Cosas pequeñas, grandes placeres.

A estas alturas del año es buen asunto aferrarse a los pequeños placeres para sobrevivir a la rutina. Hay cosas muy pequeñas que te pueden proporcionar gran placer. After Eight está en mi memoria desde que soy capaz de recordar: cuando me quedaba a dormir en casa de mi madrina, cuando a mi padre le visitaba su amigo chalao que venía de Londres, y cuando a mi madre le daba por consentir caprichos. El color, la textura, el sabor. Pero también el packaging, el logo, la tipografía. Todo ha sobrevivdo tal cual, y abrir la caja y sacar un sobrecito negro me sigue emocionando como entonces. Por eso en la primera compra tras las vacaciones incluí una cajita que descansa en el último estante de mi nevera. La vida es más fácil si tienes pequeños placeres inofensivos al alcance de la mano.