Es una mierda el deseo a veces.

Lo más duro no es rastrear olores como una perra. Ni escuchar compulsivamente esa canción. El gusto amargo en el paladar que distorsiona el sabor de tus guisos, ni las intermitentes ganas de reír y llorar (reír cuando te acuerdas; llorar, sabes que no será)

Lo peor no es ese nudo entre pecho y garganta, al galope entre la náusea y la falta de respiración. 

El muslo de Prosepina: deseo y mármol.
Tampoco es lo peor, y es malo, muy, muy malo, desear tanto una piel ajena que al deshacerte de ella se te desgarra la propia. 

No. Lo más brutal es el extrañamiento. 
Todo es raro. Todo insípido. Nada suficiente. Ni tu nombre suena a tuyo si no es de su voz. Tras la intensidad y el calor extremo no valen tibezas. Las conversaciones cotidianas con los compañeros, que eran la sal del día, te aburren, te suenan como un eco lejano al que asientes sin sentir. Al acabar la jornada no te encuentras en tu libro, ni en tu tele, y en tu paseo no sabes dónde ir.
No sabes qué hacías antes, se te hacen largos los días. No digamos las noches. No te hallas ni en tus carnes.

Y dicen que el extrañamiento es bueno para la poesía, será por eso que la angustia la alimenta. Ésta angustia en concreto ha dado muchos versos.

Luego se disipa, no te creas, y lo que parecía inabarcable se queda en nada. Todo lo intenso se diluye, el ardor se paga. Pero si te ha pasado, te acuerdas. Es una mierda muy grande el deseo a veces, ya ves.

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