Concierto del desconcierto, o lo que es la ignorancia.


Cuanto más intrascendentes son las lecturas que se eligen para el autobús, más fácil es que uno se transmute en uno de sus personajes sin darse cuenta.

Eso me sucedió el jueves.

Volver a pasar tiempo, mucho tiempo en el coche es volver a pasar tiempo, mucho tiempo al amor de la radio. Esto hace que una se interese por cosas de lo más variopintas. Anunciaban una conferencia que, por motivos que no vienen al caso, me pareció apetecible; así que al salir del trabajo, en vez de coger el bus, corrí al salón de actos en el que entendí que se celebraba el evento en cuestión. Como llegaba tarde, me precipité por las escaleras viendo de refilón el cartel que anunciaba el programa: conferencia fue la única palabra que acerté a leer, suficiente, ese debía ser el sitio. Pagué sin rechistar los 3 eurazos y, con el programa en mano, me dejé guiar por una señorita a la sala procurando no hacer ruido y no molestar a los ponentes.

Una vez sentada en mi butaca me sorprendió ver un enorme piano en el escenario, qué raro, pensé. Lo primero que escuché fue una alusión a Lewis Carrol, lo cual confirmaba mi interés por el tema a tratar. Pero entonces mi vista se deslizó hasta el programa y, oh, sorpresa: El asunto era una autoconferencia de un importantísimo compositor de piano, seguida de un recital de sus obras a cargo de un joven virtuoso de más de 40 años. Pffff. Me había confundido de obra social, no era una caja sino otra, no era un salón de actos sino otro. Qué rabia.

Tras superar el inicial desconcierto pensé, malo ha de ser que un concierto de piano no me haga pasar el rato y, bueno, la conferencia... igual es interesante, además he pagado 3 euros y ya no llego a la otra ni de coña.

Una hora y 15 minutos más tarde ya no estaba tan segura. El compositor en cuestión estaba haciendo un repaso a su vida y su obra con todo lujo de detalles, y yo no entendía naaada: que si sus primeras obras tenían influencia de no se qué, que si una prestigiosa beca le permitió investigar sobre no se cuál, que si tal premio y cual otro, que si.... uhhhhh. De todo aquello lo único que mantenía mi atención era la pasmosa erudición con la que aquél tipo sembraba su discurso: afirmaba que sus composiciones guardaban relación con fórmulas matemáticas, corrientes literarias, obras arquitectónicas, biología, astronomía, filosofía, neurología... asombroso. Repasó verbalmente todas sus composiciones: encargos institucionales, homenajes a amigos vivos y muertos, autohomenajes... Enumeró las veces que cada una de sus obras se había representado, todas la grabaciones disponibles en el mercado... Y, por fin, tras asegurar que el repaso a su obra había sido somero, dio paso al hasta entonces silencioso pianista que, sin mediar palabra, se aproximó al instrumento y comenzó a tocar.

Yo me reacomodé en la butaca y aproveché para pelar un caramelo. El piano comenzó a sonar y yo me preparé para disfrutar de un placer extraño por poco frecuentado.

Pero joder, extraño de verdad. Aquello era incomprensible para mí, y mira que intenté escuchar el sonido de la proporción áurea, o de la hermenéutica alemana, o el existencialismo o los quásares, pero chico, no hubo modo: chinooooo, tron. Tron-tron, chin, tram, chi-tron. Tron. Después traté de disfrutar sin más, hasta cerré los ojos y respiré hondo... pero nada, aquello era raro y se acabó. Luego empecé a mirar al resto del publico, como había llegado tarde lo que veía eran sobre todo collejas viejas e inmóviles, 3 jóvenes distribuidos por la sala sujetandose las barbillas con la mano, y un preadolescente con cara de obligado acompañado de una señora seria, muy seria. Todos inmóviles, como de cera.

Yo miraba y remiraba, a ver si había alguien con indicios de estar tan desconcertado como yo, o al menos un poco.

Pausa, el pianista se levanta, hace una minireverencia y el público le responde con apenas 70 milésimas de segundo de aplausos. Bueno, tal vez la próxima obra se más accesible a mi ignorancia musical.
Pero comenzó peor, así que tras mirar al reloj, decidí salir escopetada en los siguientes aplausos. No soy yo de molestar.

Como no entendía nada de lo que salía del piano y el gesto del intérprete no daba pistas, no pude anticipar que se acercaba el final, así que el tiempo transcurrido entre que el pianista hizo su minireverencia y las escasas 70 milésimas de segundo de aplausos no fue suficiente para que me diera tiempo a salir sin interrumpir. Mierda, tuve que esperar otra "canción" más.

La siguiente pieza me la pasé concentrada en prepararme para salir escopetada en cuanto el pianista se levantase para su minireverencia, así que no se si en este caso la música fue más o menos comprensible.

Por fin conseguí salir, y un señor aprovechó que yo abría la puerta para salir tras de mí. Yo subí corriendo las escaleras sin mirarle a la cara y sin dejar que el viera la mía, ya no me interesaba si aquél señor salía porque tenía prisa o por que no aguantaba más aquella música raruna.
Cucé de acera, me senté en la parada del autobús y me sentí idiota: por haberme perdido la conferencia que me interesaba, por no atreverme a salir antes de la sala y pedirle los 3 euros a la taquillera alegando mi confusión, por no entender nada de nada... y sobre todo porque me daba igual.

Estaba tan cansada que no saqué el libro el bolso, pero enseguida me dí cuenta de que todos los pensamientos que me habían cruzado la mente durante las 2 horas largas que había pasado atrapada en aquella sala, bien podían haber pertenecido al protagonista de la novela que estoy leyendo y no a mí misma.

Entonces me eché a reír, y es que este libro, sobre todo, me ha dado risa. Solo por eso lo recomendaré. Y puede que esta semana me dedique en el coche a solventar mi incultura musical, o puede que siga escuchando la radio, qué se yo.

Comentarios

Provinciana ha dicho que…
de oido fino eres, si señorita...una sensibilidad musical que asusta!

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