Take a walk on the wild side, ey sugar.



El lado salvaje. Ay, el lado salvaje.
Hoy echo mucho de menos a mi excoblogera. Bueno, la echo mucho de menos muchas veces. Pero hoy, con este día que hace, pues me acuerdo. De ella, de Lou Reed, del lado salvaje y sus matorrales, del miedo, de Las edades de Lulu.

De mi excobloguera, por eso, porque me acuerdo muchos días y hoy también. Y de Lou Reed porque me gusta corear esta canción apretada entre las chatis, haciendo como que somos neoyorkinas y estamos muuuy colgadas; mientras Gerardo el alto, que tiene mucha gracia, canta, mi marido desgrana el bajo y Tony Diamante dirige la orquesta. Pasa pocas veces, pero cuando sucede es glorioso, aunque solo sea un ensayo. Quién lo ha visto lo sabe.

Y entonces me acuerdo también del día en que me dí cuenta de lo indiscreto del interné. Y no escarmiento.
Pues resulta que cerraban un cine mítico en la ciudad, para abrir un casino de mierda, ya ves. Y se generó un movimiento de gente que, de forma espontánea, dejó comentarios en la red sobre sus experiencias en ese cine. Y yo, que tengo alma de exhibicionista, me vine arriba y me lancé. 
Y conté cómo corría el verano de 1990, cuando a eso de las 4 de la tarde, con un calor de justicia, cuatro púberes de sexos alternos nos colamos en ese cine. Subimos a la parte de arriba y devoramos la peli de Bigas Luna basada en la novela de la Grandes. Alguno la devoramos también con las manos, amparados por la oscuridad. Desde entonces las manos son mi órgano sexual preferido, las propias y las ajenas; y no puedo dejar de escuchar la canción de Lou Reed sin imaginarme que soy una neoyorkina muy colgada o la pélvis de Francesca Neri contra un colchón apoyado en la pared. O las dos cosas a la vez. 

Unos días más tarde, a algún redactor del Norte de Castilla le pareció un bonito homenaje a la extinta sala de cine rescatar esos comentarios y publicarlos en la edición impresa del periódico, a la cual mi madre está suscrita y cuya lectura no perdona. Al día siguiente me encontré el recorte de periódico con mi nombre y apellido encima de la mesa de la cocina.
Todavía no se si mi madre sintió orgullo o vergüenza. O las dos cosas a la vez.

Comentarios

Provinciana ha dicho que…
Pues anda hija que ya está bien.
¿Tendrá el recorte del periódico plastificado en algún cajón?
Porque yo no sabía de su existencia y por lo que parece es para recordar.

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