Noche de San Juan III. El tiempo de las luciérnagas.

La mañana de San Juan amanecía extrañamente temprano, por lo demás como cualquier otra. La promesa del verano ya era realidad, y el soniquete de la radio en la cocina, y nada más.
Seguramente era día de mercado, y todos estaban fuera mientras mi abuela aderezaba con vinagre algún guiso. Ruido de cacharros, y nada más.
En la calle el claxon estridente de algún vendedor ambulante. Los perros ladrando inagotables, y nada más.
Nada que hacer, otro largo día por delante. No se qué hora es, pero es hora de levantarme.

Después de desayunar, leche templada con galletas maría, y lavarme la cara así un poco por encima, comenzaba mi deambular matutino por la casa. Abrir algún cajón y remover viejos papeles amarillos, fotos, cartas, facturas, papel, papel, papel testigo... o esos otros cajones de largo infinito en la máquina de coser; fisgar entre la ropa con olor a naftalina, los armarios del baño repletos de frasquitos sin nombre, cuchillas, rulos, ungüentos, gamuzas delicadas y artilugios morbosos...

Bella Aurora, un clásico entre los clásicos.
Entonces las casas no estaban preparadas para recibir niños, al menos no las de mis abuelos. Sin embargo eran un paraíso de recovecos y reinos prohibidos que excitaban mi imaginación. Cada rincón de la casa escondía un secreto, cada objeto una historia, tras cada puerta cerrada una inmensidad por explorar, pasados cercanos que me querían rozar. Y qué decir del sobrao... Allí los pasados te envuelven, te abrazan, te atrapan.

Así deambulaba, a veces largas horas, hasta, por ejemplo, dar con una caja de lata llena de lápices y una hoja vieja del calendario de la Caja Rural y bajar a la habitación fresca junto a la cocina. Acomodarme en el duro escaño ablandado con cojines, tan ajados que apenas cumplían su función. Retirar el tapete de ganchillo para poder dibujar, o escribir, o enredar con los lápices, no sin antes proteger la mesa con un hule, no fuera a dejar marcas.
Y, tras un rato en calma, absorta en el papel, el silencio se hacía espeso y al fin caía en la cuenta: La jaula.
La jaula estaba vacía, limpia, colgada en su lugar aguardando a la próxima primavera. El grillo ya no estaba.

El tiempo de las luciérnagas. Imagen tomada de aquí.
Mi abuela decía que todos los grillos mueren la noche de San Juan, pues serían los cautivos, porque al caer la noche se les oía de nuevo cantar.

Pero ya no queríamos atraparlos ni encerrarlos en jaula alguna, había llegado el verano, el tiempo de las luciérnagas, los cocoluces imposibles de atrapar. 

Comentarios

Provinciana ha dicho que…
yo una vez vi una luciérnaga, y la cogí con las manos. Pero se escapó y se apagó. O se apagó o se escapó.
iza ha dicho que…
Así son las luciérnagas. Y los veranos.

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