El feminismo no me deja vivir.


Ya no puedo soportar el puto club de la comedia. 
Si me agarras de los pelos, me entran dudas y, mira, con dudas no se relaja una igual. 
Me puedo reír de un chiste, sí, pero
si no ataco con veneno después, reviento. 
No puedo ver el 98% de la programación de la tele convencional. Y luego que parezco una snob. 
Ya no puedo cantar canciones que antes tanto me gustaban. 
La pereza que siempre me dio quitarme pelos y teñirme canas se ve respaldada por algo que ya no es pereza. Pero, chica, eso no. 
Algunas fronteras, otrora inescrutables, hoy se me antojan difusas. Y en otros campos, se levantan muros custodiados por hidras y diosas justicieras. 
Algunas cenas con la pandilla terminan en bronca y ahora es por mi culpa y no por el fútbol de los cojones (porque el fútbol es de los cojones y no lo puedo soportarrr)
Y me da miedo terminar vistiendo faldumentos, que me sientan con el culo, lo sé yo; y con pelos en el bigote y peleando a lo tonto con cerrojos mentales que no digieren argumentos. 
De momento pienso seguir quitándome el bigote siempre que quiera, y voy a procurar querer. Y voy a estudiar mucho para que la furia no me pueda y no me falten los argumentos para aflojar cerrojos. 
Lo que no sé es si quiero medir las batallas  o entrar como elefante en cacharrería cada vez que se me tuerza el gesto.  
No sé. 

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