Los últimos días del verano

Son bien raros los últimos días del verano, sí. Dice la Selgas que no le gustan un pelo, a mi pues no lo sé.
Los de este año me traen algunas conclusiones intrascendentes que, si bien seguramente no os interesen, como es mi casa y hablo de lo que quiero, a renglón seguido paso a enumerar:

Que las vecinas son necesarias y si se pudieran elegir no sería lo mismo.
Que el melocotonero no tiene término medio, se parece mucho a mi.
Que me gusta la fiesta mas que a un tonto un bolígrafo y perdí mi oportunidad de ir a Ortigueira hace años ya.
Que la belleza está en el interior, sí, pero que una piel dorada ayuda mucho.
Que no dormir no me sienta tan mal, y que a falta de noches en vela, como propósito de enmienda, sería bueno madrugar.
Que sigo sin ser capaz de establecer un orden de gravedad entre los pecados capitales, es más, empiezo a dudar de las propias categorías. Pero eso es post aparte, hay mucha harina en ese costal. 
Que gastarse 60 euros en depilarse o 160 en libros de texto es un despropósito sin igual.
Que echo de menos a mis cuñadas y mas que las voy a echar.
Que desde la Atalaya todo parece tener remedio y pesa menos la gravedad.
Que se está muy bien descalzo y las uñas a remojo crecen una barbaridad. 
Que una tormenta una tarde de agosto deja el mismo cuerpo que el final de un amor o un buen poema; pero que un día de sol a primeros de junio es la promesa de que todo está por estrenar.

El final del verano, de Stian Hole. Raruno y genial.
Que ya no me queda otra que escuchar a mi puta intuición, que como dice la sabia Manzanera es lo único que tengo. Ahora solo resta decidir si es para hacerle caso o para llevarle la contraria, ya ves, lo mismo será.





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