PIRICUCHOS, capítulo II

Aunque Elmosqui va ganando por goleada, no me resisto a contaros un par de cosas más de los Piricuchos. La familia es la familia...

Por aquél entonces mi abuelo era el alcalde del pueblo, así que todo lo que pasó lo se de buena tinta y, aunque él ya no está aquí para confirmar los detalles, si mal no recuerdo los acontecimientos se desarrollaron así:

Por imposición de alguna ley agraria del franquismo que desconozco, en aquellos años dejar una tierra sin cosechar era delito, así que las autoridades pertinentes tomaron cartas en el asunto. Los hombres del pueblo se hicieron cargo de recoger la cebada y la almacenaron en el baile (el local comunal que se usaba para las verbenas en las fiestas). La guardia civil se ocupó de la venta y los beneficios fueron a dar a las arcas del estado.

No se muy bien qué pasó después, ya he dicho que mi abuelo no está para preguntarle. Se que el piricucho murió poco después, puede que de rabia. La piricucha mayor también murió al cabo de un par de años, puede que de pena.

Pero la piricucha pequeña duró mucho más. Tanto que yo una vez creí verla a través de los visillos de su ventana. Su sobrina siguió llevándole la comida pero nadie entró nunca en la casa. Decían que había perdido la cabeza, y que se pasaba el día con la radio puesta; se había enamorado perdidamente de Luis del Olmo y esperaba que un día viniera a buscarla. Por el pueblo se contaban y se cuentan toda clase de historias siniestras.

Yo no soy muy mayor y no he hecho mucha vida en Villón, pero aun recuerdo que, en las noches de verano, el mejor juego era ir a casa de las piricuchas. La parte de atrás estaba casi derruida y jugabamos a ver quién era el que se atrevía a colarse, a ver quién era capaz de pasar de la cuadra. Los que osaban salían con los ojos vueltos, y algunos aseguraban que aun olía al cadaver de la yegua. Otros juraban que en las noches que no había viento, si escuchabas con atención, podías oir los lamentos de la piricucha suspirando por Luis del Olmo... o por quién sabe qué.
Las unicas que nunca quisieron acercarse a la casa eran las hijas de la sobrina que le llevaba la comida. No querían hablar del asunto con nadie y evitaban pasar por la calle donde estaba la casa.

Hace unos años la piricucha murió. Al entierro fua muy poca gente. Hoy la casa está casi hundida, y los niños siguen yendo en las noches de verano. Dicen que los lamentos aun se escuchan si no hace viento y prestas atención, y si la noche es calurosa huele al cadaver de la yegua. Los niños todavía gritan ¡¡¡piricuchos, piricuchos!!! para auyentar el escalofrío.

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