ver la peli, otro día cuento qué me parece). Y digo "era" porque he vuelto al lugar y, claro, el recuerdo ha cambiado. 
Es algo que me pasa mucho últimamente, ahora que de todo hace 20.

Contactamos con los que fueran nuestros gurús gaditanos, la conocida colonia freak del Puerto. Podría decir que están igual, pero no, tampoco. Siguen siendo aquellos personajes de cháchara infinita dotados de la misma habilidad para acuñar términos de entonces;  conservan intactas sus dotes magnéticas y arrolladoras, capaces de convencerte de casi todo, e idéntica despreocupación por los asuntos ajenos. Se les quiere y se les recuerda como a los personajes de tu serie de dibujos favorita. Merecen post aparte. 
Nos dijeron: id al Camaleón, que se vuelve a estar bien. No es que antaño estuviéramos mal, qué va, pero aquellos incautos que allí pasaron sus veranos ya no existen, nos los fuimos devorando a lo largo de estos 20 años. Cuántas veces hemos sacado la bola del recuerdo esencial y la hemos acariciado... En cada reunión de amigos, en cada sesión de anécdotas y batallitas: la música, la indumentaria, pandillas imposibles, escenas disparatas y cosas muy pequeñas que estallaban a lo grande.
 
Y de tanto acariciar la bola se confunden realidad y ficción. Eso sí que se me da bien amigos (y no me refiero a acariciar bolas o tocar las pelotas, que también): poseo memoria prodigiosa para las chorradas minúsculas y tremenda facilidad para fusionar fantasía y realidad. Bueno, así se forjan los recuerdos ¿no?, no se qué pensarán al respecto los guionistas de la peli esa que vi ayer. 

El caso es que al atravesar el umbral del camping acompañada de mis cachorros se me pusieron los pelos de punta. Todos los pelos. 
Me parecía imposible que aquello estuviera idéntico a la impresión en mi memoria y, a la vez, tan distinto. No se, era como si le hubieran pasado una manguera a presión para eliminar la mugre y la locura. La postal de mi memoria cobraba relieve y, al abultarse, la luz se hacía distinta. Todo distinto. Pero todo lo mismo. Como si fuera el escenario de la peli de mi vida en el que, de pronto, entran a escena los personajes del futuro con los que tanto fantaseamos en aquella misma pradera. Nosotros eramos los personajes. Todo muy loco. Pasado y futuro fundiendose en uno, y yo allí, de espectadora y protagonista a la vez, con un churumbel de cada mano. El pequeño me soltó y vi en sus ojos un asombro muy parecido al mío cuando, como ahora él, eché a andar por la pradera y me puse bajo la claraboya del Camaleón por primera vez.  


El lugar es magnético, lo era y lo es. He podido recorrerlo de nuevo, con los ojos 20 años mas viejos, y comprobar cuán fantástica en todos los sentidos es mi memoria. Recordaba las piedras sueltas de la escalera, el desnivel del césped, la vegetación de la claraboya... aquella claraboya, el encanto soberbio de los camareros. Y de cada rincón una escena, una música, un personaje, una conversación con pelos y señales. Os juro que me acuerdo de todo.

Y al salir de allí las aceras estrechas. Las escaleras a la playa con sus guardianes apostados en ellas, las pieles doradas de sol y polvo. Y esa playa, a la que nuca fuimos a una hora decente pero tanto disfrutamos; ese agua que amanecía con un brillo sobrenatural, y esa arena poblada por minúsculas criaturas. 

Podría contaros la historia del jipi que en lugar de perro tenía una oca guardiana, a la que no había cristo que se acercara porque daba más miedo que un pitbul.
O la del cani que en la rave del párking perdió el pircing del pezón y buscaba una tirita para pegárselo.
La de los dos piesnegros que se mordían las crestas una mañana mientras se revolcaban por el suelo farfullando vete a saber qué.
La historia de los pescadores que nos regalaron litro y medio de gazpacho y nos salvaron de la deshidratación. 
La de aquella chica a la que una noche, de puro contento, se le pusieron las piernas y la entrepierna de color azul. 
La del perro gigante que recogía en una bolsa sus propios excrementos de la pradera.
La de La Valen, que tenía una sombrilla del Betis y la barriga hinchada de tanto bajar al moro. 
Podría contar muchas historias. Algunas ya no se si ocurrieron de verdad.

Pero alguien debería contar la historia de ese lugar, que ya es mítico. 
Yo no puedo, ya ves que no soy capaz de quitarme de en medio, me hago un lío, tendría que contar la mía y ahora no tengo ganas. 

Dicen que no hay que volver a los lugares donde se ha sido feliz. Yo que se. El caso es que ese sitio parece haber crecido con nosotros. Lo gozamos entonces y ahora nos acoge con un ambiente ideal. 

Otro día si acaso os hago una reseña del lugar, así estilo guía de viajes, y os hablo de los exquisitos desayunos, del trato impecable del personal con el que, al estilo Dirty Dancing, todos queremos bailar; de la sombra generosa y del ambiente agradablilisimo de los conciertos al anochecer. 
En el parking ha vuelto a crecer la vegetación y hay camaleones en los árboles de nuevo. En el supermercado, en lugar de botellón, venden productos groumet y están prohibidos los perros y los bongos. 
Como dijo la chica de las piernas azules al enterarse de en qué se ha convertido el escenario de nuestros delirios juveniles: si no puedes con el enemigo, siéntalo en una terraza y ponle unas velas. 



Comentarios

Anónimo ha dicho que…
erase una vez 1982....
Francisco Guerrero ha dicho que…
erase una vez 1982...
Provinciana ha dicho que…
Estuve y me gustó mucho, muchísimo el campito ese. Habrá que volver.

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