Esa cicatriz

No me impresionó verte de lejos, ni tu olor al darte los dos besos de cortesía. No me conmovió el timbre de tu voz ni tu mirada esquiva.
La charla, trivial, claro.
Pero cuando sacaste del bolsillo el móvil para mostrarme la foto de tus hijas, la vi, la reconocí. Y entonces sí, se produjo el transporte.
Me acordé de lo suave de tus manos, y de cada rincón donde las pusiste. De las veces que pasé mi dedo por la minúscula cicatriz en la falange larga de tu dedo gordo.
Y nunca, nunca te pregunté cómo te la hiciste.
Adiós, hasta luego, mealegrodeverte.

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