Ritmo de la noche.





Hace no mucho se celebraba el día de la música, porque, hija, todo hay que celebrarlo. Y Bea Esteban, de la que me fío mucho aunque trato poco, comentaba que ésta y no otra es su canción favorita. 
Argüía una serie de razones con las que no puedo estar más de acuerdo: esto suena y levanta cualquier fiesta, cualquier pista, cualquier cosa. Es un tema que, como la cocacola, pega con casi todo. Hay mil versiones y se harán otras tantas, todas con su cosa divertida. 
Lo has bailado hasta la saciedad, lo bailas si te lo echan, y lo bailarás; no lo niegues, suenan los tin tin tín iniciales y te entra esa cosilla por el cuerpo: lo mismo sirve para mover el esqueleto con tu tía abuela en una boda que para desconectar neuronas en un after, eso es así.
Otra cosa es que la chati que sale en el videoclip se parece bastante a mi prima, aunque ella jamás se contorneó así porque estaba muy buena pero lo tenía prohibido (estar buena, ya no te digo contornearse (o se dice contonearse, ay , no sé))
Por estas razones, y porque me parece de los más moderno no tener prejuicios en general y con la música en particular, traigo esta canción hoy aquí.

Se produciría una implosión en mi paracosmos si viera a mi padre bailando esto, así te lo digo.


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