Purple Rain





Qué tío raro Prince. Lo mismo se planta un turbante que todo el brillerío posible, que chorreras o a pecho descubierto, que todo a la vez.
Se parece, y todo a la vez también, a Raimundo Amador, a mi amigo Chencho, a Cantinflas, al Carlines el de mi barrio y vaya usted a saber a cuántes más, seguro que se te ocurren dos o tres.
Y si quiere se cambia de nombre o se hace llamar innombrable.



El caso es que cuando uno está a gusto, bien a gusto, sucede que la actualidad le es ajena. Más o menos eso me pasó a mi hace un par de semanas: inmersa en la intensidad como estaba, no me enteré de lo que los medios consideraban actualidad.
Hasta que en mi intensidad se abrió una brecha por la que se colaron un par de noticias. Ambas, trágicas las dos, venían con canción: una era el Lince Ramón, que me gusta muchísimo y ya si eso otro día te la canto o te la cuento, y la otra la misma que ilustra este post.


Purple Rain me lleva desde sus primeros acordes a un diminuto paraíso gallego. Que no tiene pinta Prince de gallego ni dios que lo fundó, aunque mira que a este si le da la gana puede parecer cualquier cosa, eh (ahora que lo dices, a Rodrigo Cuevas se parece un poco también, que es asturiano y no gallego, pero para este caso lo mismo es, si no lo conoces no sé a qué esperas).

Purple Rain suena en mi memoria a través de un casette, dentro de una tienda de campaña en la que yo no estoy durmiendo. Carcajadas de madrugada y mucha humedad.

Así que cuando me llegó la noticia, ya pasada, del artista que se esmoñó actuando con esta canción de fondo, y todo fue raro, siniestro y perturbador porque nadie supo si seguía o no la función; yo me piré a aquel rincón de Galicia donde todo es muy raro también y estoy deseando volver.

Cómo es la memoria, cómo las asociaciones y cómo algunas canciones.

Pues no le ha de disgustar a mi padre, no. Prince seguro que le parece un mamarracho, pero es que, hija, lo es. De todas formas en nuestra familia, en general, tenemos alta tolerancia a la mamarrachez.

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