La máquina de coser de mi abuela Eladia



Nunca vi a mi abuela Eladia cosiendo, ni a mano ni a máquina. No me acuerdo de muchas cosas suyas, la verdad. Creo que es porque mi hermana se acuerda aun de menos.

El caso es que ahora que lo pienso ni siquiera se si la máquina era suya. Pero el caso es que me acabo de acordar de la máquina. De los cajones de la máquina más concretamente. Uno a cada lado de la mesa esa que tenía. Largos y muy estrechos. Con olor a aceite rancio.

En las aburridas horas de las siestas estivales eran todo un entretenimiento. Siempre había cosas interesantes: hilos, botones que te hacían soñar con prendas de ropa (y con sus dueños imaginarios y antepasados). Piececitas de plomo pertenecientes a quién sabe qué artilugios. Cajitas de lata con dibujitos de señoras antiguas en la tapa y algodones dentro. Monedas oxidadas con gente que no era el rey Juan Carlos. Papelitos amarillentos escritos con letras rizadas. Burruños de trapo de donde salía el olor ese a aceite rancio.
No me acuerdo de más, pero cualquier día tiro del hilo y me sale una sorpresa de uno de esos cajones, seguro.

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