León no es Roma, pero se le pareció mucho.



Comimos sopa, nos confesamos por las esquinas, bailamos y nos besamos muchísimo y, aunque no hicimos una conga memorable como en las fiestas de Jep Gambardella, fuimos el vértice de la fiesta y no la hicimos fracasar porque no quisimos.

Éste año no hay crónica exhaustiva del Purple Weekend, lo siento. Pero sigo queriendo volver, y disfrutar de todo, de absolutamente todo como lo hicimos éste año: del viaje de ida y del de vuelta, de las calles de esa cuidad que nos entusiasma, del museo y la decadencia de los viejos al calor de su hall. Del Prieto Picudo y los camareros impertinentes, de las amigas de toda la vida, también de los amigos de un rato, de los encuentros casuales y los cruces circunstanciales. Del frío y el calor extremos, de los conciertos, de la música, de la buena y la mala. Del chocolate y la morcilla, de la alegría de un vermú de resaca. De la espera en la cola para un taxi y de un viaje loquísimo en autobús urbano; de las confusiones de madrugada, de los planes para ir, ¡venga!, al Sónar nada menos.

Y de la película, pues qué te voy a decir. Que si no la has visto tienes tienes que verla, y si te gusta es que eres de una calaña determinada. A mí me sulibella, la verdad; y me recuerda que tengo que volver a Roma cuanto antes, a ser posible que no sea invierno. De todas formas, he de ir a León antes, que me gusta tanto y está más cerca. Además mi hermana es de allí y alguna vez tendremos que volver juntas.




Comentarios

Provinciana ha dicho que…
Pues volvamos. Siempre es buen momento para ir a mi pueblo. Siempre hay algo bueno que hacer.
Ahora que soy de la cofradía de San Genaro soy más de allí que nunca.

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